El problema de la selección se puede explicar sólo en parte desde lo futbolístico. Las tertulias radiofónicas están bien, pero echo en falta al coronel Pedro Baños para dar las verdaderas claves. El fútbol siempre ha tenido un componente de espejo geopolítico, o incluso de quiromancia internacional, y ahora las líneas de nuestra española mano dibujan un panorama tormentoso.

En una Europa de puro impás futbolístico y social, hemos mandado a nuestro futuro de campamento mientras las potencias se ponen a hacer la guerra. Alemania, por ejemplo, practica un expansionismo estilístico indisimulado. Su selección juega como el Bayern de Múnich y marca los típicos goles del Bayern de Múnich. Es fútbol purificado, hipertrofiado, en el que la pelota se desplaza como un disco de hockey y los extremos y laterales como wide receivers de la NFL. Cuando reciben el balón, en vez de agarrarlo y anotar el touchdown, lo que hacen es reventarle un zambombazo que suena a metálico cuando choca con la red.

Siempre le marcan el mismo gol a los equipos españoles, y a España misma. Pero nuestros ataques suelen ser mucho más bombillescos y los goles, más picudos.

Mandamos a nuestros talentos a Inglaterra y Alemania, a ver si se les pega algo, pero cuando les reunimos en casa les ponemos a jugar al tiki-taka como a beber Ron Negrita, que también tuvo su época

Todas las selecciones juegan ya a lo mismo, Francia incluida, y quien no se postre al nuevo credo será como mucho un outsider. Nosotros vamos camino de eso, porque no tenemos ningún referente nacional que nos invite a entrar en la década de los eléctricos años 20. El Real Madrid «de los atletas» escribió la Biblia de esta nueva religión, pero actualmente no juega a nada. El Barcelona sigue anclado en Messi y el Marcos Llorente del Atlético de Madrid es lo más parecido que tenemos a la modernidad en nuestra Liga. Así que de momento la selección se conforma con ser una versión B, o C, de la coqueta Real Sociedad.

Para tener una selección mejor hay que conseguir un campeonato mejor. Es decir: Luis Enrique debe rezar cada noche para que vengan a España Haaland y Mbappé, que no sea nada lo de Ansu Fati, que se consagre Fede Valverde y que se centren Vinicius y Dembelé. En esos seis jugadores, así como seis horrocruxes de Harry Potter, ha repartido el fútbol moderno su alma en pedacitos.

Ahora mismo lo que tenemos es una selección desperdigada, una selección Erasmus con todo lo que implica. Nuestros jóvenes se marchan a experimentar, beben de los elixires de la Premier y la Bundesliga y la Serie A de Cristiano Ronaldo. Sabemos de ellos como de nuestros amigos Erasmus: poco y nebuloso. Nos dicen que triunfan pero no podemos comprobarlo demasiado, porque sus partidos los emiten plataformas semiclandestinas mientras nosotros vemos siempre a los mismos equipos en Gol Televisión.

Un amigo puede volver de un Erasmus en Rumanía asegurando haber superado los registros sexuales de Papuchi, pero nunca sabremos si es verdad. La gente es tendente a creer. Hay quien piensa, guiado por el entusiasmo de los comentaristas, que Adama Traoré es una estrella en Inglaterra, ignorando que es suplente en el Wolverhampton de dos portugueses llamados Pedro Neto y Daniel Podence.

En otro plano, también emerge en los Erasmus el deseo de explorar las esencias de la patria una vez que regresan. Yo, que he vivido en Madrid toda la vida, pisé por primera vez El Tigre tras el regreso de un amigo de Polonia. Y lo primero que hice yo mismo tras volver de Bulgaria fue ir a La Sureña.

Será por eso que mandamos a nuestros talentos a Inglaterra y Alemania, a ver si se les pega algo, pero cuando les reunimos en casa les ponemos a jugar al tiki-taka como a beber Ron Negrita, que también tuvo su época y nos dio mucha gloria. Es fácil entregarse a la nostalgia y la tradición universitaria, con Sergio Ramos y Busquets por ahí como tunos, pero sirva el fulgurante gol del empate contra Suiza para ver dónde está el futuro.