Opinión

Carta abierta a Caetano Veloso

El cantante brasileño Caetano Veloso, en un acto de campaña del candidato socialista a la Presidencia de Brasil, Fernando Haddad. EFE

Estás entre Soledad Bravo, que nació en el 43, y yo, que nací en el 39: tú, el 42. Somos coetáneos. Aunque separados por dos mundos que vivieron incomunicados por los siglos de los siglos. Por culpa de Alejandro VI, que decidió dividir el Nuevo Mundo en dos mitades, con un gran pedazo para España – nosotros – y el extremo oriental del continente y África para Portugal – ustedes. Un Brasil demasiado inmenso, demasiado rico, demasiado complejo como para que sus habitantes se asomaran al mundo circundante y nos acompañaran en nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. Así, algunos de nuestros países compartan fronteras, cariño y admiración por el tuyo.

Hemos vivido cinco siglos de separación. El idioma ha sido un obstáculo. La música, para nuestra inmensa fortuna, un puente siempre transitado. Y así, como no se entiende a Soledad sin la cultura brasileña, cuyas canciones, incluso las tuyas, ha interpretado y versionado como posiblemente ninguna otra intérprete hispanoamericana, así has interpretado y versionado tú a nuestros grandes compositores.

Me sorprende la absoluta liviandad y la aparente indiferencia con que te refieres a la trágica pesadilla de los venezolanos»

De modo que saltando sobre nuestras fronteras idiomáticas y nuestras introversiones, hemos llegado a convivir en un anhelo de hermandad que el exilio y el destierro han venido a fortalecer. Pues la pesadilla de las dictaduras – todas, las de izquierda y las de derechas, que al fin y al cabo todas son pesadillescas, terminan por unir a los reprimidos: la cubana, que lleva sesenta años de tiránicas pesadillas; la venezolana, que pronto cumplirá los veinte de abusos y expolios; y las que ustedes vivieron y temes se reencarne en la figura de Jair Bolsonaro, a cuya campaña de descrédito y difamación te has sumado. Bien escogido y respaldado, naturalemente, por The New York Times, que, obviamente, no le dará espacio a esta controversia. Bolsonaro es el enemigo público Número 1 del progresismo, como jamás lo fueran Fidel Castro o el Che Guevara.

Me sorprende la absoluta liviandad y la aparente indiferencia con que te refieres a la trágica pesadilla que llevamos años sufriendo los venezolanos. Lo haces sólo en un aparte, referencia sesgada de lo que podría traer consigo un lulismo establecido sin cortapisas, dejado a su aire y preparado para profundizar en las relaciones que Lula, Dilma y toda la aristocracia del Partido de los Trabajadores (PT) tuviera y tiene con el régimen tiránico cubano.

No te debe ser desconocido el papel jugado por la íntima y estrecha alianza Lula-Fidel Castro al montar el Foro de Sao Paulo con la intención de llevar a cabo el proyecto imperial del castrocomunismo cubano. Ni la influencia ideológica determinante de partidarios y agentes del G2 cubano a la vera de Lula da Silva, como mi amigo y ex compañero de ideología y de partido, tanto en Chile como en Francia, Marco Aurelio García, correo del Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) chileno con la Secretaría América, de Barbaroja Piñera y Marta Harneker.

No puedo imaginar que no sepas que Chávez asaltó el Poder de Venezuela, tras un sangriento golpe de Estado, para apoderarse de la principal empresa petrolera

Es también correa de transmisión entre Planalto -sede del poder ejecutivo del Gobierno Federal brasileño- y Miraflores -sede del Gobierno de Venezuela-. Vínculo entre las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) y el Ejército de Liberación Nacional de Colombia (ELN). Y el papel jugado por esa suerte de IV Internacional financiada con billones de dólares arrancados a los estómagos del pueblo venezolano para conquistar Ecuador, con Rafael Correa; Bolivia, con Evo Morales; Argentina, con Nestor y Cristina Kirchner; Uruguay, con Pepe Mujica; Honduras, con Zelaya, y así, hasta apoderarse de la Secretaría General de la OEA instalando en Washington al socialista José Miguel Insulza.

Debo asegurarte que Chávez no se hubiera entronizado hasta morir y dejar a cargo a un agente del G2 cubano, como Nicolás Maduro, sin el respaldo y auxilio del aparato diplomático de Lula. De modo que lleva una alta responsabilidad en nuestra brutal tragedia. Razón más que suficiente como para ver con beneplácito su encarcelamiento.

No puedo imaginar que toda esta historia te sea desconocida. Que no sepas que el teniente coronel golpista Hugo Chávez asaltó el Poder de Venezuela, después de un sangriento golpe de Estado, asesorado por Fidel Castro, para apoderarse de la principal empresa petrolera del hemisferio y una de las más poderosas del planeta y malversar sus fondos llevando a cabo el proyecto de conquista continental del castro comunismo.

A ti, un hombre culto con quien disfrutara intercambiando pareceres sobre Theodor Adorno y la Teoría Crítica cuando visitaras Venezuela y me aseguraras, cuando ya se avizoraba la victoria de Lula da Silva, que ello sería un grave error que le traería muchas penurias al Brasil, dicho casi en los términos en que ahora te refieres a Bolsonaro.

