¿Quién no ha aprendido sus primeras nociones de arquitectura en la playa? Que la arena tiene que estar mojada para que se aguante en forma de castillo, que las murallas tienen que ser fuertes para aguantar las sacudidas de las olas. La playa es un lugar de aprendizaje, de experimentación, de crecimiento.

Yo tengo una playa de mi vida en la que he aprendido muchas cosas. Que por la tarde hay que tumbarse con la toalla en paralelo al mar para que el sol te dé en todo el cuerpo, que si sopla el viento hay que clavar bien la sombrilla para evitar sustos y carreras posteriores. Hemos aprendido geometría, intentando que la toalla del último en llegar quepa entre nuestras fronteras, respetando la distancia de seguridad y también la de respeto al prójimo.

He aprendido idiomas, traduciendo las cubiertas de los libros extranjeros. Bendito sol, que no nos deja ver bien las pantallas. Y también que para jugar al fútbol o al volley playa no hace falta ser políglota. Para jugar a las palas, tampoco, y son el mejor deporte del mundo, no admito discusión.

He aprendido idiomas, traduciendo las cubiertas de los libros extranjeros. Bendito sol, que no nos deja ver bien las pantallas»

Allí he entendido los horarios de Fórmula 1 y de Moto GP, solo había que sumar 10 minutos a la hora a la que mi hermano empezaba a recoger. También que las carreras ya no son lo que eran y que cada vez nos importa menos cómo ha sido la salida de Fernando.

En la playa he aprendido de igualdad y cambio de roles. Porque es papá quién se va a echar el arroz mientras mamá y yo nos quedamos un ratito más. De clases. Son los famosos de la jet set patria los que se tumban frente a la Taberna del Mar junto a los vecinos a los que siempre les gustó aparentar y somos el resto de mortales los que plantamos la toalla delante de La Palmera. “Donde no haya rocas al entrar”, que diría mi madre. Se refiere al mar, claro.

El respeto al medioambiente yo lo asumí ante el mar. Dejar la arena más limpia de lo que la has encontrado, maldecir cada colilla sepultada. Que todo vuelve, y más cuando caen tormentas.

A lo de «A quien madruga Dios le ayuda», solo le he encontrado sentido en la playa. Y es que, “o vamos saliendo, o nos vamos a tener que poner en las tablas”. Las tablas son las del paseo marítimo, nada que ver con el barrio madrileño, aunque también signifique lejos.

A mí en la playa me metieron la idea de ser periodista y me aprendí de carrerilla una información sobre Camacho que publicaba el Marca que había comprado mi tío Jose. ¡Qué veranos aquellos! Sol y mar durante dos meses y medio.

Luego fue el primer lugar de vacaciones con amigas, aunque fuese un solo fin de semana y estuviese a 30 kilómetros de casa. Pasta para comer, pizza para cenar. Quien prepara la comida, luego no friega los platos. Reparto de tareas y convivencia, otro aprendizaje más.

Ahora, frente a mi cama hay un cuadro de la playa de mi vida. Para que cuando me despierte pueda contar los días que faltan para volver a pisar esa arena y luego quejarme por lo que la humedad le hace a mi pelo.

La playa significa verano y vacaciones y reencuentros. El sitio al que teletransportarse en enero, como canta Delafé. Vivir a 700 kilómetros de la playa todavía me ha hecho valorarla más y reflexionar sobre hacerse mayor y sobre las cosas que me ha enseñado. Porque la playa, para mí, es casa y ya me dirán dónde se aprende más que ahí.