Uno se asoma las columnas de opinión publicadas en las últimas fechas y se siente como Charlton Heston ante las ruinas de la Estatua de la Libertad en El Planeta de los Simios. Además de dominante, el rebaño de opinadores apocalípticos que especula sobre la caída de los Estados Unidos y el fin de la civilización occidental está liderado por plumas tan distinguidas como Francis Fukuyama o Niall Ferguson, recientemente hiperventilando al unísono en nada menos que The Economist.  

Correctamente, los interfectos y el grueso del análisis publicado opinan que la salida de Afganistán ha tenido efectos desastrosos en el prestigio de los Estados Unidos y que, además de una derrota estratégica en la lucha contra el terrorismo, es un síntoma de retraimiento del país de la esfera internacional. Menos plausiblemente, no obstante, es concluir que todo lo anterior refleja el deterioro terminal de los Estados Unidos como potencia hegemónica y, posiblemente, de Occidente como civilización. Peculiar, si uno recuerda cómo todo el mundo concurría en que lo malo, cuando empezó el ciclo de política internacional que ahora acaba, era el unilateralismo intervencionista del segundo Bush. 

Nada en el desastre de estos días es particularmente extraño a los estadounidenses que, cuando se trata de hacer el ridículo, salen a incidente por lustro

Además, nada en el desastre de estos días es particularmente extraño a los estadounidenses que, cuando se trata de hacer el ridículo, salen a incidente por lustro. Descartando Vietnam por facilón y recurriendo a la proximidad geográfica, baste recordar el memorable esperpento perpetrado por Jimmy Carter en 1979, cuando la crisis de los rehenes sirvió de colofón a los sucesivos dislates en Irán de las cinco administraciones que le precedieron – en notable paralelo con las tres que han precedido a Joe Biden en Afganistán. 

Y detrás de Carter llegó Ronald Reagan, el ganador de la Guerra Fría, pero que también se las arregló para consumar la menos recordada pero igualmente ignominiosa salida de los Marines de Beirut cuando los mismos iraníes que humillaron a Carter le pusieron una bomba en 1984. Para rematar la faena, Reagan también presidía por aquellas fechas sobre la anonadante ineptitud de la guerra sucia en Nicaragua y El Salvador destapada en escándalo Irán-Contra.  

Más cerca en el tiempo cabe recordar la atropellada y humillante salida de Somalia gestionada (es un decir) por Clinton en 1993. Tiempo atrás, durante la Guerra Fría Kennedy también cubrió de gloria a la Gran República con la invasión de Cuba en Bahía Cochinos de 1961. E incluso antes, en la pifia más olvidada pero posiblemente más trascendente, Truman se las arregló para dejar China en manos comunistas cuando todavía no había terminado de ganar la II Guerra Mundial. 

Un rápido vistazo a la hemeroteca en cada uno de esos momentos arroja sentimientos perfectamente asimilables a los de hoy: según buena parte de la prensa y la intelligentsia de la época, Estados Unidos y por extensión Occidente se pasaron toda la Guerra Fría a puntito de que les arrollaran los soviéticos. Así mirado y aceptando el punto de partida, igual conviene moderar la hipérbole y concluir que todas las grandes potencias con intereses globales tienden a darse de bruces periódicamente con enemigos intratables y a sufrir regularmente las consecuencias de gestores ineptos. 

Y no solo en lo tocante a la humillación puntual o al prestigio. En términos estratégicos la revolución en Irán creó una incubadora de terroristas de Estado de primer orden – que se lo digan a Reagan – y resultó en una alianza, siempre incómoda y casi siempre contraproducente, con la casa real saudí. Algo similar, pero a diferente escala, ocurre con el descalabro en Centroamérica: la herencia de Estados fallidos y violencia todavía se viven con pavorosa intensidad allí y reverbera incluso en ciertos barrios de las grandes urbes españolas, no hablemos ya de la frontera en el río Grande. O en Somalia, todavía hoy un Estado fallido y equipado con su propia sucursal de terrorismo islámico. Y luego, claro, está el enorme gazapo en China, ahora convertida en principal rival internacional de los Estados Unidos.

