La invasión rusa de Ucrania ha desencadenado dos debates importantes que están determinando la percepción que tenemos del conflicto. Además, como reflejan sendos excelentes artículos de Argemino Barro y, en estas páginas, Rafael Ordóñez y Francisco Carrión, son tan o más reveladores sobre nuestras sociedades como sobre lo que ocurre en Ucrania.

El primero enfrenta a los defensores del idealismo liberal, partidarios de la defensa a ultranza de la democracia en Ucrania y de las normas liberales en las relaciones internacionales. Frente a estos se erigen los realistas, que abogan por incorporar a la defensa de Occidente un análisis de la capacidad militar y los intereses rusos a la ecuación y de contemporizar con Vladimir Putin

El segundo debate enfrenta a estos dos grupos con intelectuales antisistema que perciben a la sociedad occidental como un ente maligno, a Ucrania como el peón de las potencias occidentales y a Putin como una víctima o como un agente potencialmente redentor de esas sociedades malignas.

En realidad, nada de esto es particularmente nuevo: la agresión rusa ha reactivado un debate de solera entre intelectuales, académicos y especialistas en relaciones internacionales que se remonta a la Paz de Versalles de 1918 y se vivió con gran intensidad durante la Guerra Fría.

El idealismo liberal

Domina la opinión pública y el debate en sí, se aproxima a la guerra desde el idealismo y como un conflicto entre los valores de la democracia liberal encarnados por la Ucrania ante una agresión perpetrada desde el imperialismo reaccionario ruso desarrollado por Aleksandr Dugüin. Esta es la posición, sobre todo, de especialistas en la historia de Europa del Este como Anne Applebaum, Stephen Kotkin o Serhii Plokhy, a los que se añaden autores liberales como Francis Fukuyama.

En España esta postura ha quedado bien reflejada en recientes y estupendas columnas de Ricardo Dudda y David Jiménez Torres a las que cabe añadir el excelente trabajo de Nicolás de Pedro.

Los idealistas valoran la defensa de las condiciones internacionales más propicias para la formación de sociedades libres»

Obsérvese que los idealistas raramente son especialistas en relaciones internacionales – salvo De Pedro, ninguno de los mencionados lo es – y su análisis tiende a centrarse en valorar las dinámicas internas dentro de cada país con un fuerte énfasis en la defensa de las condiciones internacionales más propicias para la formación de sociedades libres y en insuflar esos valores liberales a las relaciones entre estados.

En términos históricos el mejor ejemplo de esta escuela sigue siendo Woodrow Wilson en 1918 y, durante la Guerra Fría, hombres como el poco recordado James Burnham para quienes la dimensión puramente geoestratégica, siendo crucial, debía subordinarse a la moral. Su momento de gloria llegó con el colapso de la Unión Soviética que los realistas, centrados en contar cabezas nucleares, no supieron ver. La implosión de la URSS, en esta lectura, fue ante todo un triunfo moral. 

La ‘Realpolitik’

Esta es la tradición todavía dominante en las escuelas diplomáticas y las academias militares y cuyos orígenes se pueden remontar a las prácticas menos edificantes y más eficaces de nuestro admirado Fernando el Católico o nuestro detestado (admirado en Francia, la cosa va por barrios) Cardenal Richelieu. Su análisis ignora el régimen político de las partes y se concentra en la condición rusa de gran potencia con aspiraciones geopolíticas naturales, inevitables y por tanto legítimas.

Los realistas enfatizan el evidente desequilibrio de fuerzas entre los contendientes, que aboca a los ucranianos a la derrota»

Estos analistas enfatizan el evidente desequilibrio de fuerzas entre los contendientes, que aboca a los ucranianos a la derrota. Aquí se agrupan, y el detalle es importante, especialistas en relaciones internacionales como John Mearsheimer, el historiador Niall Fergusson, Henry Kissinger y a varios militares de alto grado y antiguos cargos del departamento de Estado. En España es la postura defendida en el grueso de las opiniones vertidas por nuestros militares profesionales. 

Y además está bien que así sea, cuando en la Moncloa consultan a nuestros militares sobre los posibles cursos de acción del Estado español – en Ucrania o en el Sahel o donde sea – es imprescindible contar con un frío análisis de fuerzas relativas, independientemente de las simpatías morales que uno albergue.

