Un fin de semana sin Liga siempre se presta a la moralina. No te digo nada si además juega Nadal. Tras el rosco a Djokovic en el primer set entré a Twitter para buscar algunas reacciones y me topé de bruces con James Rhodes, que respondía con aplausos a un tuit de Esteban Granero que se preguntaba si Nadal «acaso puede perder, sea cual sea el resultado del partido». Una experiencia que me obligó a confinarme en WhatsApp para comentar la cosa tenística.

Claro que Nadal puede perder. De eso se trata. Nadie es más consciente de la derrota y nadie siente su presencia de forma más constante que un ganador. Nadie perseguiría la victoria sin la adrenalina del miedo, la derrota y el fracaso. La derrota existe. La derrota es lo común, en la vida pero especialmente en el deporte. Los deportistas profesionales viven de perder en su gran mayoría, aunque a veces las victorias suceden como una rareza y por eso se celebran.

Nadal no representa a nadie porque no existe nadie como Nadal. Y si existiera, entonces no existiría él

Las estrellas lo son porque rompen esa norma, se frustran en la derrota, se niegan a convivir con ella y se agarran a la victoria como una metadona agónica. Funcionan al revés que el mundo y por eso nos interesan, les seguimos y les vemos. Por nacionalismo político o sentimental también nos identificamos con ellos, pero por nada más. Nadal no representa a nadie porque no existe nadie como Nadal. Y si existiera, entonces no existiría él.

La sociedad, en genérico, es lo contrario a Nadal. Nos adaptamos a la derrota hasta el punto de llegar a negarla, convivimos con ella porque si no no viviríamos y somos conformistas porque no queda más remedio. Mientras el virus mata a nuestros amigos y familiares y a nosotros nos cercena la vida, llegamos a ver como un alivio aplaudir por la ventana, golpear una cacerola, beber cervezas a distancia por una videoconferencia que se corta o hacer sentadillas con sacos de patatas.

Este fin de semana de estado de alarma renacido, Madrid ha vuelto a ser un hervidero de gente emocionada. Emocionada por ver a gente en una terraza, a un niño en un columpio, por oír voces en la calle o porque el cielo sigue siendo azul. «Igual que siempre» describen los muchos que, por pudor, todavía no se atreven con el «mejor que nunca».

El mensaje en la botella es que perder derechos no es para tanto. Y claro que es para tanto. No hay nada negativo en adaptarse a las circunstancias, entenderlas, sobrevivir a ellas lo mejor posible, no pensar mucho en todo lo que teníamos y ya no. Ser humanos mal que bien.

Lo que no es de recibo es reivindicarlos y perpetuarlos, pero vivimos rodeados de una clase política y mediática decidida a hacerlo. A diario escuchamos a nuestros dirigentes, con tono insultantemente satisfecho, regodearse en los cambios que esta tragedia ayudará a «acelerar». Vemos reportajes que enseñan lo bien que se vive sin turistas y leemos piezas que explican lo bueno que es el encierro para el ahorro y la economía familiar.

Como si Nadal, tras perder tres sets a cero, recalcase que interactuó mejor que nunca con los recogepelotas. Ridículo.

Algún día habrá que hablar de los efectos de que la política y el periodismo los hagamos siempre, por definición, gente que tenemos trabajo. Mientras tanto seguiremos viviendo en esta realidad de perdedores patológicos que decimos sentirnos representados por Rafael Nadal. Qué más quisiéramos.