Mansha Amini, la joven de 22 años golpeada por la Gasht-e-Ershad -la Policía de la Moral- por llevar de forma «inapropiada» el hiyab durante un viaje con su familia a Teherán, no falleció: fue asesinada a golpes. En coma, sufrió un derrame cerebral y una parada cardíaca mientras estaba bajo custodia policial. Mansha Amini, una joven con todo el futuro por delante vive hoy en la rabia que ha movilizado a las mujeres iraníes para levantarse contra un régimen que, durante 43 años, ha querido someterlas a la oscuridad, la explotación, la opresión y la exclusión.

El cariz de las protestas de las últimas semanas, lideradas por mujeres que reivindican sus derechos, es inédito en los últimos años por la magnitud y por su resistencia pese a la represión de las autoridades. Según organizaciones independientes, alrededor de 83 personas habrían sido asesinadas con munición disparada a corta distancia. Al menos otras 1.200 –periodistas, abogados, defensores de los derechos humanos- han sido detenidas de manera arbitraria. Los cortes de internet han sido continuos, como en protestas anteriores, avalados por la ley de Protección del Usuario ratificada por el Parlamento en febrero de este año.

La imposición del velo es la imagen visible de la negación de la dignidad de las mujeres, la cara pública de un infierno que dura demasiado tiempo

La progresiva codificación del uso del velo como obligatorio desde 1979 es sólo la punta del iceberg de un corolario de violaciones de los derechos de las mujeres que siguen creciendo desde la llegada al poder de Ebrahim Raisi en 2021. La violencia contra las mujeres se banaliza, se legitima. La supuesta ley de violencia de género recientemente introducida está plagada de normas retrógradas que no consideran la violencia en el matrimonio como tal, y que se plantea desde un enfoque de reconciliación con los agresores. En noviembre de 2021 se aprobó una ley sobre «población joven y protección de la familia» que restringe los derechos sexuales y reproductivos y bloquea el acceso al aborto. En Irán sigue habiendo asesinatos de honor, y la edad legal para el matrimonio se mantiene en los 13 años, habiendo aumentado los casos precoces en un 10,5% en 2021.

La imposición del velo es la imagen visible de la negación de la dignidad de las mujeres, la cara pública de un infierno que dura demasiado tiempo. Ellas han canalizado sus protestas en un movimiento social que supera sus demandas y que ya habla de la necesaria caída de la dictadura.

En 2009, en las protestas sobre las elecciones, la estudiante de filosofía Neda Agha-Soltan, de 27 años, se convirtió en «la voz de Irán» tras ser asesinada a sangre fría a manos de un paramilitar Basij. Ahora, Mansha Amini es el símbolo, pero hay muchas otras mujeres que han sufrido brutalidades semejantes. La joven Hadith Najafi, participante en las protestas de estas semanas, fue asesinada a tiros. También ha sido el caso de Ghazale Chelavi, de Hanane Kia, de Mahsa Mogoi.

Mansha Amini y Neda Agha-Soltan no estaban abiertamente enfrentándose al régimen. Estaban coexistiendo, como mujeres, en el espacio público. Un espacio en el que la violencia contra ellas se ha legitimado y promovido por parte de las autoridades. 

Tan sólo unas semanas antes de la detención de Mansha, el 3 de septiembre, Shelir Rasouli, de 36 años y madre de dos niños, murió tras saltar de un segundo piso intentando escapar de la amenaza de violación de su vecino a punta de pistola. 

El 1 de septiembre, Zahra Sedighi-Hamadani y Elham Chawdar fueron condenadas a muerte por el Tribunal de Revolución Islámica de Urumieh, acusadas de trata, por intentar ayudar a personas LGTBI que pretendían abandonar Irán, cuyo ordenamiento jurídico prohíbe explícitamente la homosexualidad y la castiga con la pena de muerte.

Este es el momento de reivindicar sus nombres, y los de otras tantas mujeres que siguen viviendo y resistiendo, que luchan por otro Irán. Es también el caso de la Premio Sajarov Nasrin Sotoudeh, abogada y defensora de los derechos humanos particularmente activa en los casos relacionados con las medidas impositivas del hiyab, que en 2018 fue condenada a 138 latigazos y 38 años de prisión.

Renovar, actualizar y ampliar nuestras sanciones dirigidas a los responsables de la represión es un imperativo urgente para la UE

¿Cuántas vidas tendrán que ser arrebatadas para que la comunidad internacional se comprometa? ¿Cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar por la diplomacia con el régimen iraní? 

Y mientras, la impunidad se extiende. Necesitamos hacer más esfuerzos a nivel internacional para pedir el acceso de las víctimas y sus familiares a reparación y justicia mediante investigaciones independientes y una verdadera rendición de cuentas que no ha existido tras las protestas de 2019, de julio de 2021 o de mayo de este mismo año.

En respuesta al excesivo uso de la fuerza tras las revueltas de 2019, la Unión Europea estableció sanciones individuales sobre altos cargos del régimen y contra las prisiones de Evin, Fashafouyeh y Rajee Shahr, convertidas en centros de represión y tortura. Los muros de estas cárceles siguen hoy encerrando a cientos de defensores de los derechos humanos. La lista de sanciones estaba entonces encabezada por Hossein Salami, comandante en jefe del Cuerpo de Guardianes de la Revolución Islámica y miembro del Consejo de Seguridad Nacional, responsable de las órdenes de emplear la fuerza letal contra manifestantes.

El Cuerpo de Guardianes está compuesto por 190.000 hombres que se encargan de supervisar a la Policía de la Moral, que aplasta los derechos de las mujeres iraníes. Renovar, actualizar y ampliar nuestras sanciones dirigidas a los responsables de la represión es un imperativo urgente para la UE. Así lo propondremos en la resolución y debate que hemos solicitado de urgencia en el próximo pleno del Parlamento Europeo en Estrasburgo. 

El ejemplo de Mansha, de Hadith, de Ghazale, de Hanane y de tantas otras deja a la comunidad internacional en evidencia. La salvaje violencia que sufren es insoportable. Ya es hora de estar a su altura. Ya es hora de acompañar a estas mujeres que se juegan la vida y caminan decididas hacia la conquista de su futuro, del futuro democrático y libre de todos los iraníes. 


Soraya Rodríguez es eurodiputada en la delegación de Ciudadanos del Parlamento Europeo