Nada que le pueda suceder al Brasil es peor que una tiranía como la cubana, una satrapía al servicio de Cuba, como Venezuela

La izquierda, me dijiste entonces palabras más palabras menos -y me pareció altamente juicioso-, no debe estar en el gobierno: debe ser el alma y el corazón de toda oposición. Y resguardar la pureza y la integridad de las democracias. ¿Lo olvidaste? Porque ni Lula, ni Dilma, ni Haddad son niños de pecho ajenos a todo anhelo totalitario.

Fue en Mayo del año 2003 cuando viniste a Venezuela contratado por El Ateneo de Caracas – cerrado por órdenes de la dictadura – para actuar en el hermoso Teatro Teresa Carreño, convertido en el principal foro político de la dictadura, desde luego vetado para artistas como Soledad, y cuando la tiranía aún no asomaba las garras.

Fue en torno a esas fechas cuando la dirección de la llamada revolución bolivariana pasó a manos de Fidel Castro y los resquicios de libertad que sobrevivían fueron someramente liquidados. La cultura pasó a manos de los grupos políticos más incultos de Venezuela: los cuarteles.

Dejamos de ser “un rico país petrolero con altos índices de criminalidad”, como reportaron algunos medios extranjeros al comentar el asalto, secuestro y robo de tus equipos por el hampa caraqueña, para convertirnos directamente en una satrapía desalmada, con un índice de criminalidad de los más altos del mundo. Sin duda, además, con el índice más alto del mundo en criminalidad de estado y corrupción gubernativa y en donde, a pesar del ingreso de billones de dólares anuales, comenzó a gestarse la que llegaría a ser la crisis humanitaria más grave sufrida por nación latinoamericana alguna en toda su historia.

Lula, seguramente apoyado financieramente por Chávez antes que por Odebrecht, tuvo el tupé de afirmar ante un grupo de empresarios e inversores alemanes en Hamburgo que el gobierno de Chávez era el mejor gobierno que había tenido Venezuela en toda su historia. Quisiera que vinieras a caminar por estas calles que en esa visita no conocieras, suficientemente protegido por un cuerpo de guardaespaldas, a comprobar in situ lo que esas palabras verdaderamente significan: crisis humanitaria. Y no en cualquier país, sino en el país otrora más rico de América Latina, con el producto interior bruto y el ingreso per capita más altos de la región, en nuestro hemisferio sólo superado por los Estados Unidos y Canadá.

El Departamento del Tesoro de los Estados Unidos ha comprobado que los amigos venezolanos de Lula se han robado 300.000 millones de dólares. Y todo ello sucedió como en el despliegue de una pesadilla de una noche de verano. Fue el camino que siguieron los Kirchner, en Argentina, Ortega en Nicaragua y también Lula y sus amigos en el Brasil. Incluso Michelle Bachelet en Chile.

El mundo se cansó. ¿No es lógico, en tales circunstancias, que la indignación y el temor afecten las tendencias políticas de los brasileños y que al margen de los reclamos del progresismo del New York Times, The Economist, El País y otros medios internacionales, decidan apoyar a quien asume el rol del vengador errante, tan valorado en el subconsciente latinoamericano? ¿Y en lugar de apostar sus vidas a la defensa de la homosexualidad, el transgenerismo y otros usos de la modernidad tan detestados por Bolsonaro y seguramente por ese gigantesco porcentaje de brasileños indignados, decidan votar por él?

Nada que le pueda suceder al Brasil es peor que una tiranía como la cubana, una satrapía al servicio de Cuba, como Venezuela, un desangramiento como el que le ocurre a la juventud nicaragüense bajo la dictadura de Daniel Ortega. Los horrores que hoy se viven en Venezuela no son comparables con los sufrimientos que ustedes vivieron con la dictadura militar brasileña. Y de la que los brasileños pudieron liberarse sin mayores traumas. De lo contrario, ¿cómo se explica que un ultraizquierdista como Lula y una asaltante de bancos como Dilma Rousseff llegaran a la Presidencia de la República.

En Venezuela, una joven luchadora por la libertad, María Corina Machado, acaba de ser asaltada, golpeada y gravemente herida por matones al servicio del régimen. Que jamás se hará a un lado como lo hicieran las dictaduras de Brasil y Chile. ¿No te inquietan ni preocupan tales diferencias?

Vox Populi, Vox Dei, dice el viejo refrán. Dejemos el destino en manos del pueblo que, ciertamente, suele equivocarse. Pero si ya lo hizo equivocándose dos veces con Lula y dos veces con Dilma Roussef, ¿por qué no habría de tener el derecho a equivocarse eligiendo este domingo a Bolsonaro? Bien dice el refrán venezolano: “Lo que es igual no es trampa”. Alea Iacta est. Las cartas están dadas.


Antonio Sánchez es referencia intelectual de la oposición venezolana, en la que ocupa un papel destacado. Profesor de historia medieval y filosofía moderna en la Universidad de Chile e investigador en ciencias sociales en el Centro de Estudios Socioeconómicos (CESO), de la Universidad de Chile y en el Instituto Max Planck, de Starnberg, Alemania. Escritor y columnista político.

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