Triste ironía en una década: Turquía acaba de retirarse del Convenio de Estambul, que se lanzó en 2011 para prevenir y combatir la violencia contra las mujeres. En la reunión del Consejo de Europa en la que se aprobó, celebrada en Estambul, el primer firmante del Convenio fue el anfitrión, Turquía, también el primer país que lo ratificó, en 2012. 

Ahora, el presidente Recep Tayyip Erdogan, un maestro en el arte de firmar tratados de derechos humanos e incumplirlos, ha sacado a su país del primer instrumento jurídico internacional vinculante para la lucha contra la violencia de género porque, en su opinión, promueve la herejía. No tendrán oportunidad de comprobarlo las 300 mujeres turcas asesinadas por sus parejas solo en 2020 en Turquía (cifras oficiales, porque las reales se ocultan en la definición de suicidios dada a muchas víctimas de violencia machista.

Este salto hacia atrás de Turquía es uno más en la deriva autoritaria de Erdogan tras el intento de golpe de Estado del 15 de julio del 2016. Su reacción posterior desmanteló muchas de las salvaguardas democráticas del país, incluyendo un acoso y persecución de periodistas sin precedentes: Turquía logró el dudoso mérito de convertirse en el país del mundo con más periodistas encarcelados. 

A partir de 2016 el autoritarismo se acentuó con el acercamiento a la extrema derecha del Partido de Acción Nacionalista (MHP) y a una estrategia de sectarismo y polarización que ha recortado cada vez más libertades. El ultranacionalismo y la criminalización de la oposición llevó hace unas semanas a que el fiscal general solicitara la ilegalización del Partido Democrático de los Pueblos (HDP), formación prokurda y tercera fuerza política en el Parlamento, y la persecución de casi 700 de sus dirigentes.

Según Erdogan, el convenio atenta contra la cultura y la moral, contra el modelo de familia turca… esta justificación es la misma que alegan países de la UE como Hungría o Polonia

La retirada del Convenio de Estambul es otra concesión a los ultras nacionalistas. Según Erdogan, éste atenta contra la cultura y la moral, contra el modelo de familia turca: promueve la herejía y es un instrumento en manos de los colectivos LGTBI para minar la sociedad.

Es preocupante que esta justificación sea exactamente la misma que alegan los Estados miembros de la UE que no han ratificado la Convención, o que se han retirado de ella, con Hungría y Polonia a la cabeza. La lección que Europa debe aprender es que Turquía podría no ser la excepción, sino el modelo de países iliberales que colocan el convenio de Estambul como amenaza que hay que batir. 

Es una evidencia que Turquía, día tras día, está cada vez más lejos de los valores europeos. Ahora, tras un año de enfrentamientos entre Ankara y la UE, el Consejo Europeo trata de suavizar las relaciones, subrayando «una reciente dinámica más positiva», en vísperas de la visita del próximo martes a Turquía de la presidenta de la Comisión, Ursula Von der Leyen y el del Consejo, Charles Michel.

Abrir una tregua puede ser positivo, pero sin olvidar que la provocación y el chantaje han sido las bazas de Erdogan en sus relaciones con la UE. Si bien el acuerdo migratorio ha permitido la acogida de casi cuatro millones de personas y le ha facilitado a la UE la externalización de una buena parte de la gestión migratoria, su instrumentalización política, que juega con vidas humanas en una situación de vulnerabilidad extrema, es inaceptable. En el quinto aniversario del Acuerdo y a las puertas de su renovación, no podemos nunca perder esto de vista.

La adhesión de Turquía como horizonte sigue siendo probablemente el mejor aliciente para lograr compromisos por parte de Ankara

Pero la adhesión de Turquía como horizonte sigue siendo probablemente el mejor aliciente para lograr compromisos por parte de Ankara y un factor de apoyo a su sociedad civil democrática y proeuropea, pese a las voces que insisten en que la suspensión del proceso es la única salida. En un mundo multipolar y geopolíticamente complejo, la UE trata y deberá tratar con Estados que no necesariamente comparten sus valores. Por eso hay que seguir caminando con Turquía, pero sabiendo qué terreno pisamos.

Y aquí volvemos al salto atrás de la salida de Erdogan del Convenio de Estambul. El autoritarismo sienta las bases de las dictaduras. Es un escenario fatal, no solo para la población turca, sus derechos y libertades, sino para la evolución de nuestras sociedades, para la estabilidad y los intereses europeos.

La lucha por los derechos de todas esas mujeres que llenan las plazas del país es también la lucha por todos los demócratas turcos. Los derechos ganados a costa de sufrimiento y sacrificios necesitan una defensa constante. Apoyar ahora a las mujeres turcas que se manifiestan en las calles es respaldar la democracia en Turquía. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento europeo.