A la inversa, tampoco sería nada bueno que nuestros militares se negaran a colaborar con por ejemplo Marruecos cuando así lo dicta el interés nacional español alegando que lo de Mohamed VI es una satrapía moralmente inadmisible. Que lo es. Y sin embargo lo hacen. Y a nadie sensato se le ocurre reprochárselo. 

Los antisistema

Otro debate paralelo incorpora a un tercer grupo de opinadores abiertamente antisistema y situados en los extremos políticos. Los antisistema, como los liberales, adoptan un punto de vista básicamente ideológico: son antisistema porque detestan Occidente tal y como está construido y aspiran a cambiarlo radicalmente. Y para hacerlo incorporan selectivamente el argumentario de los realistas: donde los realistas ven en la expansión de la OTAN hacia el este y el actual apoyo a Ucrania sendos producto del exceso de entusiasmo político-ideológico, los antisistema  validan las reclamaciones de Rusia porque para ellos la raíz del problema está en las malévolas intenciones de un Occidente liderado por Estados Unidos. 

En el fondo, los antisistema ven a Putin como una víctima que, además representa potencialmente un elemento de cambio para Occidente»

En el fondo, los antisistema ven a Putin como una víctima que, además, representa potencialmente un elemento de cambio para Occidente. Esta es la postura, en la izquierda, de Noam Chomsky y Tariq Ali, que está representada en España por, por ejemplo, Hasel-París Álvarez, Carlos Taibo o Beatriz Talegón y que Santiago Alba Rico ha capturado eficazmente en una columna reciente.  En la derecha radical, más ruidosa, pero con bastante menos calidad intelectual, tenemos a sujetos en la órbita del Trumpismo y de Viktor Orban. En España esta es la postura defendida por bípedos descerebrados en la línea de César Vidal

Argumentos necesarios

Obsérvese la inversión de prioridades entre realistas e idealistas: las cuestiones materiales que obsesionan a los realistas son secundarias para los liberales y viceversa.  Obsérvese también que la primera, la realista, es la forma de entender las relaciones internacionales que sigue siendo dominante en las escuelas diplomáticas y en las academias militares donde se han formado, por ejemplo, los militares españoles que tanto escandalizan a los intelectuales liberales patrios. Y aquí es donde uno debe darse una pausa. 

Sin duda, el argumento liberal es dominante porque los rusos han emprendido un acto de agresión injustificado y una conducta sobre el terreno atroz. Ahora bien, argüir, como han hecho casi todos los profesionales de las armas, que la rendición negociada de los ucranianos es la mejor solución para preservar la estabilidad del orden internacional es una respuesta perfectamente lógica y sensata, si uno se atiene a la información disponible hoy sobre la situación material en el teatro de guerra y si uno contempla las relaciones internacionales analizando la dimensión material y asume que la maximización del poder es el eje central – exclusivo, en realidad – para entender el comportamiento de los Estados. 

Así mirado, dado el balance de fuerzas entre ambos contendientes la victoria rusa se antoja inevitable, al menos mientras persista la prudente negativa de la OTAN por inclinar la balanza decisivamente del lado ucraniano. Y esa prudencia es buena. Ya se sabe, el armamento nuclear ruso es mano de santo para inyectar realismo hasta en los liberales más recalcitrantes. Lo más humano, en estas circunstancias, es facilitar el acomodo de los intereses rusos con un mínimo derramamiento de sangre y un mínimo riesgo de que el conflicto escale hasta adquirir proporciones apocalípticas perfectamente imaginables.  

La cosa moral está presente en el pragmatismo realista en la medida que uno pretende minimizar el sufrimiento físico de todos los concernidos – inclusive los ucranianos. El resto de consideraciones morales y legales desaparecen. Desalmados, se puede aducir y con razón. Pero eficaces, replican los realistas y también con razón. A fin de cuentas, así se gestionó medio siglo de Guerra Fría y esa fue la razón por la que la OTAN se cruzó de brazos cuando la URSS invadió Hungría y Checoslovaquia – memorables antecesores del deeply concerned tan querido hoy en día por los diplomáticos profesionales. Horrores morales todos ellos, pero menos que un holocausto nuclear. 

