La «guerra de Putin«, como han bautizado a la invasión de Ucrania los líderes europeos, está causando devastadores daños colaterales. Uno de ellos afecta directamente el ya de por sí escaso prestigio y credibilidad del ex presidente de la Generalitat Carles Puigdemont.

Sin negar lo fundamental de las informaciones que está publicando estos días El Confidencial, y cuya primera piedra puso The New York Times el pasado mes de septiembre, Puigdemont publicó ayer un artículo en La Vanguardia en el que afirma que «en ninguna de las reuniones (con personas ligadas al Kremlin) se ha abordado el escenario del reconocimiento (de Cataluña), aunque este es uno de los objetivos que tenemos fijados para culminar el proceso de independencia».

Sólo un resumen sobre los datos hasta ahora conocidos:

1º El jefe de la oficina de Puigdemont, el profesor Josep Lluís Alay, mantuvo negociaciones durante 2019 para que Rusia presionara a Armenia con el fin de que este país reconociese a Cataluña. Alay viajó en tres ocasiones a Moscú.

2º Hubo una reunión clave en el restaurante Haddock de Barcelona el 17 de octubre de 2019 de Alay con el empresario ruso afincado en Cataluña, Alexander Dmitrenko, a la que asistieron dos personas vinculadas a los servicios de inteligencia de Putin: Sergei Sumin y Artyon Lukoyanov (hijo adoptivo de Vladislav Surkov, considerado como hombre próximo a Putin e ideólogo del Kremlin).

3º Dmitrenko y el abogado de Puigdemont, Gonzalo Boye, se reunieron en Ginebra en junio de 2019 con un gestor de patrimonios ruso residente en Suiza, Yuri Emelin, con objeto de crear un fondo opaco para financiar el movimiento independentista.

4º En febrero de 2020 Boye viajó a Moscú para asumir la defensa de Vasily Kristoforov, un conocido jefe del crimen organizado de Rusia.

En 2018 el CNI realizó un informe desaconsejando al Gobierno la concesión de la nacionalidad española a Dmitrenko arguyendo sus contactos con algunos de los principales jefes del crimen organizado ruso.

El propio Alay, en entrevista a eldiario.es, ha tratado de quitar importancia a las reuniones con las personas citadas, todas ellas, cercanas al Kremlin: «Nunca he buscado el apoyo (del Kremlin) al procés y el president ha hecho lo mismo. Lo que hemos hecho ha sido explicar lo que estaba pasando en Cataluña tras el referéndum».

Puigdemont quiere borrar las huellas que le vinculan a Putin. El 5 de abril en el TJUE tiene lugar la vista que puede dejar en mal lugar a Bélgica por negar su extradición a España

En un ejercicio de malabarismo argumental, el propio Boye, durante la sesión celebrada ayer del juicio por desobediencia a Quim Torra (al que no acudió porque dice que no reconoce la legitimidad del tribunal), se alejó de Putin como del diablo para situarlo justo del lado de los jueces: «Vladimir Putin se ha ido del Consejo de Europa porque les molestan sus resoluciones. Lo mismo que ustedes». Y no se le cayó la cara de vergüenza.

El hecho es que la conexión de Puigdemont con Putin ha hecho mucho daño. Incluso ha provocado una agria polémica con el portavoz parlamentario de ERC, Gabriel Rufián, que acusó al ex presidente de la Generalitat de ser «un señorito que se creía James Bond».

Antes incluso de que se celebrasen las reuniones que aparecen en el sumario Voloh, que instruye el juez Joaquín Aguirre, ya había lazos inconfesables entre los servicios de desinformación del Kremlin y el independentismo. En noviembre de 2017 un grupo de expertos de la UE creado para combatir la propaganda procedente del Rusia detectó la injerencia de los servicios de desinformación controlados por Moscú en la crisis que se vivió en las semanas previas a la declaración unilateral de independencia. El CNI también detectó esa actividad a favor del independentismo por parte del aparato de desinformación del Kremlin.

Es lógico que Puigdemont y su entorno intenten borrar las huellas de su relación con Putin, justo en el momento en el que el presidente ruso ha sido acusado de «criminal de guerra» por Joe Biden. Justo también en el instante en el que los gobiernos europeos, incluido el español, le acusan de haberse saltado la legalidad internacional y haber tomado al asalto a un país soberano sin ninguna justificación.

La propaganda, la imagen, siempre ha sido un baluarte del independentismo. Puigdemont ha vendido su causa como la de un dirigente político perseguido que ha tenido que huir de su país por defender el legítimo derecho de Cataluña a la independencia. Él se ve a sí mismo como un héroe y su causa ha encontrado eco entre los movimientos separatistas de algunas regiones europeas y de algunas personas ilustres aunque ignorantes.

El próximo 5 de abril es un día importante para Puigdemont. Se celebra la vista ante el Tribunal de Justicia de la UE (TJUE) de la cuestión prejudicial que planteó el juez del Tribunal Supremo Pablo Llarena. Es un asunto técnico, pero trascendental. Tras rechazar la justicia de Bélgica la entrega a España del exconseller Lluís Puig, Llarena planteó al TJUE si, como argumenta Bélgica, el Supremo no es competente para juzgar a los imputados por el procés y si, además, un país de la UE puede poner en duda que en otro país miembro no se respetan los derechos fundamentales.

El pasado mes de febrero, el TJUE dictaminó en un caso similar la legitimidad de la justicia de Polonia para pedir la extradición de dos fugados huidos a Holanda. O sea, que la cosa pinta mal para el líder independentista.

Recordemos que el Parlamento Europeo retiró la inmunidad a Puigdemont. Si el TJUE estableciera que Llarena tiene razón en su planteamiento, Bélgica, que es donde está afincado el ex president, tendría muy difícil negar su extradición a España para que sea juzgado como el resto de los condenados del procés.

La imagen, como decíamos, cuenta y mucho. Puigdemont no quiere que se le vincule con el sátrapa ruso, lo que ensucia la romántica causa de recuperar una independencia que Cataluña nunca tuvo.

La geopolítica tampoco ayuda al líder independentista. La invasión de Ucrania ha cambiado muchas cosas. Una de ellas, fundamental. Europa, la nueva Europa que ha tomado conciencia de sí misma, ya no va a ser la «Europa de los pueblos», sino la Europa de los estados. Ni Francia, ni Alemania, ni Italia, ni por supuesto España, van a permitir el secesionismo, porque la fragmentación va en detrimento de la UE.

El independentismo catalán estuvo a punto de lograr sus objetivos en 2017, pero el Estado de derecho, con todos los errores que se cometieron, reaccionó. Lo más triste para Puigdemont y sus acólitos es que cada vez les sigue menos gente, como puso ayer de manifiesto el Centro de Estudios de Opinión de la Generalitat: sólo el 38,8% de los catalanes quieren hoy la independencia.

Puigdemont, incluso si Bélgica cambiara de opinión, podría marcharse a Suiza, donde no rigen las órdenes de detención europeas y eludir a la Justicia española. Podría seguir siendo un prófugo. Pero nada más. La realidad ha echado por tierra su sueño de presidir una quimérica república catalana.