El ejército rojo no tuvo demasiados problemas cuando, el 27 de abril de 1920, entró en Bakú, la capital de Azerbaiyán, convirtiendo al país en la primera república soviética de la extinta URSS en el Cáucaso. Fue sencillo porque en Bakú no había ejército. Casi todos sus efectivos estaban combatiendo a 400 kilómetros, en Nagorno-Karabaj, una región que se quería autoanexar a la vecina Armenia, de donde procedía la mayoría de su población, cristiana, en contraposición a la azerí, musulmana.

Esta región montañosa (Nagorno significa «alto»), habitada por armenios en las partes altas –y minorías musulmanas en las partes bajas- desde tiempos inmemoriales, había estado siempre en disputa. Llevaba ya siglos siendo una zona fronteriza con diferentes episodios sangrientos.

Pero esa anexión podía significar un gran empuje para Armenia -independiente desde 1918-, que constituía el territorio actual (al este), una parte de Turquía (al oeste), y el Nagorno-Karabaj (o Arstsah, como ellos lo denominan). Podía convertirse en una potencia regional y, por ello, duró poco.

En septiembre de 1920, toda la parte occidental del país fue ocupada por tropas turcas (aliadas de Azerbaiyán), continuando con el llamado genocidio armenio que había empezado en 1915 (Turquía sigue negando en la actualidad que murieran más de un millón de armenios en siete años). 

Ante el avance turco, Rusia quiso que Armenia ejerciera de frontera entre ambas potencias, y sovietizó también lo que quedaba del país en noviembre del mismo año, creando otra república satélite y controlando y masacrando a sus líderes nacionalistas. El Karabaj, además, volvería a ser una región –autónoma, esta vez- de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán.

Resurgir del nacionalismo armenio

No fue hasta mediados de los años 60 (50º aniversario del genocidio) que el nacionalismo armenio volvió a resurgir moderadamente, y con él, el nacionalismo armenio en Nagorno-Karabaj. En 1985, con el inicio de la Perestroika, las esperanzas y peticiones de unificación aumentaron. Del mismo modo, aumentaba el nacionalismo azerí que obviamente sentía como propias esas tierras.

Hubo protestas y asesinatos y, en 1988, justo después de un gran terremoto, Azerbaiyán –junto a Turquía- bloquearon la frontera para que desde Armenia no pudieran recibir alimentos (por la frontera azerí entraban el 90% de importaciones). Este hecho empeoró las condiciones económicas armenias, y aumentó el nacionalismo y el populismo.

En medio de este contexto de conflicto in crescendo, la URSS desaparecía poco a poco. En 1990, Armenia proclamaba su independencia –efectiva en 1991-, al igual que hacía Azerbaiyán. Pero las masacres continuaban.

En ese momento, también Karabaj proclamaba la independencia. Azerbaiyán, como respuesta, le retiró la autonomía.

En enero de 1992, las fuerzas armenias organizadas del Karabaj iniciaron una ofensiva para expulsar a los azeríes. Había empezado una guerra que duraría dos años.

Con la ayuda de Armenia (que a su vez tenía el apoyo de Rusia mediante el  Tratado de Tashkent de apoyo mutuo, aún vigente) no solo consiguieron su territorio, sino que se ocuparon otros territorios de Azerbaiyán, abriendo un corredor que conectaba Karabaj con Armenia (corredor de Lachin) y anexionándose la región de Kelbajar.

Los azeríes no contaban con la ayuda de Turquía. En 1993, el nuevo presidente azerí, Gueidar Aliev, abandonó las posiciones más antirusas y proturcas e inició un acercamiento a Moscú, incorporándose a la CEI, mejorando las relaciones azerí-rusas… y con ello consiguió un alto el fuego definitivo en 1994.

Un conflicto olvidado más

Desde entonces, la situación de tensa espera. Sin guerra y sin paz. Armenia ha seguido controlando los territorios conquistados mientras que los armenios de Karabaj conservan el control de su república independiente, sin recibir, sin embargo, el reconocimiento internacional, ni siquiera de las propias autoridades armenias. Un no lugar en un conflicto olvidado más. Hasta esta semana.

El conflicto ha vuelto pero en un contexto diferente. Las cosas han cambiado mucho para Azerbaiyán. Su riqueza petrolífera y estratégica ha convertido en el país en mucho más de lo que era hace 26 años.

Tanto Gueidar Aliev, su presidente hasta su muerte, en 2003, como su sucesor, su hijo Ilham Aliev, presidente desde ese año hasta la actualidad, han modernizado el país y lo están convirtiendo en una potencia en el Cáucaso. El apoyo turco, con una Turquía de Erdogan más nacionalista que nunca en este siglo, también permite soñar en grande.

El Karabaj se ha convertido en el fruto del deseo de Armenia y de Azerbaiyán. Todo el Cáucaso es, de hecho, el fruto del deseo de Rusia y de Turquía

Azerbaiyán es la puerta a Europa para el crudo y el gas del Caspio, con los tres oleoductos que no pasan por Rusia (y que rodean Armenia). El gas va casi todo a Turquía, pero el crudo sí que llega a la Unión Europea. Pero entre Bakú y Europa occidental hay una zona montañosa muy cerca de donde pasan: Nagorno-Karabaj. Sin el control de ese territorio, los oleoductos podrían estar en peligro constantemente.

En 2010, Azerbaiyán y Turquía firmaron otro acuerdo de apoyo mutuo en caso de agresión militar. Armenia, preocupada, se ha seguido apoyando en Rusia. La no guerra en un no lugar ha continuado, pero también lo han hecho algunas trifulcas a pequeña escala. Pero este septiembre de 2020 ha sido más enconado, con 23 muertes.

Mientras ambos países se acusan de iniciar los enfrentamientos, sus líderes hablan de guerra y la región tiembla. Porque una guerra significa que las malas relaciones entre Rusia y Turquía podrían tener una excusa para librar batallas en territorio ajeno.

El Karabaj se ha convertido, con los siglos, en el fruto del deseo de Armenia y de Azerbaiyán. Pero todo el Cáucaso es, de hecho, el fruto del deseo de Rusia y de Turquía. Lo era hace siglos. Lo era en 1920 y en 1992. Lo es ahora. Un no lugar que, por desgracia, podría ser conocido internacionalmente si la situación llega demasiado lejos. 


Xavier Peytibi es consultor de comunicación política en Ideograma.