España acaba de descubrir otra vez la teta, como cuando la descubrió con Sabrina, aquella teta como recién pescada que se le salía a la italiana del corsé igual que de un capazo. Irene Montero hasta ha hecho ya un discurso con eso de “¿por qué les dan miedo nuestras tetas?”, es la primera que ha pescado esa teta que vuelve a ser de pescadería, antes para los adolescentes y ahora para la política. Rigoberta Bandini, con su teta precolombina, galileana, quesera, corsetera; su teta entre venus de arcilla, nodriza colonial y espectáculo de Pink Floyd, parece que ha prestado su voz, su idea y su teta a las que no tenían voz ni idea ni tampoco teta.

Irene Montero usaba la teta como por primera vez, quiero decir que parecía que acababa de darse cuenta de la presencia y del poder de las tetas, como cuando se descubren en una amiga más desarrolladita. Será que el Gobierno no tiene mucho de dónde tirar. También Nadal hizo exhibición cojonciana y pronto salió Sánchez a felicitarlo o a felicitarse, como se felicita al padre del niño por los huevazos.

España ha cogido las tetas de Rigoberta Bandini y los cojones de Nadal y ha vuelto a formar como el huevo cósmico primigenio. Bueno, eso sería lo sano, porque aquí más bien parece que hay que elegir entre quedarse con la teta de Bandini, una teta despojada o desecada de sensualidad, como una teta de monja, o quedarse con el cojón o huevo de oro de Nadal, como una oreja o cojón de festejo taurino.

Se pregonan tetas nutritivas, maternales, santas, de Virgen de Da Vinci (esas tetas esféricas, celestiales y sin carne, como cúpulas, que se pintaban en el Renacimiento), pero ahí tienen ustedes al pobre falo, condenado y enfundado por violento y agresivo, como una lanza con penacho. La teta sigue siendo una teta incluso con alegoría, la teta de Bandini o la de la diosa Hera, pero para el huevamen o paquetamen masculino la alegoría nos exige no ya prescindir de la sensualidad sino de la forma y de la presencia. Admitimos los huevos de Nadal pero vaciados en psicología, pundonor, actitud, orgullo y patriotismo amorfos. Y, por supuesto, sin que el héroe se los pueda sacar para reivindicar nada. 

Irene Montero ha pescado esa teta que vuelve a ser de pescadería, antes para adolescentes y ahora la política»

Uno no acaba de entender el feminismo de la teta maternal, que para dar teta o caldo de pollo no sólo no hace falta feminismo sino que hasta hace poco era todo lo contrario al feminismo. La teta sensual y liberada, la teta sin sujetador como el ombligo sin cinturón de castidad, la teta al aire que un día fue como la cabeza al aire (aquella simbología de Las Sinsombrero), eso sí es reivindicativo.

Pero la teta vacuna y cereal, la teta de nana como una luna de nana, la teta como galleta o almohada del bebé o del mundo, esa teta puede ser igual la de la esposa del reverendo mormón o la de la señora victoriana con cochecito y niñera victorianos, con toda su cosa de carruaje, moral y gente de diligencia. Es más, esa teta es más de ellas que la teta puramente sexual o felliniana, o la teta musculada, obrerista o boxística, que nunca conocieron. Tendría más sentido sacarles una canción a los cerebros de las ajedrecistas o a las manos de las cigarreras o al coño de las roqueras que a la teta de la santa esposa o de la nodriza del señorito.

No entiende uno este feminismo de la teta caldosa, que parece más bien una cosa antigua, parroquial, belenista, de doncella grávida con matriz de cáliz o incluso de anunciación virginal, de preñez sin participación del pene patriarcal, opresivo, mortificante, pecaminoso. No entiende uno que de la teta, como ha dicho la propia Rigoberta Bandini, se saque ningún poder, al menos un poder diferente o superior, moral, mágica, anatómica o intelectualmente, al que se sacaría el hombre de su picha, o de un tótem fálico, o de comer cojón de toro. No entiende uno que Irene Montero enlace la teta con derechos que no vienen de ninguna glándula, sino de la condición de ciudadano. Y no entiende uno, en fin, por qué estamos ante una teta revolucionaria y no ante una teta del chiste del perro Mistetas. 

Creo que las tetas dan menos miedo que los penes, expulsados sin piedad de Eurovisión»

«No sé por qué dan tanto miedo nuestras tetas, sin ellas no habría humanidad ni habría belleza”, dice la canción, o algo así. Yo creo que las tetas dan menos miedo que los penes, expulsados sin piedad ni consideración no sólo de su responsabilidad en la humanidad y de su participación en la belleza sino, lo que es más grave, de Eurovisión. Quizá haya alguien ahora preparando coreografías con graciosos penes saltando como conejitos, vistosos penes gordos como globos de agua, rosados y flotantes penes como cerditos también de Pink Floyd; coreografías para canciones en las que el falo, poderoso, gravitante y mágico como la luna llena, le recuerde a ese alguien el trabajo, las barbacoas o los mimos de su padre… Podría ser, pero no es probable.

Seguramente, el hembrismo glandulista está bastante más avanzado que el machismo cojonciano. Ese machismo, ya ven, se tiene que conformar con los huevos de Nadal, alegorizados no en cúpula ni en huevo cósmico sino en simple pedagogía o autoayuda. Son unos huevos tristes, prisioneros y apolíticos que Nadal ni siquiera se puede sacar diciendo que son de Delacroix.