Desde ese punto de vista consideraciones como el apego de Putin por el derecho internacional o por la defensa de los derechos humanos son cosas perfectamente irrelevantes para gestionar el conflicto. Lo relevante son los objetivos materiales del Kremlin y de Kiev y la capacidad del Estado ruso y ucraniano para lograrlos. 

Recuérdese que el triunfo del mundo libre se logró tras 40 años de realismo, vía la Primavera de Praga y previo paso de los carros soviéticos por las calles de Budapest

Para la cuestión moral están los políticos y los intelectuales cuya labor, entiéndase, es crucial. Pero distinta. Juan Pablo II y Margaret Thatcher jugaron un papel tan crucial en la derrota de la URSS como la presión militar ejercida por el Pentágono de Reagan. De la misma forma, es evidente que las claras ansias de libertad y prosperidad de los ucranianos son el motor de su resistencia ante la agresión rusa y que ese motor les está dando una oportunidad de lograr la victoria. Y, más importante, que los gobiernos occidentales tienen la obligación moral de prestar todo el apoyo materialmente posible a los ucranianos. Pero recuérdese que el triunfo del mundo libre se logró tras 40 años de realismo, vía la Primavera de Praga y previo paso de los carros soviéticos por las calles de Budapest. 

En realidad de lo que se trata ahora, como durante la Guerra Fría o en el París de 1918, es de dirimir en qué medida las aportaciones de unos y otros contribuyen a construir una realidad más tolerable. Nicolas de Pedro, por ejemplo, sostiene que la salvaguarda del orden internacional liberal y la protección de la democracia en Ucrania son, en sí mismos, vitales para la supervivencia de Occidente y que, en frío cálculo, lo más pragmático para Occidente es infligir a Vladimir Putin una derrota lo más severa posible.

Los realistas oponen que semejante estrategia supone una amenaza real a la supervivencia del régimen de Putin, lo que supone a su vez un riesgo cierto de escalada. Ambos argumentos son de peso y es imperativo que se establezca un diálogo entre ambos. 

Y por último está la aportación antisistema, que es relevantes por dos motivos. Primero porque el argumentario de los radicales tiende a emplear el razonamiento realista para camuflar sus objetivos ideológicos y para ponerlo al servicio de éstos. El riesgo de que los liberales rechacen la aportación realista al percibirla como pro rusa por asociación con los antisistema es, a fecha de hoy, cierto, alarmante y contraproducente.  

En segundo lugar, algo parecido ocurre cuando la coincidencia parcial de los antisistema con la propaganda del Kremlin puede conducir a ignorarles en bloque. Tentador, siquiera porque establecen una clara equivalencia moral entre Rusia y Occidente cuando aceptan los pretextos rusos para justificar una invasión ‘defensiva’ o cuando comparten la crítica rusa a Occidente como civilización corrupta y decadente. 

No obstante, en general, lo hacen porque genuinamente comparten esas visiones,  no porque se trate de agentes al servicio de Moscú – a los que ni siquiera vale la pena mencionar. Aquí es crucial recordar que la principal diferencia entre Occidente y Rusia es que en Occidente escribir idioteces o sostener ideas inmorales es perfectamente legítimo.

El cierre de medios como Rusia Today, por repugnante que sean sus mensajes y precisamente porque lo son, tiene difícil encaje con los valores liberales que estamos defendiendo en Ucrania. Quizás más trascendente, esos argumentos antisistema reflejan un descontento muy real en el seno de nuestras sociedades. Es muy mala idea ignorar ese descontento por la vía de la demonización, no vaya a ser que a uno le invada la incredulidad cuando amigos de Putin como Marine Le Pen pasan a segunda vuelta en Francia, Vox entra en las instituciones o medio gobierno español defiende el desarme unilateral de la OTAN. 

De igual forma que la aportación de realistas y liberales hay que evaluarlas con cuidado, los dislates de los antisistema hay que desmontarlos en lugar de demonizarlos. 


David Sarias Rodríguez es profesor de Historia del Pensamiento Político en la Universidad Rey Juan Carlos.