La vida puede ser maravillosa, repetía el gran Andrés Montes al principio y final de cada retransmisión. Albert Camus, en su mito de Sísifo, nos muestra la vida como un absurdo e incesante esfuerzo con dudoso valor. Tirar de la piedra montaña arriba, una y otra vez, es una metáfora genial del esfuerzo inútil y persistente del hombre. Representa a la perfección la cotidianidad en las personas. Días tras día lo mismo.

El secreto es plantearse continuamente nuevos retos que reconquistar para huir del hastío y la rutina. El paso previo para iniciar el camino hacia la plenitud es ser consciente de la propia condición. A partir de ahí, huir del conformismo y la sumisión. En mi humilde opinión, a diferencia de lo que parece a primera vista, Camus nos anima a la lucha, el esfuerzo y la rebeldía.

Según Forrest Gump, la vida es como una caja de bombones, nunca sabes lo que te va a tocar. En algún sitio leí una brillante alegoría que comparaba la vida con un partido de fútbol. Y no fue en el ingenioso poema al fútbol de Quique Wolff: “Cómo vas a saber lo que es el amor si nunca te hiciste hincha de un club…Cómo vas a saber lo que es la humillación si jamás te metieron un caño…Cómo vas a saber, querido amigo, cómo vas a saber lo que es la vida, si nunca jamás, jugaste al fútbol”.

A día de hoy soy futbolero por encima de todo, sin embargo, en mis años mozos esa pasión era compartida con el baloncesto. De hecho, mi cerebro está plagado de cientos de nombres de jugadores de baloncesto de los ochenta y noventa. Ahí permanecen grabados a fuego rusos, yugoslavos, italianos, americanos, media plantilla del Snaidero Caserta, etcétera. En fin, que me vendría muy bien sustituir toda esa información improductiva por algo más útil. Entender ese juego es lo que me permite afirmar que cada partido de baloncesto, y no de fútbol, se puede comparar con la vida misma.

En el fútbol puedes esperar a que suene la flauta y con eso triunfar; la vida no suele funcionar así, hay que currárselo sin parar

En el fútbol puedes dedicarte a aguantar el empate a cero, mantener a los 11 concentrados en defensa, lo que en el argot se llama poner el autobús. Esperar a que suene la flauta y cazar un gol en un saque de esquina o en una jugada aislada. No es fácil, pero a veces ocurre, y simplemente con eso puedes triunfar. Por ejemplo, Grecia en la Eurocopa 2004. La vida no suele funcionar así, hay que currárselo sin parar.

En el baloncesto no vale sólo con defender. La posesión del balón se reparte alternativamente, por lo tanto, tienes que hacer cosas, meter canastas, formarte, trabajar. En baloncesto es imposible triunfar sólo aguantando, pese a que el sueño de entrenadores como Bozidar Maljkovic o Svetislav Pesic sería ganar un partido por 2 a 0.

En el primer cuarto vas calentando. Te formas como persona y como profesional. Estudias, primeras experiencias en la vida, siempre más intensas por desconocidas. Te vas adaptando a la cancha, a los aros, a los árbitros, a los compañeros y a los rivales. En la última parte de este cuarto algunos se quedan en las cunetas, piensan que son invencibles, que todo lo saben, desprecian la experiencia y tiran el partido. A veces están a tiempo de remontar, otras, lamentablemente no.

En el segundo cuarto dejas de ser un niño para ser un hombre. Asumes responsabilidades por primera vez. Hay que estar preparado, se acabó el calentamiento, el rival está con el cuchillo entre los dientes. Empiezas a trabajar. Ese primer trabajo puede determinar lo que sea toda tu carrera profesional. Se asienta la cabeza, formas una familia. Mucho peso en tus espaldas. Hay que defender duro, pero también atacar con inteligencia y criterio. Imprescindible, encauzar el exceso de energía para el bien, con una perspectiva de largo plazo, porque la juventud y frescura no son eternas.

Descanso. Sobre los 40 años. Minutos para hacer análisis y valoración de lo que has hecho bien, y no tan bien durante la primera parte. Las oportunidades perdidas y aprovechadas, las conquistas y los desengaños. Tiempo para darte cuenta de lo que tienes que cambiar para ser mejor. Coger impulso de cara a la segunda parte que es donde se juega el cocido.

Sobre los 40 años llega el momento de hacer análisis y valoración de lo que has hecho bien y no tan bien

El tercer cuarto es el momento de consolidar todo lo logrado anteriormente. Con la estabilidad emocional que proporcionan la experiencia y los años se entiende el juego mucho mejor. Se administran los esfuerzos en el momento justo, se valora más lo que se tiene y se empatiza mejor con los diferentes. Sin la efervescencia juvenil, se aumenta la resiliencia y la capacidad de sufrimiento. El gran peligro es perder la humildad, pensar que se sabe todo y dejar que el cinismo te invada.

Cuando todo va bien, te has esforzado durante el primer cuarto, has trabajado duro en el segundo cuarto, has reflexionado en el descanso para dar un ligero golpe de timón en el tercer cuarto, y, muy importante, tienes suerte, entonces, consigues iniciar el último cuarto ganando de 30. Es lo que los americanos llaman los minutos de la basura, yo no lo llamaría así. Es el momento de dejarse llevar, de disfrutar de la vida. Te lo has ganado después de tantos años de esfuerzos y lucha. Lamentablemente, algunos que o no han tenido la suerte o que han sido cegados por el cortoplacismo se ven obligados a competir hasta el final del partido.

Kierkegaard afirmaba que la vida no es un problema que tengamos que resolver, sino algo a experimentar. En realidad, tampoco importan demasiado las metáforas sobre la vida, lo que hay que hacer es disfrutarla cada día, plantearse nuevos retos, seguir aprendiendo y ver el lado bueno de las cosas.

Cuando te canses de todo lo que tienes, imagínate que lo has perdido todo. Todo es lo que perdió el boxeador James J. Braddock, Cinderella Man, que pasó de optar por el campeonato de lo semipesados a pasar hambre y penar buscando trabajo en los muelles durante la gran depresión. Gracias a su determinación, sacrificio y valentía pudo recuperarse, y, varios años después, llegar a ser campeón del mundo. Más adversidades incluso, tienen que superar los mal llamados discapacitados, como los protagonistas de la película Campeones. A veces, los no diagnosticados no somos capaces de valorar lo fácil que lo tenemos comparados con otros. Así que ya saben, la vida puede ser maravillosa. Bienvenidos al club. Suerte