«La victoria tiene cien padres, la derrota es huérfana». La frase es de Napoleón Bonaparte (de cuya muerte se cumplieron ayer 200 años) y se ajusta como un guante a lo que ocurre en el Partido Socialista tras el desastroso resultado de las elecciones del 4 de mayo en Madrid.

La operación de control de daños diseñada por Moncloa tras el desastre no deja de sorprender por su falta de imaginación. Se compone de varios axiomas:

a) De unas elecciones autonómicas no se pueden extraer consecuencias políticas a nivel nacional.

b) En Madrid gana siempre la derecha. Por tanto, no ha sido una sorpresa el triunfo del PP.

c) En Madrid se ha impuesto el PP de perfil más duro, más cercano a Vox.

Son excusas de mal pagador. Hay que recordar que fue el propio presidente del Gobierno el que, al involucrarse directamente en la campaña madrileña, convirtió estas elecciones en una confrontación con carácter nacional. La tesis central, durante la campaña, era que la izquierda le iba a parar los pies a la extrema derecha en Madrid y que, para ello, sólo era necesaria una gran movilización. «Con una participación superior al 75%, ganará la izquierda», coincidían en afirmar los portavoces socialistas. «Que hable la mayoría», rezaba la propaganda de Unidas Podemos.

Pues bien, con más del 76% de participación, ha ganado la derecha. Como ese hecho rompe los esquemas de los que piensan que la mayoría, por definición, es de izquierdas, hubo que construir un argumento alternativo: el votante de Madrid, por tradición, es un poco facha. «Son unas elecciones territoriales que ha ganado el PP con el discurso de Vox», dijo ayer la vicepresidenta primera del Gobierno. En sólo una frase Carmen Calvo resumía el sentimiento de frustración que lleva al perdedor a culpar a los ciudadanos de su mala fortuna. En Madrid ha ganado la derecha más dura. Con estos madrileños no se puede hacer carrera.

Estas recetas de urgencia pueden valer como argumentario exprés para tertulianos domesticados, pero son suficientes para calmar la ira de los militantes socialistas que se preguntan con razón: «¿Pero qué hemos hecho para tener los peores resultados de la historia?»

Y aquí viene la respuesta pactada entre el partido y Moncloa, es decir, entre José Luis Ábalos y Pedro Sánchez: buscar un chivo expiatorio. Alguien sobre el que descargar la responsabilidad de tamaña afrenta a un partido que aspira a gobernar España durante, al menos, dos décadas más (esto no es una exageración, es lo que dicen los fontaneros jefe de Moncloa).

Moncloa y Ferraz, Ábalos y Sánchez, están de acuerdo en hacer pagar al candidato socialista el desastre de los peores resultados del PSOE en Madrid

Ábalos tenía ya la mosca detrás de la oreja porque Moncloa había filtrado a voces amigas que la culpa de la moción de censura de Murcia, que provocó la convocatoria de elecciones anticipadas en Madrid, había sido planeada por Ferraz «sin consulta previa con el presidente del Gobierno». Eso no cuadra muy bien con el hecho incontestable de que el propio secretario general de Presidencia, Félix Bolaño, hubiera pilotado la operación de la mano del número dos de Ciudadanos, Carlos Cuadrado. Pero el mensaje había calado.

Ni el Gobierno ni Ferraz (que no es nada sin el Gobierno) se podían permitir ahora una guerra fratricida. Así que el chivo expiatorio de la derrota había que buscarlo en otro sitio, y, sobre todo, en alguien sin capacidad de respuesta, en una persona lo suficientemente dócil como para aceptar su destino en el sacrificio sin apenas rechistar. Esa persona, ya lo habrán adivinado, no es otra que Ángel Gabilondo. Eso, a pesar de haber seguido como aplicado alumno las recomendaciones contradictorias y disparatas que le llegaron durante la campaña desde el potente aparato dirigido por Iván Redondo.

El candidato socialista, contra lo que se esperaba en el Gobierno y en Ferraz, no dimitió en la noche de autos, como sí hizo Pablo Iglesias (que se autodefinió como «chivo expiatorio») , sino que mostró su disposición a continuar en su puesto, a pesar de haber perdido incluso el título de líder de la oposición en Madrid, que ahora ejercerá por algo más de 4.000 votos la candidata de Más Madrid, Mónica García.

Eso no se podía permitir. Fuentes socialistas, sin identificar, señalaron ayer a varios medios que el PSOE tenía que «tomar alguna medida», y apuntaban directamente a la cabeza de Gabilondo, «que representa el pasado», añadían como si tratase de un mueble viejo.

En su comparecencia de ayer, Ábalos se refirió siempre a él en pasado: «Ha hecho un gran servicio», dijo. «Este asunto no puede afectar a Moncloa», señalaban otras fuentes off the record. Ni el presidente ni su jefe de Gabinete, Iván Redondo, deben verse afectados por el vendaval Ayuso.

«Somos una organización que sabe leer cada acontecimiento que nos ocurre y sabemos salir de ella (sic.) como siempre hemos hecho, con reflexión y con trabajo», atinó a decir Calvo. La lectura del acontecimiento parece que apunta a Gabilondo, al no le queda otra que marcharse por las buenas o por las malas.

Ya sabe el propio profesor experto en Hegel como se las gasta el secretario general de su partido.

Pronto habrá novedades. La política es cruel.