La curva del kilómetro 55 era la peor. No por su trazado, sino por ser la número 129 del trayecto. En aquel circuito sinuoso las paradas para evacuar mareos en el arcén eran casi matemáticas. No fallaba, km 55, silencio prolongado, ojos perdidos y cara pálida en algún pasajero solicitando “parada”. Y así verano tras verano. En un coche abarrotado de maletas y viajeros aquel punto marcaba el límite de la resistencia… y el comienzo del verano.

Y lo hacía a sólo tres kilómetros del destino: el mar. Otro mundo a sólo una hora de viaje. Éramos unos afortunados, sólo 60 minutos de ruta para cambiar de ‘planeta’. Cruzar esas montañas, descender hasta la playa y comenzar las vacaciones en esa pequeña localidad pesquera era un soplo de aire fresco. Literal y mental.

Aquel pueblo de la costa donde tiempo atrás veranearon emperatrices exiliadas, ex presidentes del Real Madrid y políticos del ‘oasis vasco’, no tenía frontera física. La ‘aduana’ era más social, cultural o incluso mental. Y para eso no existen pasaportes.

Aquella especie, cual anchoa de temporada, afloraba sólo tres meses al año, era una suerte de ‘nacionalidad en sí mismo»

La tranquilidad se terminaba, como en cualquier pueblo de veraneo, a finales de junio, con el final de las clases. Sus calles empedradas, la plaza del pueblo y el puerto con los barcos pesqueros zarpando y arribando perdían rutina y tranquilidad. La culpa, de los ‘veraneantes’.

«Mmmm… veraneante»

Aquella especie que cual anchoa de temporada afloraba sólo tres meses al año, y con la llegada del buen tiempo -no tan malo, digamos-, era una suerte de ‘nacionalidad’ en sí misma. El ‘veraneante’ es un colectivo específico llegado del otro lado de la frontera del nosotros y el ellos, el que divide a locales y foráneos. A lo largo del estío se escuchaba en varias ocasiones, a menudo en voz baja; “¿Ése? Veraneante…”, “Mmmm… veraneante”. En su tono y en su uso, no había acogida, ni agradecimiento, ni hospitalidad, sólo un modo de marcar el ellos y el nosotros, los de ‘fuera’ y los de ‘aquí’.

Aquel término con tintes despectivos iba acompañado en ocasiones de otro que siempre me pareció ingenioso y algo despiadado: ‘marineros de ofic(s)ina’. En él tampoco había mano tendida ni deseo de enseñar. El ‘marinero de oficina’ era el ‘veraneante’ más osado, el que por unos días se disponía a disfrutar del mar que no había surcado en 11 meses y que ahora, mientras estrenaban bañador, quería emular a aquellos hombres que lo habían navegado desde niños.

Lo haría bajo la mirada de viejos arrantzales que se hicieron hombres entre ‘txalupas’, barcos pesqueros, lonjas y la mar. Sí, en femenino. Hombres que sin las mujeres, las rederas, siempre en la sombra olvidada, cosían en el muelle las redes con las que traerían pesca y dinero a casa.
Aquellos extraños de la urbe, ‘oficinistas’ sin escamas en la piel ni manos labradas de humedad, anzuelos y salitre, y que por un día, quizá una semana, jugarían a ser marineros de los de verdad, debían estar dispuestos a ser escrutados.

Son extraños de la urbe, ‘oficinistas’ sin escamas en la piel ni manos labradas de humedad, azuelos y salitre

Ser ‘marinero de oficina’ en algunos pueblos costeros vascos -ignoro en el resto- no es fácil. Uno debe saber que será evaluado de sus destrezas a cada paso. Será observado en silencio por paseantes anónimos, lobos de mar pensionados. En la costa no hay vallas de obra desde las que mirar el paso del tiempo, sino pantalanes y embarcaciones. La botadura, el atraque, el arranque, la pesca o la ausencia de ella, los aparejos… Todo será discretamente auditado con muecas de aprobación o de rechazo, con ‘preguntas trampa’, con viejas historias gloriosas que minimicen el logro una tarde de verano de un ‘marinero urbano’.

Al ‘marinero de oficina’ también se le descubre en tierra firme. Observa con solvencia en el puerto la llegada de los pequeños barcos pesqueros con la captura del día. Pescado que no se encuentra en la ciudad, aún vivo o recién curvado recordando que lo hacía hasta hace unas horas. Con cuidada apariencia interviene para regatear con las ‘pescateras’, esas mujeres que pesan a ojo, ponen precio según la hora, limpian salvarios, salmonetes y rapes sin mirar y despachan cada día una ‘zarzuela’ distinta de la pesca regalada de madrugada por ‘la mar’. El ‘marinero de oficina’ acostumbra a demostrar sus conocimientos ante el puesto, a demostrar al resto que él, pese a ser ‘de ciudad’, también es capaz de diferenciar el chicharro del verdel, el congrio de la merluza y que incluso en ocasiones conoce las denominaciones ‘locales’ de cada especie.

Marinero de tierra

Tierra y mar. La primera siempre ha tenido más adeptos. Hay veraneantes que sólo pisan suelo firme, disfrutan del horizonte marino y algunas olas en la orilla de la playa. Los amantes de la mar, los hay por familias; los que lo disfrutan por el deporte y los que lo hacen por la pesca. También entre ellos hay niveles. Ser miembro del ‘club deportivo’ en un pueblo pesquero ‘de toda la vida’ y en el que el mar nunca fue un deporte sino un modo de vivir, es como ser esquiador en Soria. Incluso la estética delata a unos y otros. Ser arrantzale no es ser marinero, los polos a rayas, las bermudas y los náuticos no son propios del lugar. ‘Marineros de oficina’ y arrantzales, dos mundo que no se tocan… mucho.

Ser arrantzale no es ser marinero, los polos a rayas, las bermudas y los náuticos no son propios del lugar

En el puerto hace años que la hilera de ‘pesqueros’, los barcos de bajura que como gran parte de puertos pesqueros vascos inundaban el muelle, desaparecieron. Hoy apenas llegan a la media docena. Los pocos que quedan continúan regresando puntuales la primera semana de septiembre, el día 5. Es el día en el que ‘marineros de oficina’, veraneantes y locales confraternizan más que nunca, sin distingos en el muelle.

En el mar, ni siquiera entonces, ni en el día grande de sus fiestas, ‘veraneantes’ y locales se fusionan. Las embarcaciones con remeros y un ‘txo’, el joven que debe aferrarse al ganso que cuelga en el centro del puerto y al que se izará hasta romperle el cuello, se clasifican entre locales y foráneos, entre veraneantes de ‘oficina’ y los del pueblo, los ‘arrantzales’ de verdad.

La industria maderera también se apagó. La pesquera mengua y lo que realmente no cesa es la pesca de oficina. Con bermudas o sin ellas, con ‘barco urbano’ o ‘txalupa’ costera, de tierra o de mar, el ‘marinero de oficina’, el ‘Mmmmm… veraneante’, se ha convertido en el corazón de la Villa que un día pescó ballenas con arpones en aguas de Terranova y que hoy, 129 curvas después, aún no es consciente del todo de que se ha convertido en un pueblo de verano, de ‘arrantzales’ de oficina.