Ciudadanos no sabe ya qué hacer para demostrar que es -mejor habría que decir que pudo ser en su dia- un partido útil para la estabilidad política de España.

Ahora se ofrece a aprobar el decreto ley de la reforma laboral sin contrapartida alguna. Es decir, sin siquiera intentar que se incluyan en el articulado algunas de las propuestas estrella de su partido, como su eterna defensa de la llamada “mochila austríaca” o su vieja oposición a la prevalencia de los convenios sectoriales sobre los convenios de empresa y a la ultraactividad de los convenios.

Nada de eso exigen ya. De hecho no piden nada al Gobierno a cambio de darle su apoyo, un respaldo que de momento no ha recibido más que desprecio en forma de ninguneo: nadie en el Gobierno, tampoco el ministro Bolaños, encargado de las negociaciones con los grupos parlamentarios y fundamentalmente con los socios -cosa que Ciudadanos no es- se ha puesto en contacto con ellos para al menos recibir su oferta y darles las gracias por ella.

Dicen alborozados los de Ciudadanos con una ingenuidad que parte el corazón: “¡Hemos abierto una nueva grieta en el nacionalismo!”. “Sí, sí, ya sé como me dices”, estarán pensando en el PSOE.

Porque la realidad es muy otra, Para empezar, que la prioridad más absoluta de Pedro Sánchez es conseguir los votos favorables del núcleo duro de los que le llevan acompañando durante toda legislatura. Y para seguir, porque los nueve votos que le pudiera proporcionar Ciudadanos no le sirven de momento para nada porque no le bastan para sumar la mayoría necesaria para sacar adelante las cuentas del Estado.

Ciudadanos es el ultimísimo plato de una negociación que se va a celebrar con cada uno de los socios»

Pero hay algo más y de la máxima trascendencia para el Gobierno: si se arrimara en busca de los votos de Ciudadanos, considerado como la derecha más derechosa y más antinacionalista por partidos como Esquerra, Bildu, Más País y el PNV, ya podía el Gobierno y con él el PSOE despedirse de toda colaboración parlamentaria de aquí en adelante por parte de sus hasta ahora socios de legislatura.

No, señores de Ciudadanos. Ustedes son el ultimísimo plato de una negociación que se va a celebrar con cada uno de los socios, cosa que se va a hacer al margen de lo que dice ese decreto aprobado por el Consejo de Ministros, de manera que queden contentos por las cesiones bajo cuerda que consigan y de ese modo den su aprobación a la reforma laboral.

No son ustedes, los miembros del partido naranja, unos invitados bienvenidos a esa mesa. Al contrario son unos intrusos incómodos que, si fueran requeridos para una negociación formal, como ha prometido el ministro Bolaños, será solamente para cubrir el expediente.

Pedro Sánchez y sus ministros no quieren pactar con Ciudadanos una reforma laboral a la que pretenden poner el sello de “logro histórico del Gobierno progresista” aunque no tenga nada ni de lo uno, ni de lo otro, ni de lo otro. Quiero decir, ni de logro, ni de histórico ni de progresista.

Pero así es como lo quieren bautizar y en esa ceremonia el partido naranja está de más. 

Tendrían que ponérseles muy pero que muy mal las cosas al equipo negociador y tendrían que acabar siendo decisivos esos nueve votos que Ciudadanos regala al presidente para que éste les dejara participar de la ceremonia de lo logrado.

Pudiera suceder, eso nunca se puede negar,  pero eso equivaldría a la aparición de extraordinarias complicaciones para el Gobierno en lo que queda de legislatura con unos socios ofendidos, sintiéndose estafados y traicionados y dispuestos a sabotear cualquier iniciativa legislativa que el Ejecutivo pusiera sobre la mesa.

Por lo demás, tiene algo de patético pero también de realmente admirable, ese afán de Ciudadanos por mantenerse en pie y en permanente activo a pesar de los augurios. Porque todas las campanas que doblan por ellos están ya tocando a muerte.