Diga no a la guerra, a usted qué trabajo le cuesta. No a la guerra y al bicho y al cáncer de próstata y al dolor de muelas y a las macrogranjas y a los pelos en las orejas. Pero sobre todo diga no a la guerra, no vaya a ser que el personal piense que le gusta la guerra, como si le gustara la leucemia o el canibalismo. Diga no a la guerra desde el Starbucks, que es como un hospital de los cafés, o desde una cama de sal del Himalaya como John y Yoko, o desde una guitarra como un pozo lleno de hiedra y pájaros, o desde el periódico que ya sale con forma del barquito o sombrero de papel del soñador. Dígalo desde el Gobierno, donde usted está para salvar el mundo como a un conejito. Dígalo incluso aunque admire al Che o a Lenin o a Arafat, a los que ve como a santos con escoba y ropón. Dígalo, y plante una flor en un casco de soldado, y dibuje un beso como una burbuja disparada por un fusil, o al menos hágalo hasta que la guerra lo pille, a ver entonces.

El pacifismo de viñeta es un lujo que sólo pueden permitirse los que están lejos de las guerras. Cuando la guerra es distante, radiofónica, documentalista, y llega en fotos como una revista de guardabosques, el pacifismo no tiene mérito. Cuando la guerra la tienes encima, lo que no tiene el pacifismo es sentido. Este pacifismo suele ser diletante, estético, vacacional, un veganismo moral diurético que practican los que no tienen hambre, necesidades ni peligro. Uno diría que es el mirador más obsceno de la guerra, una especie de barandilla celestial de dioses ociosos. Que se paren las guerras, que se espiguen los besos, que nos amemos todos como en un gran corro de porro. Sí, vayan ustedes a decirle no a la guerra a los talibanes, a Boko Haram, a Arabia Saudí, al mismo Putin. Como si se lo fueran a decir a Napoleón o a Hitler, claro.

El “no a la guerra” siempre suele ser el sí al que está al otro lado pensando o haciendo la guerra igual o más cruelmente que el otro, en este caso Putin

Hay un pacifismo de viñeta puro, o sea todo alcaloide, esnobismo y polvete de ruló, y hay otro pacifismo de viñeta que es interesado, o sea ideológico, o sea guerrillero en el fondo. En realidad aquí no hay tanto pacifismo como un militantismo contra ciertos actores de las guerras o de la violencia, mientras se defiende o se ensalza a otros. Israel, pero no Hamás. Estados Unidos, pero no Cuba o Nicaragua. Occidente, pero no oriente. El cristianismo, pero no el islam. El imperialismo yanqui, pero no la bota de hierro soviética. El franquismo enterrado en su cementera, pero no el chavismo vivo como un papagayo. Quiero decir que el no a la guerra aún es el no a Aznar, con sus espuelas en la mesa, y hasta el no al Prestige. Se trata de iconografía, no de antibelicismo. Además, en este pacifismo, el “no a la guerra” siempre suele ser el sí al que está al otro lado pensando o haciendo la guerra igual o más cruelmente que el otro, en este caso Putin, pero que los coge contra los eslóganes.

La verdad es que la gente se mata, y no siempre es porque lo mande el petróleo o la Coca-Cola o Kissinger, que es lo que nos dice este pacifismo hemisférico y hemihistórico, el pacifismo podemita y tal, esta gente que tiene el “no a la guerra” de contraseña para el Feisbú pero te saca la metralleta con bocacha apagallamas del Che como si fuera un grueso mechero de yesca. Sí, la gente también se mata por la nación que acaban de crear cuatro en un balcón, por el líder contrachapado de banderas y calderilla, por el librito desenterrado por un mesías o por un burócrata, por el paraíso de la clase o de la raza, por un dios cabrero o un dios sangriento o un dios bondadoso, por pura vanidad, por la lengua, por la forma de las narices (hutus y tutsis), por la historia real o inventada, o por tener salida al mar como un hotelito. Algunos se matarían por un tenista chulichungo, imaginen lo que harían por sus familias, por la supervivencia, que es lo que ocurre la mayoría de las veces en las guerras.

Diga no a la guerra, a usted qué trabajo le cuesta. Dígalo alto y dígalo pronto, que la duda escama, a ver si le va a gustar matar a gente, o es usted del Aznar que hablaba ante Bush como Pixie y Dixie, o es usted un facha de correaje y cornetita, como la muñeca legionaria o esa gente de Vox que se viste entre Curro Jiménez, los Peaky Blinders y la comunión del marquesito de Los santos inocentes. Diga no a la guerra, a usted qué más le da. Son otros los que tienen ejércitos en sus fronteras, a la distancia de tigre de una pisada en la nieve. Diga no a la guerra y mencione intereses geoestratégicos y empresas petroleras americanas que remiten a pringue y a peligro igual que el colesterol del pollo frito, como si Rusia no tuviera de todo eso, y peor. Diga no a la guerra, que suena a canción, a concierto de Ana Belén, al dulce sobaco cantautor de un nuevo ligue. E intente decirlo sin recordar mucho que si en Europa hay libertad y cierta paz fue porque ganamos (nos ganaron, en realidad) una guerra.

Grite no a la guerra, demuestre su humanidad y su compromiso. Eso sí, a las guerras les da igual y a Putin no digamos. Al fin y al cabo, ¿de qué se trata? Apenas de un viejo y gran imperio herido, como cuando Weimar, y de un autoritario iliberal bendecido una y otra vez no por la Coca-Cola de Billy Wilder sino por su pueblo entusiasmado. Yo llevo todo el día acordándome de aquello que cantaban Polanski y el Ardor: “¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?”. Pues hoy, decir no a la guerra con un verdejo o un porro en esa mano tiznada y encallecida de tanto haber salvado al mundo con el puñito en alto, y no preocuparme mucho más. Si es que hacer el bien no cuesta ningún trabajo…