Hace unos días visité a Oscar Tusquets en su casa taller de Barcelona. El arquitecto y diseñador –«arquitecto por formación, diseñador por adaptación y pintor por vocación», ha escrito el profesor italiano Vanni Pasca; a lo que Tusquets añade «escritor por deseo de hacer amigos»– acaba de cumplir 80 años. Ha presentado recientemente un libro, Vivir no es tan divertido, y envejecer, un coñazo, que es un recuento de vida y una preparación para la muerte de un señor, no obstante, en plena forma. Un «panfleto vigoroso pero desenfadado de un superviviente», porque ya van quedando pocos de su generación y ninguno de la de sus maestros.

Vivir… forma pareja con el prepandémico Pasando a limpio, un díptico que podría ser prólogo de una summa de Tusquets, de una obra completa de su variada panoplia de proyectos e iniciativas, incluida la editorial que fundó con su entonces mujer Beatriz de Moura y que, ya bajo el paraguas de Planeta, sigue llevando su apellido.

Con Tusquets hablé de arte, de arquitectura, de belleza –«No despreciéis el poder de la fealdad porque es la puerta de la estupidez y esta lo es a su vez de la maldad», dice citando a Ferlosio–; también, de pasada, de nacionalismo. De lo que éste ha hecho con la Barcelona creativa, bullente y desacomplejada en la que creció, se formó y comenzó a ejercer, dando en los 60 y 70 del pasado siglo una pauta de libertad al resto de España.

Pero Tusquets no quiere hablar demasiado de ello. El nacionalismo es un movimiento, asegura, en decadencia. Él confía mucho en la generación de jóvenes creativos que le buscan como referente y con los que se trata cada vez más, que miran profesionalmente más allá de las fronteras del país y del paese y que se muestran igual de perplejos que él ante la lógica averiada del independentismo.

Hombre en marcha, a Tusquets le gusta hablar de lo último que ha hecho. Y además de sus libros, lo último de Tusquets, que me enseña con una sonrisa de niño con zapatos nuevos, es un botijo con forma de elefante. Al día siguiente, Oscar estará en Argentona firmando ejemplares de Elefas, diseñado para la Festa del Càntir de esta localidad del Maresme.

El botijo es una de esas decantaciones materiales de saber popular desplazadas en su día por la tecnología»

Asociada al patrón local, Sant Domènec, la Fiesta del Botijo y su Museo, que cuenta con más de 4.000 piezas, celebra desde 1951 el milenario cántaro con la fabricación de un botijo especial. Para dar nuevos bríos al festival, sus organizadores decidieron en 2016 encargarle su modelo anual a un diseñador de prestigio. El de Tusquets es el quinto de esta serie, tras las creaciones de compañeros como Miguel Milá, Quim Larrea o André Ricard. El giro al disseny ha sido un éxito, y hoy venden rápidamente la tirada limitada de 3.000 ejemplares que realizan cada año.

Es verano, estamos en plena ola de calor. Nos recomiendan que bebamos al menos tres litros de agua. Entonces, ¿dónde está el botijo? Ni yo ni usted seguramente tengamos uno a mano. Sí, probablemente, una botella de plástico. El botijo es una de esas decantaciones materiales de saber popular desplazadas en su día por la tecnología. Pero como el progreso no es lineal, hoy de repente se presenta como una alternativa plausible, sostenible y biodegradable, a la botella desechable –que con gracia premonitoria reinterpretaron los diseñadores del botijo La Siesta–.

En casa, en la piscina, por qué no en la oficina: una solución al paisaje desolador de botellines reutilizados con nombres pintados a boli sobre la etiqueta. Un botijo en el escritorio, a prueba, además, de protocolos Covid. Y elemento compartido para una reconciliación con el resto de España de la Cataluña agraviada. Habrá, eso sí, que practicar un poco para no mojarse la camisa o el escote. Y al salir de trabajar, cambiar el botijo por el porrón. Bebamos.