Me encontré con Julio Anguita por última vez en noviembre de 2017. Naturalmente, en Córdoba, en la Plaza de la Corredera, donde está la taberna El Sótano, que era para Julio algo así como La Catedral para el Zabalita de Vargas Llosa, pero con mejor ambiente y mejor género.

Se levantó nublado -yo llevaba un paraguas en el brazo-, pero luego salió el sol. Y allí estaba él, tan campechano como siempre, dispuesto a hacerles un arroz a sus amigos en plena calle, al lado de El Sótano.

«Ahora me cuido mucho», me dijo. «No fumo, ni bebo y de lo otro ni hablamos». «Pero, eso sí, sigo siendo comunista». Quedamos en volver a vernos en primavera: «Te tengo que enseñar la Mezquita, para explicártela de verdad, no lo que te dicen los guías que hay por ahí». Pero en primavera no volví a Córdoba. Ya no le volví a ver más.

A Julio lo conocí a mediados de los 90, cuando ya era era conocido como el califa rojo, apelativo con el que se le bautizó cuando fue alcalde de Córdoba (ciudad que gobernó con mayoría absoluta entre 1979 y 1986). Eran los tiempos de la pinza.

Anguita se hizo cargo de la secretaría general del PCE y luego de Izquierda Unida (IU) en momentos de crisis para el comunismo. La caída del muro de Berlín (noviembre de 1989) supuso un terremoto para los partidos comunistas europeos, para los que la URSS había sido referente ideológico y, a la vez, representado su vía de financiación fundamental.

Pero Anguita, que tenía una vena anarquista de la que presumía, nunca había sido sectario. Luchó contra el franquismo y con su habilidad para la pedagogía (fue profesor de instituto), estuvo siempre en contacto con la gente del pueblo. Y en el pueblo hay de todo, comunistas, anarquistas, cristianos, e incluso gente de derechas no franquistas. Socialistas había pocos. Me refiero a la etapa anterior a la muerte de Franco.

Nunca compartió la visión sectaria de lo que se llamaba el PCE exterior (el del exilio, Carrillo, Pasionaria, etc.) para los que el único pacto posible era el del Frente Popular. Julio vivió la Transición y compartió el espíritu de la Transición. Era un hombre que bien podría haber sido figurante de El Abrazo, del gran Juan Genovés (¿acaso no es una señal del cierre de una época, la de la reconciliación, que hayan muerto los dos al mismo tiempo?).

Julio Anguita nunca abdicó de su fe comunista. Como tampoco nunca dejó de ser honesto y siempre respetó las ideas de los demás

Anguita se paseaba por Madrid altanero. Quería que Izquierda Unida se desembarazase de su complejo de inferioridad respecto al PSOE, que gobernaba España con comodidad desde la victoria por mayoría absoluta de Felipe González en 1982.

Pero, a mediados de los 90, el PSOE se había desgastado en el poder. Eran los tiempos de los GAL, Filesa y de la huída del director general de la Guardia Civil, Luis Roldán. En las elecciones generales de 1996 Izquierda Unida logró 21 escaños, mientras que el PSOE cayó hasta los 141, y el PP ganaba por primera vez alcanzando 149 escaños, lo que llevó a Moncloa a José María Aznar.

Aznar había sido muy duro con González por la corrupción y el crimen de Estado. Y Anguita no se quedó atrás. Esa crítica al PSOE desde la izquierda, esa reivindicación de la honestidad y del Estado de Derecho, fue lo que dio a IU su sorprendente ascenso electoral y convirtió a su líder en una bestia negra para los dirigentes socialistas.

La teoría de «las dos orillas» de Anguita era muy simple: al otro lado de la verdadera izquierda, la que él representaba, se encuentran los grandes partidos, el PP y el PSOE. Y eso fue lo que llevó a la dirección socialista a acusarle de ser una especie de peón de brega de la derecha. Una buena parte de los votos de IU provenían efectivamente de desencantados del PSOE.

Anguita llegó a acuerdos con el gobierno de Aznar (el caso más sonado fue el del fútbol, que representó un ataque directo a los intereses del Grupo Prisa y su Canal+). Desde Ferraz se lanzó la teoría de la pinza: el PP, por un lado, e IU por el otro, tienen un único fin, atacar al PSOE y echarle del poder.

Participé entonces como periodista en algunas reuniones con Anguita, Rosa Aguilar, Juan Francisco Martín Seco, y otros. Nunca vi a Anguita como un esbirro de la derecha y, desde luego, no recuerdo haberle visto renunciar a sus principios.

Pero él sí recibió presiones. En mayo de 1997 tanto Juan Luis Cebrián como Javier Pradera le dedicaron durísimos artículos. Y ponerse a El País en contra en aquella época, siendo de izquierdas, era tan osado como intentar parar al ejército napoleónico en Despeñaperros.

A Anguita le montaron una operación -auspiciada por el PSOE- para minar su poder en IU, bajo el nombre de Nueva Izquierda, cuyos miembros (Cristina Almedia, Nicolás Sartorius, etc.) acabaron todos en la «casa común»; o sea, en el PSOE.

Dos infartos le obligaron a retirarse. En las elecciones del 2000, IU se coaligó con el PSOE, operación que concluyó en fracaso y dio a Aznar la mayoría absoluta.

Aunque se retiró a Córdoba (renunciando a su sueldo de diputado), nunca dejó la política. Tampoco dejó de ser comunista y honrado. No se le conocen en todos sus años de ejercicio despistes con el dinero o cosas similares.

Por eso es un referente para muchas personas que no somos comunistas.

Ahora se le reivindica desde muchos sitios. Naturalmente, desde Podemos, partido coaligado con IU. Hasta Pablo Iglesias le ha echado unas flores en tuiter.

Pero, ¡ojo! Lo que nunca hubiera alimentado Anguita es el odio al diferente, al que no piensa como él. Y es ese odio el que cada día más se adueña de la política en España.

Le echaremos de menos. Y yo, particularmente, siento no haberme acercado en primavera a verle por última vez.

El director de El Independiente, Casimiro García-Abadillo, en su último encuentro con Julio Anguita
El director de El Independiente, Casimiro García-Abadillo, en su último encuentro con Julio Anguita