Nunca pensé que un aeropuerto pudiera resultar tan silencioso. No al menos lo fue el de Isla Margarita, unos días antes, pero era atribuible a las hordas de turistas que llegamos en tromba a finales del mes de agosto el verano de 1997. En aquel la sensación de extrañeza me asaltó nada más alcanzar la terminal. Venía de un campamento perdido en uno de los sitios más impresionantes del planeta, al menos de lo que he visto del planeta, y estaba todavía hipnotizada por esas imágenes que me atraparon de por vida y mantengo vivas en la retina 24 años después.

Lo lógico es que me hubiera llamado la atención e incomodado el ruido, el bullicio, la acumulación humana, la megafonía aeroportuaria, también silente. Todos esos signos de masificación inexistentes en mitad de la selva donde oyes el latido de la naturaleza salvaje, tan distinto a todo lo demás. No. Me alertó el extraño silencio, también las caras de desconcierto, incluso de tristeza, de muchos de los pasajeros. Algo había pasado en ese breve intervalo de tiempo en que desconecté del mundo.

Algo había pasado en ese breve intervalo de tiempo en que desconecté del mundo»

Estuve en mitad de la nada y en medio de todo. Son dos sensaciones contradictorias difíciles de explicar. Es lo que tiene sobrevolar en un pequeño aeroplano las montañas más viejas de la tierra. Acaso conseguí lo que muchos viajeros anhelamos y raramente se produce, dejar de ser uno mismo, transmutarse con el paisaje.

Nunca he vuelto a estar rodeada de cientos de luciérnagas en cuanto se echaba la noche encima. Un espectáculo que competía con el del cielo virgen, apabullante, cuajado de estrellas, inabarcable. Pero durante el día la capacidad de asombro no era menor. Monos de pelo amarillo, enormes tortugas tomando el sol a las orillas del Caroní, los zumbidos de los colibríes, apenas más grandes que un moscardón, las aguas color de té que se precipitaban en pequeñas cataratas, los paseos por el bosque tropical húmedo del que hasta esos días sólo había tenido noticia por los libros de geografía, los árboles estrangulados por las lianas…

Y de fondo, siempre, las montañas antiguas, como centinelas, horadadas por cuevas que parecen explicar el origen del planeta. Algunas expelen agua de sus entrañas a gran altura. Son difícilmente accesibles, se muestran hoscas, rodeadas de nubes, con fuertes vientos que las barren. La mayoría están inexploradas, son territorio virgen.

Y de fondo, siempre, las montañas antiguas, como centinelas

Tuvimos, además, la inédita suerte de ser los únicos turistas en ese campamento. Por una extraña carambola del destino, quedamos varios días atrapados entre dos bucles temporales, entre los que se fueron a nuestra llegada y los que tenían que llegar a nuestra marcha. En definitiva, parecía un inmenso escenario montado sólo para nosotros.

Y de allí venía hace 24 años, de un mundo perdido, cuando llegué a aquella terminal para coger un avión de regreso a la bulliciosa civilización. Y miré y volví a mirar al resto de las viajeros, callados, ensimismados, todos y cada uno de ellos volcados sobre un periódico o una revista cuando el papel gozaba de buena salud y no en el agónico estado actual. Si los teléfonos móviles e internet existían ya, no estaban al alcance de la mayoría de nosotros.

Sólo cuando alcancé un asiento y me asomé al periódico del señor que estaba a mi lado, comencé a entenderlo todo como en un rompecabezas. Me costó cierto tiempo de asimilación, confieso. Mi primer gesto fue de extrañeza, de releer varias veces aquel titular, ya de manera indisimulada. Hablaban de conmoción en el Reino Unido e ilustraban la información con una foto enorme a todo color de una mujer joven, rubia, de pelo corto, muy arreglada, con un rictus de tristeza acaso muy ensayado. Era Lady Di, sin duda, y había fallecido dos días antes tras un choque brutal en un túnel de París. La noticia de su muerte llegó como un tsunami de forma instantánea a todo el planeta, a todo, menos a aquel reducto de montañas viejas y luciérnagas incendiarias.