Un buen refugio emocional para un presente tan incierto como este puede ser el recordar el futuro tal y como lo imaginábamos hace décadas. Resulta muy divertido recrearse en cómo veíamos el siglo XXI cuando nos creíamos aquello del vehículo volador como lógica prolongación al tráfico rodado, o la conquista de otros mundos como continuación natural a la llegada del hombre a la Luna. Lo reconozco, la ciencia ficción televisiva de los 70 me pierde. Y la música que nos invitaba a soñar en aquella época, también.

Desde Boney M hasta Nacho Dogán (el “hermano marchoso”) pasando por Jean Michel Jarre o nuestros Aviador Dro, muchas bandas nacidas en los 70 usaban el “futurismo” como combustible para vendernos que tenían sintetizadores y podían grabar ellos solos una orquesta entera en los recién nacidos “multipistas”. Tantas han sido las fuentes de las que unos se bebían a otros que al final he optado por presionar la tecla “stop” de las revoluciones por minuto de todo esto en un grupo que, de alguna manera, siempre fue muy por libre en lo de la música futurista. De hecho, me atrevo a decir que la inventaron con el “tecnopop”: Kraftwerk.

Todo empieza en 1970, en una ciudad tan amiga de contrastes entre lo clásico y lo muy moderno como Düsseldorf. Cae entonces en manos de un músico alemán (muy alemán) llamado Florian Schneider un aparato diabólico lleno de cables llamado “sintetizador”. Hacía tiempo que este genio andaba detrás de conseguir uno. En aquel momento tratas de convencer a alguien de que aquello no servía para algo relacionado con la incipiente carrera espacial y no te cree. Cables y enchufes se entremezclaban para generar ondas audibles casi como haría un doctor Frankenstein al dar vida a su engendro.

Florian, junto a su amigo Ralf Hütter acudieron un día a una exposición de arte de Gilbert y George. Ahí descubren lo bien que combinaban dos tipos en corbata con lo estrambótico del arte predictivo. Pues nada, a vestirse bien mientras ponían en marcha su caja de ritmos y hacían que sus actuaciones en directo acabasen en convulsiones de una juventud ávida de nuevas experiencias. Esa primera generación posterior a la Segunda Guerra Mundial tenía unas enormes ganas de pasarlo bien, y aquello no se parecía en nada al rock que llegaba desde el resto del mundo.

Los dos amigos montaron su propio estudio de grabación, ahora santuario del tecno internacional: Kling Klang Studio. Su primera portada era simplemente un cono de tráfico, que se convirtió en la marca distintiva del grupo. Una fantástica pieza de “pop art” que inspiró hasta a los creadores de un conocido software de origen levantino llamado VLC.

Durante los años 70 se hizo mayor el grupo con la incorporación de otros músicos como Wolfgang Flür o Karl Bartos, aunque fueron rotando. Normalmente eran 4 caras, 4 robots, 4 hombres – máquina, o a veces maniquís, vestidos con elegantes corbatas. Esa era la imagen que todo fan quería ver en las portadas de aquellos vinilos a cual más original. Parecía que nos asomábamos a un futuro extraño, tecnológico, frío, dominado por robots.

Todo un David Bowie quedó impresionado con una de sus obras maestras llamada Trans Europe Express y no pudo evitar invitarles a ser parte de su gira Station To Station. Pues los alemanes van y se niegan. Aún así, el “duque blanco” comenzó aquellos conciertos con un tema de esta banda mientras se proyectaba cine de Buñuel.

Lejos estamos del futuro robotizado que imaginaban, pero solamente en la estética. Los robots (también llamados “bots”) están conociendo todo de nosotros, deciden qué anuncios vemos en la red, y es muy cierto que influyen en nuestras elecciones de compra o a quién hacemos presidente. Lo menos artístico de todo esto es que no tienen forma humana, y por eso rara vez nos apercibimos de su presencia.

La ciencia ficción jamás pudo imaginar que sería así, aunque tampoco nos puso jamás a aplaudir en nuestro balcón, pero acertó en la deshumanización que viven, por ejemplo, los más golpeados por un mal destino.