Luis Medina, marquesito de moñas y fruncidos, hombre de negocios sin negocios, comisionista de pasear la solapa como si fuera una custodia, yo creo que en el fondo siempre fue un aristócrata boqueras, que es la vocación o el destino del aristócrata verdadero en estos tiempos. La auténtica nobleza no consiste en no permitirse nunca ser pobre, sino en no permitirse nunca trabajar. Esos aristócratas que hay por ahí con trabajo, con carrera, con vida profesional, yo creo que son unos traidores a su clase, que siempre ha sido clase ociosa, rentista, de diezmo, casino y tablao. Si falla eso, que es como si fallaran los pilares mismos de la tierra y del Cielo (y es lo que pasa ahora con tanta igualdad y tanta leche), sólo les queda el sablazo elegante o la estafa con labia y tocomocho de redorados, como la de un jeque de Antonio Ozores. Entre estafa y sablazo, claro, sólo les queda ser pobre. O sea que Luis Medina tenía 247 euros en la cuenta como todo un señor.

Luis Medina, señorito de criada con señorito, melenitas de la parroquia de vírgenes de las niñas bien, musa de sastres con acerico de panoplia, pez gordo del nudo gordo, tenía 247 euros en la cuenta y yo creo que ahí han descubierto al verdadero aristócrata. Con esos 247 euros han llegado al fondo de su personalidad más que con ese velerito, fino como una jabonera, que parece que se compró con la comisión. Yo creo que era un tieso profesional, de ésos que van del negociete que se evapora de repente a la deuda debajo de las alfombras, todo trufado de aguinaldos de la familia para que siguiera comprando sombreros. O sea, que lo normal era cogerle en la cuenta mil eurillos o un cargo de Vodafone en rojo rubí. Yo creo que esos 247 euros eran la cuenta tal cual, antes del pelotazo, o sea la cuenta y el sello del aristócrata en fase de tieso, que es como la fase de pólipo del aristócrata.

Luis Medina, especie de Hugh Grant de boda de torero, regatista de las alfombras, cristobita de fotocol como esos paneles con agujero para meter la cabeza con gitanillo y gitanilla pintados, ya digo que a mí me parece un tieso de libro, un tieso de Berlanga, un marqués de las Marismas sin talento que también tiene pinta de coleccionar pelos de coño, así en cajitas de peluco o algo parecido. Un tieso profesional, ya digo, y ser tieso profesional no es ninguna tontería, requiere más cuidado y más lujo que ser un magnate. Al final el magnate puede ir en chándal de quinqui o de Jesús Gil, pero el tieso necesita ir con uniforme, como un húsar. El uniforme del buen tieso es el lujo, el lujo como cebo, y es tan necesario como que una princesa se vista de princesa, o el truco no funciona. Al noble, la pobreza le cuesta más que nadie, y yo creo que se compró el barco no como lujo, sino como sitio donde conseguir más sablazos o corretajes. Eso tiene que ser hasta desgravable, como el material de oficina, y seguro que es lo que le está diciendo a la fiscalía.

Yo creo que era un tieso profesional, de ésos que van del negociete que se evapora de repente a la deuda debajo de las alfombras, todo trufado de aguinaldos de la familia»

Luis Medina, paseante de su vida, especie de aristócrata adolescente con monopatín a vela, marqués que se quedó en marquesito de primera comunión, a lo mejor no es tan profesional porque no sabe mover el dinero sospechoso y enseguida se compra cosas de rapero, un barco de mármol, un peluco empedrado o un tigre albino de los que se compraría Sergio Ramos. No saber manejar el timo de la tiesura es como no saber montar o no saber navegar, supone hacerle un feo a la tradición y manchar sus finos blasones, que lo mismo llegan hasta un rey bruto con jabalí en el estandarte, pero los plebeyos ya no se acuerdan. Del otro tipo, el colega, Alberto Luceño, no hablamos porque sólo es un particular, es como cualquiera que ha metido el cazo y dice “pa la saca” como un ventero o un concejal. Pero la nobleza obliga, que supongo que se lo habrán dicho alguna vez a este Luis Medina, paseándolo ante las melenas trigueñas de herederas sosales con faldita de tenis.

Luis Medina, señorito convidado, violinista del champán y vendemierdas con flequillito Windsor, tenía 247 euros en la cuenta, como todo un señor. Aún mantuvo la dignidad, aún resistió sin caer en el feo obrerismo, con sus 247 euros como 247 maravedíes de oro, hasta que llegó el pelotazo o la estafa, que quizá es la única salida que le queda a su clase. Sin diezmo o sin PAC, como mucho alguien de su clase puede ser jinete, o diseñadora en el caso de una chica (no diseñadora de coser botones, que eso es ser modistilla, sino diseñadora de poner tu inicial en lo que sea). Pero más allá sólo queda el glorioso sablazo, el gañote de buen nudo, el pelotazo de cortinilla o el timo de falso joyón de Mora y Aragón. Da igual la pandemia, como si en pandemia no funcionaran los Rolex. Esta sociedad enferma está empujando a su mejor gente a la delincuencia o a la pillería.