El presidente de traje berenjena o camisas de King África, nuestro presidente desnudo con traje nuevo del emperador para cada ocasión, parece que anda muy preocupado por lo que pasa a su izquierda, la izquierda que le da rojez y canallería como el ojal con clavel. La izquierda dividida, peleada, decadente y contumaz le puede fastidiar a Sánchez las cuentas pero sobre todo la estética. Sánchez, que no tiene ideología, le ha ido robando a la izquierda dura sus fetiches, sus agresivos eslóganes de megáfono de furgoneta (suenan como si el tapicero fuera en tanqueta), sus ricos con barriga belcantista y sus identitarismos de cualquier cosa (sustituyendo a aquella primigenia y única identidad de clase, que ya no hay). Sánchez necesita los votos de esa izquierda desmadejada, pero yo creo que sobre todo necesita su identidad. Sin esa izquierda que le aporta como una especie de viejo álbum de cromos con latiguillos y supervillanos, la Moncloa de Sánchez sería todo el tiempo una boda balinesa o un cóctel temático de él mismo. Pero la izquierda está rota o malcasada, que se decía antes.

Nos cuenta aquí Cristina de la Hoz que la Moncloa, el búnker de Sánchez, la batcueva berenjena del presidente con hombreras y morritos de héroe, está intentando que para estas próximas elecciones Podemos e IU se presenten juntos en lugares clave. Es lo único que lo puede salvar, que la ficción o la quimera de la izquierda unida le siga prestando a Sánchez izquierda y unidad, además, claro, de darle presencia institucional por las provincias. Sánchez, ahora, sólo tiene presencia como de Rosalía por galas achampanadas, por escalinatas como cascadas de batas de cola, por ahí por una internacionalidad indefinida, entre tropical y arábiga, que hasta en el Congreso Sánchez parece que se sube y se baja de una barcaza de Cleopatra o de una coreografía de Shakira. Moncloa sabe que el PSOE puede perder muchas plazas, que esa identidad que se trabaja Sánchez, entre presidente filipino y actor comprometido, no es la identidad que tiene el PSOE por las Españas de la cucaña. Pero todavía confía en que sí mantenga su identidad y su sitio, un sitio como de antigua herrería del pueblo, esa otra izquierda de herrería, aun con sus varios nombres y advocaciones. Me parece a mí mucho confiar, la verdad.

Eso de la izquierda unida es un oxímoron, y eso de Izquierda Unida, ya con mayúsculas, parece un toque de humor que tuvo aquel Gerardo Iglesias sin humor, o con el humor involuntario e insuperable de los que no tienen humor. Aquella IU salió más o menos de una plataforma contra la OTAN, que es como cuando sale una paella en Castellón después de una fiestuqui en Madrid, o sea que sale de un subidón que luego la realidad y la pereza hacen imposible. Julio Anguita fue capaz de sostener el oxímoron sobre su presencia de ídolo sumerio y su voz de aljibe, pero con Paco Frutos, que parecía un profesor sustituto, y con Gaspar Llamazares, que iba regresando otra vez al dogmatismo de grandes universales y poca sustancia programática, IU volvió a ser de nuevo casi la paella en Castellón. Podemos, la izquierda posmoderna, líquida, con el significante vacío y la hegemonía por todo programa, terminó absorbiendo esos restos de obrerismo, sovietismo y concejalías de fiestas que era IU. Hasta que Podemos también pasó a ser la resaca de una fiesta de campus, aunque fuera una resaca que acabó en el Gobierno como el que acaba en el casino de Torrelodones.

La ultraizquierda histórica y la posmoderna, están más cerca del canibalismo que de la unidad. Sus confluencias ya fracasaban antes de que Podemos o su fantasma escocés, o sea Iglesias, arremetiera contra Yolanda Díaz»

Lo que intenta Sánchez ahora, pues, es que una izquierda desaparecida y una izquierda en desaparición se unan de nuevo para salvarlo a él de no ser ni izquierda ni ser nada. IU se disolvió en Podemos no con espíritu macabeo de Anguita ni espíritu poético de Antonio Gala, sino por supervivencia, porque Podemos se había apoderado de todo su espectro, todos sus referentes y todos sus perroflautas. IU, en realidad, murió en Podemos, sólo queda Alberto Garzón, que tiene algo de último heredero perezoso de la herrería que termina vendiéndola por un ministerio/apartamentito.

Y Yolanda Díaz, claro, pero Yolanda Díaz no es ya IU, es la única, creo, que ha entendido que para que su izquierda sobreviva tiene que superar o destruir a IU y a Podemos, y yo creo que en eso anda, matándolos suavemente con una seda como de estrangulador sonriente.

IU intenta sobrevivir entre la insignificancia y el resquemor, que al fin y al cabo Podemos fue más un invasor que un aliado, y Podemos intenta imponer su hegemonía a pesar de que pierde presencia, credibilidad y hasta los papeles con ese Pablo Iglesias convertido en ayatolá. La unidad en la izquierda es imposible, porque son sectas de pureza incompatibles que, usualmente, sólo se arriman en la menesterosidad para dividirse, enseguida, por el poder. Que funcione esta unión de forofos de la guillotina es como pensar que funcione un santo matrimonio entre seguidores del marqués de Sade. Pero entre IU y Podemos hay más que rencillas pragmáticas y más que encontronazos teológicos, hay ese rencor del que se vio vencido y hay el pánico del que no quiere ser el próximo en desaparecer.

La izquierda dura, o sea la ultraizquierda histórica y la ultraizquierda posmoderna, están más cerca del canibalismo que de la unidad. Sus confluencias ya fracasaban incluso antes de que Podemos o su fantasma escocés, o sea Iglesias, arremetiera contra Yolanda Díaz, la suave asesina, y antes de que Irene Montero, ya quemada, renaciera como candidata alternativa después de convertirse en Juana de Arco con lágrimas de Dreyer por una ofensa de vecindona, de escaño a escaño como de tendedero a tendedero. Sánchez parece que anda muy preocupado por lo que pasa a su izquierda, y es normal porque lo que pasa a su izquierda es la guerra. Sánchez espera a la izquierda y la izquierda sólo espera la guerra, esa guerra entre agraviados, agonizantes, popes y princesas. Y Sánchez, sin esa izquierda, no sabe ser nada. No sabría ni qué ponerse, con un armario de rojo, otro de señorito y otro de mago.