La conducción autónoma ya es una realidad. A finales del año pasado, Waymo -la empresa de Google pionera en este concepto- comenzó la comercialización de los taxis autónomos en la ciudad de Phoenix; o la empresa Aptiv, que los ha probado en Las Vegas. Tesla le sigue de cerca: sus vehículos ya vienen equipados para la conducción autónoma.

Ya hay más de 45 empresas trabajando en esta tecnología, de la industria automovilística (Volvo, Mercedes, Audi, Toyota, Daimler o Ford) o de la tecnológica (Amazon, Apple, Bosch, Google o Baidu).

Como sucede casi siempre con estas tecnologías disruptivas, los factores que impulsan este avance responden a una mezcla de las necesidades de la sociedad, de la madurez de la tecnología subyacente y del estancamiento de la industria.

  • Por un lado, en los últimos 10 años, el tráfico urbano creció más de un 20%, el número de jóvenes que se sacaron el carnet de conducir disminuyó más de un 30% y la sociedad se inclina por un modelo de transporte diferente, el compartido. Entre Uber y Lyft cuentan ya con más de 100 millones de usuarios y están en más de 65 países.
  • Por otra parte, la tecnología habilitadora, fundamentalmente el software y conectividad, ya está lista. Los vehiculos ya utilizan inteligencia artificial en sus sistemas de entretenimiento, reconocimiento de voz, y ayuda en la conducción. De hecho, un 76% de los conductores creen que los accidentes de trafico se podrán evitar por medio del uso de la inteligencia artificial. Los automóviles ya tienen incluidos de fábrica más sensores y antenas que un dispositivo móvil, entre GPS, radio, múltiples cámaras, sensores, conexión a la nube, y radares, captan información necesaria para operar el vehículo. El próximo lanzamiento de la red 5G, va a permitir la conectividad entre el vehículo y la ciudad, facilitando la conducción autónoma.
  • Finalmente, la industria estaba ya buscando un modelo diferenciado para dar un salto cualitativo a su estancamiento de crecimiento en ventas, apareciendo en escena nuevos materiales en su construcción (motor eléctrico, sensores, sistema informático) para modernizar el vehículo y un nuevo tipo de comprador en los modelos de movilidad compartidos.

El vehículo en sí y el modo de transporte han cambiado. Sin embargo, para impulsar la adopción de esta tecnología quedan por resolver dos temas cruciales:

  1. Cuándo y dónde usar estos vehículos. Sabemos que la tecnología subyacente funcionará mejor en trayectos con características en común: entornos “sencillos” y “repetitivos”. Es decir, sin inclemencias meteorológicas o del terreno en el que funcionan y trayectos acotados siempre iguales.
  2. Ética, seguridad, y regulación. ¿Cómo van a reaccionar los algoritmos ante obstáculos imprevistos? ¿Cuál de todas las empresas involucradas en el vehículo autónomo se responsabiliza de los accidentes? ¿Cómo se garantiza la seguridad en la conexión para que no se piratee el sistema? ¿Cómo debe regularse el uso de los datos transmitidos para evitar problemas de privacidad?

Esta tecnología disruptiva está impactando al usuario (conductor), las empresas tradicionales de vehículos de transporte, la cadena de valor de la fabricación y distribución, las ciudades y sociedad. Unas 500 empresas especializadas en inteligencia artificial en la automoción están creando el nuevo ecosistema de movilidad, creando la tecnología y conocimiento para posicionarse en la nueva cadena de valor.

Se han invertido más de 52 billones de dólares en los últimos 10 años. La industria se está transformando y aparecen alianzas con empresas tecnológicas (Toyota y Amazon), que recuerdan, en cierto modo, a cuando la industria de telecomunicaciones pasó de ser dominada por fabricantes de móviles (Nokia, Ericsson, o Motorola) a ser liderada por empresas de tecnología (Apple o Google). La gran pregunta es: ¿quién se proclamará como el fabricante de referencia del coche fantástico?


Elena Yndurain es profesora de Tecnología del IE Business School