En la cafetería del Parlamento catalán se ha colado aceite no catalán, que enseguida algún nativo ha reconocido por su aspecto, por el ajo español que emanaba, por el brillo moro de sus gotas de ojos moros, por la manera en la que el pan tumaca protestaba como si fuera Marta Ferrusola quejándose de que sus hijos no pueden jugar en el parque porque está lleno de castellanos. En Cataluña, la policía de la pureza ya está mirando la raza de los lamparones de las servilletas, leyendo las frases de los sobres de azúcar, calibrando el moreno del pan después del de los camareros y preguntando si el cerdo del jamón ha sido sacrificado convenientemente mirando hacia Montserrat, por si hay ahí contaminación, herejía, profanación y enemigos del pueblo disimulando su motín entre churros.

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