Uno se da cuenta de que han ganado la batalla cuando una presentadora de televisión decide mostrarse casi desnuda frente a las cámaras, en Nochevieja, y las sacerdotisas de la igualdad se llevan las manos a la cabeza porque eso cosifica a la mujer. Pero no a esa mujer, sino a esa colectividad abstracta que sirve al feminismo para reivindicar; y que parece ser que anula o condiciona la capacidad de decisión de cada una de sus componentes.

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