Puigdemont ya está en el Parlamento Europeo. Lo han puesto alto y demasiado alumbrado, como cerca de los focos de granja del gallinero de allí. Eso sí, un gallinero limpio, solitario, blanco y acolchado, como una grada para diputados con camisa de fuerza. A Puigdemont parece que lo han metido en el cajón de las verduras del frigorífico europeo, o que lo han colgado en el hierro de su pollería (Puigdemont sería una especie de pollo vestido de murciélago). Se le notaba un poco ese frío de pollo en el quirófano, quizá porque nadie lo quiere en su grupo (habrá que llamar fachas a Los Verdes). Allí estaba, en fin, ya donde los fluorescentes, ya donde los carros de limpiar, y era como si hablara el tomate olvidado o el limón seco de aquella gran fresquera, entre asientos vacíos como hueveras y algunas cabecitas como hojitas de perejil amarillo.

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