Moncloa da por perdida Andalucía. El presidente parece que se conforma con que el PP no obtenga la ventaja que le auguran las encuestas y que se vea forzado a pactar con Vox para gobernar. Una estrategia defensiva que sólo le serviría para demostrar a los desmovilizados votantes de izquierdas que votar al PP es abrirle la puerta a la extrema derecha. ¡Magro consuelo para un partido que mandó en Andalucía durante 37 años y que ahora centra sus esperanzas en que el PP no logre sumar más que toda la izquierda junta!

Parece que nadie en el PSOE (partido que como tal ya no existe: todas las decisiones importantes se toman en Moncloa) quiere hacer un examen de conciencia serio, una autoevaluación honesta de la situación.

¿Cómo es posible que después de tres años y medio en la oposición a lo más que puede aspirar el PSOE es a repetir el resultado de las últimas autonómicas? ¿Acaso nadie valoró el impacto que tendría en el electorado cambiar a Susana Díaz por Juan Espadas? Un relevo que se hizo sin explicación pública y que sólo se puede interpretar por el ánimo de venganza de Pedro Sánchez, que no le ha perdonado la ex presidenta de la Junta haberle ninguneado cuando le disputó el liderazgo en las primarias.
La soberbia en política se paga caro.

Con todo, lo más dramático para el PSOE es que no va a recoger ni un solo voto procedente del hundimiento de Ciudadanos. Lo que muestran los sondeos de una forma contundente es que el PP va absorber en su totalidad a esos votantes de centro que el PSOE debía haber optado a conquistar. Lo cual es una demostración empírica de que el miedo a la extrema derecha como arma movilizadora no funciona. En Andalucía puede ocurrir algo parecido a lo que sucedió en Madrid. El recurso al fantasma del fascismo no hizo sino fortalecer al PP.

Moreno Bonilla puede que no haya deslumbrado, pero ha demostrado que es un político moderado, que se ha dedicado a gestionar y no ha hecho de la ideología una bandera de confrontación con la izquierda. La vida de los andaluces ha mejorado un poco (eso se ve en los datos de crecimiento del PIB y en la reducción del paro) y no se ha producido ningún recorte de derechos, como denuncian los partidos de izquierdas. Mientras tanto, el PSOE ha dedicado sus energías a tratar de resolver sus conflictos internos y, a nivel nacional, ha pactado con los partidos que quieren la independencia de Cataluña y el País Vasco, algo que enfurece a los andaluces, incluidos los votantes socialistas. ¿Pensaba de verdad alguien en Moncloa que yendo de la mano de Rufián (ERC) y de Aizpurua (EH Bildu) el PSOE podría remontar en Andalucía?

La apelación de Sánchez al «orgullo rojo» es la constatación de que el presidente ya sólo aspira a rebañar un puñado de votos a la extrema izquierda»

Ahora es demasiado tarde para rectificar. Para colmo de males, los partidos de la extrema izquierda se han dedicado a ponerse la zancadilla unos a otros, lo que les va a llevar a una debacle histórica. Será el primer gran fracaso del proyecto de Yolanda Díaz. Apelar, como hizo ayer Sánchez en Cuevas de Almanzora, al «orgullo rojo» no es más que el reconocimiento del fracaso para ganarse al votante de centro. Ahora, tan sólo le queda a Sánchez soñar con que algún despistado de la extrema izquierda termine votando al PSOE.

Las del 19-J son probablemente las elecciones más importantes de Andalucía de los últimos veinte años. En ellas se va a determinar no sólo la profundidad del giro a la derecha, sino cómo se va a repartir ese caudal de votos entre el PP y Vox. También van a servir para diagnosticar la crisis de la extrema izquierda y para certificar la defunción de Ciudadanos.

Tanto Sánchez como Núñez Feijóo se juegan mucho. Si se confirman los sondeos, el líder del PP podrá vender que con él ha llegado un cambio de ciclo, que debería reafirmarse en las elecciones autonómicas y municipales de 2023. Por su parte, el presidente estará obligado a mover ficha porque sus electores son los primeros que le van a pedir cuentas.