Ahora sabe uno que la infancia no era otra cosa que la inflación. Aquel chicle de a duro, de fresa ácida, que sabía exactamente como imaginábamos que sabían las novias imaginadas; o aquel cowboy de a peseta, de una sola gota de plástico y de color que siempre le rebosaba por algún lado y le dejaba hojas o lágrimas o matices incongruentes al héroe pasmado. Aquel cine de kung-fu por 40 pesetas, que luego me llevaba a pelear contra los tendederos y las gallinas, esbirros que golpeaban y volaban realmente con su túnica china de alas de dragón o su kimono de sol y tomate frito. Sigue habiendo chuches y muñecos y cine, pero en otro precio, que es lo que los coloca en otro tiempo. No es la película ni el chicle, ni siquiera la sonrisa con desayuno de pecas sobre la que estallaba ese chicle, que de todo eso seguimos viendo: es el precio lo que nos transporta más vertiginosamente. Deberíamos decir nuestros años en pesetas.

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