La imagen de “Santa” con tupé y chasqueando los dedos es muy divertida. Y combina bien con esa curiosa costumbre tan arraigada de identificar los años 50 y 60 con las felices Navidades tradicionales, sobre todo en las películas.

Hay alguien que lo consiguió. Un rocker… iba a decir de los de antes, pero siempre y cuando entendamos que “antes” se refiere a los 80. Porque el movimiento del tupé y las motos tiene su verdadero origen mucho antes. Rebobinemos.

Norteamérica, 21 de julio de 1947. Un grupo de moteros bastante chulos y sudistas la lio en un pueblo llamado Hollister. Pero gorda. Tanto que inspiró a una película mítica llamada en España “Salvaje” (1953). El lector puede recordar ese poster superventas en el que aparece un jovencísimo Marlon Brando con gorra sobre una moto. Pues se trata de una de las escenas de esa primera road movie de la Historia. ¡Cómo tuvo que ser para que la censura en el Reino Unido la mantuviera en un cajón catorce años y cuando la sacó fue para clasificarla X!. Para muchos jóvenes norteamericanos que odiaban un sistema recién salido de la Segunda Guerra Mundial, fue toda una inspiración. Se pasaban el día escuchando a Elvis, a Chuck Berry, a Buddy Holly, al loco de Jerry Lee Lewis, o a un clásico como Little Richard. Lo cierto es que pronto se convirtieron en tribu urbana y dejaron un largo reguero de estética basada en motos, tupé, patillas frondosas, pantalones arremangados en el bajo, cazadoras de cuero y zapatillas blancas. Al imaginario colectivo de la movida “rocker” se añadió junto a Brando y Presley todo un James Dean. Rebeldes sin causa.

Pasaban las décadas y los tupés no se caían, aunque peinaran canas. En los 70 vieron un nuevo renacer gracias a Grease y varias películas de pandilleros más. Muy normal que durante los 80 se viera un curioso renacer de esa movida en grupos como los barceloneses Rebeldes y hasta el mismísimo Loquillo. Mientras tanto, llegaba desde Long Island a Manhattan noche sí y noche también un chico llamado Brian Setzer con verdadero amor a la música que se colaba en los clubes de jazz de la capital del mundo conocido de entonces. Se dejaba fascinar a cada solo, en cada versión de un clásico. Y no era el único. No costó encontrar músicos talentosos que supieran hacer versiones de Glenn Miller y a la vez sintieran la rebeldía heredada de aquel Brando salvaje en moto. En ese caldo de cultivo nace un grupo llamado Stray Cats que rápidamente se aplicó el cuento de “nadie es profeta en su tierra”. Cuando vieron dónde estaba de verdad el verdadero movimiento rockabilly, metieron los instrumentos en su funda, y volaron a Londres. Allí los roqueros se peleaban con los incipientes “punk” en el metro y trataban de emular con sus fechorías las de aquel julio del 47 en un pueblo norteamericano. Y la música, alguien la tenía que poner. En noviembre de 1980 aquellos norteamericanos pero no precisamente yanquis, lanzaron uno de los himnos más rotundos de ese universo nostálgico pero muy animado: Rock This Town.

Sus tupés se separaron y aquel fan que lideró a los “gatos callejeros” tuvo una de las mejores ideas comerciales que recuerdo en la música. Se dio cuenta de que a este tipo de canciones lo que le combina bien, bastante mejor que un contrabajo desafinado y una batería maltrecha, era una buena orquesta. Así nace la Brian Setzer Orchestra. La típica recomendación que sorprende a quién no la conoce, aunque no se puede decir que no tenga fans, sobre todo en Navidad. El siguiente giro que aplaudo es crear un show exclusivamente navideño a lo rockabilly y con una buena orquesta detrás. Se llamó The Brian Setzer Orchestra Christmas Extravaganza: con diferencia, el número musical más apropiado para las fiestas, con el permiso de las galas televisivas de cotillón y playback de artistas en promoción.

Merece un puesto en nuestra playlist uno de los temas indispensables justo a la hora de poner el árbol, y las luces mientras decidimos con qué otros nueve pasaremos ese intervalo hasta el toque de queda. “Jingle Bells”, en su versión más rockera y divertida. La canción que demuestra que Papá Nöel va en moto, lleva por algo dobladillo en los pantalones y si se quitara el gorro… seguro que salía un tupé.