Casado ya tiene su gran PP, el anchote PP aznariano; el del centro, la derecha y el centro-derecha que acababan como en un chotis de todas las edades en el balconcillo de Génova. Casado ha pasado por ser y no ser Soraya, por ser y no ser Rivera, por ser y no ser Abascal, por ser y no ser Feijóo, por ser y no ser Cayetana, y quizá ahora está entre ser y no ser Ayuso. O sea, que no sé si alguna vez podrá ser él. A lo mejor el gran PP sólo está esperando que Casado sea Casado, que no parezca que se ha disfrazado de él mismo con barba de betún, como un rey mago municipal. Arrimadas le ha entregado Ciudadanos y Ayuso le ha entregado un Madrid de todas las condiciones, de todos los barrios, un Madrid para el que ha prometido otra Movida de colocón y Paco Clavel. A Vox parece que sólo le queda vestirse de Juana la Loca o de conguito, y Sánchez está más débil que nunca, autoindultándose en sus socios indepes, quemado a flasazos, envejecido de maquillaje. Sí, Casado tiene ya su gran PP pero también el PP sigue esperando todavía a Casado.

Estuve en la convención del PP en la que se despidió Rajoy como a un profesor antiguo, todavía con reloj de bolsillo en el chaleco, con sus números romanos de romano de verdad. Se despidió recitando facturas de la luz, o algo así. El marianismo era eso, facturas de la luz a la hora de una clase de latín, una gloria de caligrafía y duermevela. Pero al menos era un estilo, como era un estilo lo de Vicente del Bosque. Aquel día parecía que todo el PP despedía a Del Bosque, en realidad. El caso es que Casado no ha sabido qué hacer con el PP desde entonces. Alguien capaz de vencer a Soraya, que a muchos les parecía la propia Circe, estoy seguro de que tendría un discurso, un proyecto de partido y hasta un croquis del chotis del balconcillo muy pensado. Yo sigo creyendo que Casado no ha podido ejecutar su proyecto porque todo le cambiaba o se le caía alrededor, cómica y tristemente a veces, como las partituras de Buster Keaton al final de Candilejas. Todo estaba en su contra, la baraka de Sánchez, la moda del carnaval de furia de Vox y hasta parecerse a Rivera. Ahora, cuando la cosa parece ir a favor, es cuando vamos a ver si había proyecto o sólo un perchero de barbas.

Sigo creyendo que Casado no ha podido ejecutar su proyecto porque todo le cambiaba o se le caía alrededor, como las partituras de Buster Keaton al final de Candilejas«

Parece que se ha acabado la nueva política, llena de nuevos partidos que pronto se hacían viejos al sol del telediario y del día a día, como una pera del frutero de la salita. Todo lo que le hacía temblar e improvisar a Casado, metiendo y sacando toreros, o el centrismo, o la maquinilla, o a Cayetana con su figura de pieza de ajedrez, se va desmoronando. Volvemos al bipartidismo, pero con la diferencia de que el PSOE ya no es el PSOE, es sólo Sánchez resistiendo en su vestidor, como tras una trinchera de calzoncillos apilados, y el personal también se está dando cuenta. A Sánchez se le acaba la baraka, y es como presenciar el final agusanado de Dorian Gray.

Fueron las elecciones de Madrid, fue Ayuso la que terminó sustanciando todas estas decadencias y contradicciones. Ayuso puede ser ya un icono pop, entre Marilyn y la Pilarica, pero lo importante no es que acabe santificada en un azulejo de Malasaña o cantando con Alaska. Lo importante es que ha marcado la tendencia y el camino: ideología con zapateado si hace falta, pero fundamentada en la realidad. No hay nada más transversal que la realidad, el secreto no está en el centro, como si fuera un tesoro de laberinto, sino en la realidad. Esa realidad de la que se han alejado Sánchez, Podemos y Vox (Ciudadanos da igual porque ya no existe). Ése es el sitio.

Todo ha cambiado, quizá porque nada pesa más que la realidad y hemos tenido realidad para hartarnos. A Casado se le han ido evaporando todos los fantasmas, salvo quizá el de Colón, que le vuelve a perseguir como una tuna. Uno nunca ha creído que la gente que sale a la calle tenga más razón ni deba tener más fuerza, pero también es peligroso terminar creyendo que la calle pertenece sólo a una ideología que si acaso la alquila por horas a los coches, a los riders, a los vecinos y, como concesión a la ternura, incluso a las monjas. El independentismo, el nacionalismo, no es un coco ideológico, es algo tan real como el bicho o las papas, algo que secuestra a los catalanes y chantajea al Estado. Pero no sé si la mejor manera de demostrar esto es montar otra vuelta ciclista. 

La próxima convención del PP puede que sea más importante que aquella en la que estuvo Aznar mirando a la gente como Popeye»

La próxima convención del PP puede que sea más importante que aquella en la que estuvo Aznar mirando a la gente como Popeye y en la que dijo adiós Rajoy haciendo su última aparición como pisapapeles. El PP hace convenciones, como si fuera personal diplomático, pero quizá necesita verdaderamente la fuerza etimológica de esa palabra. El PP tiene que decidir, tiene que convenir por fin cómo va a ser el partido en esta etapa posensoñación que parece que se avecina. Casado no puede seguir improvisando con la política como si fuera Sergio Ramos en la barbería. El gran PP, el PP ancho y que sube a los balcones a bailar con el chaval y con la abuela, está a la vista. Pero no basta con que Casado vaya con Ayuso como si fuera con Rosalía, ni con el indulto como con otra bandera de Indurain. Con la política ya desenmarañada, Casado tendría que hacer ahora lo que parece que no pudo antes. O habrá que concluir que, simplemente, nunca supo qué hacer con el PP, fuera estrechito o anchote.