La retahíla de batacazos es tal que así ordenados casi se olvida uno de que los estadounidenses remontaron dos guerras mundiales, ganaron la Guerra Fría, han reducido Al Qaeda y al ISIS a sombras de sí mismos y a fecha de hoy se permiten el lujo de liquidar a héroes nacionales iraníes con el mismo desparpajo que plantan la Séptima Flota en Taiwán.

Tampoco se acuerda uno de la superioridad militar, ideológica y económica sobre China. En términos de fuerza bruta, los estadounidenses se permiten un gasto militar que triplica el de China. Desde luego, se trata de una vara medir de calibre grueso, pero es evidente que los chinos ni tienen, ni se espera que tengan en breve, la capacidad que tienen los estadounidenses de proyectarse militarmente en todo el globo.

En términos de poder blando, Estados Unidos habrá perdido toda la credibilidad como referente de liberalismo democrático que uno quiera, pero el ideal de autoritarismo homicida que Pekín está perfeccionando solo es atractivo para la variante de sátrapa menos sofisticada. Tampoco se adivina que la industria cultural china vaya a suplantar a la de California o Nueva York pasado mañana.

No se trata, desde luego, de negar que el escenario se les ha complicado a los estadounidenses. Lo objetable es que, en el fondo, lo que subyace en el discurso tremendista es una visión sobre las relaciones internacionales de juego de suma cero en versión simplona y en absolutos. Como los norteamericanos han perdido en Afganistán, dicta el razonamiento, habrán ganado sus adversarios y esa pérdida es irrecuperable y total. Todas, nociones discutibles. Para empezar, la alegría colectiva de paquistaníes, chinos, rusos, iraníes y grupos terroristas varios, siendo compartida y sin duda intensa, tiene vida corta. 

Todas las Administraciones desde Bush han coincidido en que Afganistán era un atolladero del que había que salir; lo catastrófico han sido las formas»

A fin de cuentas, todas las administraciones desde Bush han coincidido en que Afganistán era un atolladero del que había que salir. Lo catastrófico han sido las formas y que el gobierno afgano aguantara días en lugar de meses. Pero aun así, con la salida de Estados Unidos también desaparece el único elemento compartido entre actores que compiten entre sí con el mismo ahínco que con los yankis y la innegable derrota estadounidense ni tiene porque ser una victoria para todos sus adversarios – todos ellos, por cierto, con una capacidad para crearse desastres a sí mismos tan contrastada como la de los de Washington – ni desde luego supone el repentino final del antiterrorismo global encabezado por Estados Unidos.

En realidad, la salida de Afganistán genera una situación nueva a la que los estadounidenses deberán adaptarse y asumir que la derrota de ahora es total tiene tanto sentido como asumir que la victoria de hace veinte años fue también total.  

En esa misma línea, el evidente ascenso de China se está traduciendo en unos Estados Unidos con menos libertad de acción unilateral – cosa no tan negativa si uno se para a pensar en la administración del segundo Bush – y en un mundo más bipolar, pero eso no es equiparable al declive de América, ni tiene porqué traducirse necesariamente en un escenario más inestable o más peligroso: sencillamente es distinto, como el mundo de la Guerra Fría fue distinto del de entreguerras y este del anterior a 1914.

Lo desconocido inquieta y el poder de Estados Unidos tarde o temprano declinará, pero insistir en una inminente decadencia cada vez que hay incertidumbre solo sirve para confundirnos ahora, para que la extinción del mundo según lo conocemos, si ocurre y cuando ocurra, nos coja desprevenidos o, peor aún, para contribuir a provocarla. Un ejemplo sería cuando a punto estuvimos de un holocausto nuclear cuando Khrushchev extrajo conclusiones sobre Kennedy similares a las de los intelectuales públicos de hoy. Entretanto, a Estados Unidos le va regular tirando a mal, o lo que es lo mismo, como casi siempre. 


David Sarias es profesor de Historia del Pensamiento Político en la URJC.