Si Pedro Sánchez fuera un adolescente o si el lenguaje de los adolescentes de hoy estuviera extendido por todos los grupos de edad, este sería el titular del mes: “A Pedro Sánchez no le renta pactar con Pablo Iglesias”. 

A los adolescentes no les rentan las cosas, antes se pasaba de ellas, pero ahora no les rentan. Alguien se podría sentir tentado a interpretar que los jóvenes, que han crecido en una sociedad mercantilizada, tienen hasta el lenguaje incorporado. Entonces recibiría el gesto torcido de un adolescente que diría: “Cringe”. Traducido: “Qué vergüenza ajena”.  No usaría ni el qué para decir qué cringe, porque hablan con etiquetas, responden a situaciones con expresiones que son hashtag como mood, real, fantasía o cringe.

A la parquedad de palabras a la que acostumbran los adolescentes en sus interacciones sociales con los adultos hay que añadir ahora su manera de hablar, como si estuvieran en un red social. Si una abuela dice a su nieto: “Te voy a presentar al hijo del vecino que es de tu edad”… (una de esas ideas que sólo se adquieren con los años). El nieto puede contestar: “Cringe” (qué vergüenza); “mood” (qué vergüenza, pero la abuela es una fantasía y lo hace por mí); o, directamente, “no me renta estoy de chill”. “¿Qué es lo que dice, que no le renta el qué?”. En este punto es cuando los padres hacen de traductores de unos y otros. “Que prefiere no salir que está tan a gusto en su cuarto”. “Real”.

Los medios deberían incorporar esta terminología para hacer que los jóvenes lean prensa y dejar de hacerse los enrollados en Instagram

Es ahí cuando la certeza alcanza su máxima expresión: con real. Esto deja fuera todas las dudas abiertas en las repuestas como mood o fantasía, términos que, por su utilización en infinidad de situaciones, le harían explotar la cabeza al mismo Lacan y que convierten a los padres de hoy en la vanguardia de la sociolinguíntistica. 

Pero hasta llegar a las certezas de real hay que pasar por las indefiniciones que marcan las frases que se inician con la muletillas tipo o en plan. Su uso en frases como “vuelvo tipo las 12” o “llegaré a casa en plan con el último autobús”, son pertinentemente imprecisas.

A lo mejor los medios deberían incorporar esta terminología para hacer que los jóvenes lean prensa y dejar de hacerse los enrollados en Instagram. Un diario amable con el PSOE titularía “Mood: Iceta arranca la campaña bailando a Queen”. Uno un poco borde diría “Cringe: Iceta arranca la campaña bailando a Queen”. Para ser independiente habría de titular así:  “Fantasía: Iceta arranca la campaña bailando a Queen”.

Pero los habitantes de la mediana edad, no solo tienen que recomponer las relaciones entre significante y significado en lo que dicen sus hijos. Tienen que reconstruir las palabras, los significantes, de sus mayores. Todas esas palabras que en mensajes del móvil los abuelos componen entre la autocorrección, la escasez de vista y unos dedos que no conocieron una pantalla táctil de ese tamaño hasta bien pasada la jubilación. Cada hijo e hija tiene una piedra de Rosetta para completar y dilucidar esos mensajes que no están tan claros como creen sus emisores.

Hay audios que podrían anunciar el fin de la vida, por su tono solemne, aunque solamente sean un recado. ‘Compra pan cuando vengas’

En el terreno de los audios de la tercera edad hay también mucho conocimiento que desarrollar. Hay audios que podrían anunciar el fin de la vida, por su tono solemne, aunque solamente sean un recado: “Compra pan cuando vengas”.  Otro son angustiosos silencios. Mensajes que no se han grabado, salvo alguna cosa, que te empujan a subir corriendo sin comprar el pan. Los peores son los que alcanzan el grado de psicofonías. Tu madre no se ha esperado a llegar al otro mundo y ya te está pidiendo que lleves pan cuando subas.

Entonces no te queda más remedio que contestar: “No me renta, estoy de chill”. Aunque esta frase es más placentera usarla con los chavales.

“Papá, he perdido el último autobús. He llegado un minuto tarde. Real. ¿Vienes a buscarme al centro?”.

Pues eso.