¿Como se mide el progreso de los derechos humanos? ¿Por el número de
tratados internacionales que se negocian, firman y ratifican las naciones, lo
que las encadena jurídicamente ante los organismos internacionales para dar cuenta de ese progreso? O por la denuncia de sus violaciones y el
sufrimiento de las víctimas exhibidos diariamente en nuestros televisores?
El calendario nos ofrece la oportunidad para intentar una reflexión en torno a esos interrogantes a la luz de esa bella utopÍa, nacida de las cenizas del nazismo y los horrores de la Segunda Guerra Mundial que obligaron a la dirigencia sensata del mundo a elaborar principios morales como antídoto a las tiranías.

La Declaración Universal de los Derechos Humanos proclamada
el 10 de diciembre de 1948 en ParÍs por la Asamblea General de las
Naciones Unidas afirma lo que los seres humanos negamos. Porque no nos
sentimos iguales, ni libres ni somos fraternos por irracionales, necesitamos
de principios morales. «Todos los seres humanos nacen libres e iguales en
dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben
comportarse fraternalmente los unos con los otros» (art 1). Paradójicamente son las tragedias las que impulsan los progresos, fue el horror del nazismo el que motivó esa declaración, fueron las dictaduras, las que dieron valor a la democracia.

No basta con hablar de paz; hay que creer en ella. Y no basta con creer; hay que trabajar para conseguirla»

eleonora roosevelt

Han pasado setenta y cuatro años, el mundo vive hoy nuevas tragedias,
renueva las insensateces y se vuelven a escuchar argumentos de soberanía
para justificar el no cumplimiento de los derechos de las personas. Enmudecen los argumentos humanitarios la guerra de Ucrania, la pobreza, el asesinato de las mujeres a manos de los que dicen amarlas, de los que las prefieren cubiertas, los migrantes que desafían la obligación de los estados de acogerlos, la desmesura del clima, los embates a la prensa. De modo que en la fecha en la que el calendario nos recuerda aquel luminoso 10 de diciembre de 1948, vale recrear el espíritu de su principal y apasionada impulsora Eleanor Roosevelt quien decía: «No basta con hablar de paz; hay que creer en ella. Y no basta con creer; hay que trabajar para conseguirla”.

Eleanor Roosevelt integró la delegación de Estados Unidos a la Asamblea de las Naciones Unidas. Es probable que el presidente Truman la haya designado más para consolarla como la viuda que había perdido al marido un año antes, el presidente Franklin Delano Roosevelt. En sus memorias, ella recuerda cómo inicialmente no la tomaban en cuenta. Sin embargo, terminó aplaudida de pie, como la Gran Dama, que condujo la comisión redactora de la declaración, integrada por delegados de todos los continentes.

Consiguió aunar las diferentes filosofías y religiones, del pensamiento de Tomas de Aquino al confucionismo. Con todo, la otrora Unión Soviética que participó activamente en los debates se abstuvo, al igual que el resto de los países socialistas bajo su órbita, con la argumentación que sobrevive setenta años después, la falsa tensión entre libertad e igualdad, como si se pudiera reclamar por la falta de pan, trabajo o expresión sin libertad. También se abstuvieron Arabia Saudí y Sudáfrica. No hubo votos en contra.

Lo cierto es que la filosofía jurídica de los derechos humanos le dio a Occidente un gran impulso democratizador. Decenas de Tratados y Convenciones encadenaron jurídicamente a los Estados que deben dar cuenta periódicamente de la situación de los derechos humanos en sus países, con la mirada atenta de las organizaciones de la sociedad civil que, en general, velan y demandan por su cumplimiento. En términos filosóficos, una verdadera religión laica que pone en el centro de la protección la persona humana y a las violaciones, donde sea que sucedan como una afrenta a la gran familia de la humanidad.

Para Eleanor Roosevelt, el impacto histórico de los derechos humanos, en tanto leyes, debe servir para fortalecer las virtudes del ser humano»

Al cumplirse la primera década de la Declaración, Eleanor Roosevelt que
tenía entonces 74 años se preguntó en que medida esos derechos habían
cambiado la vida moral de las personas, y su respuesta es hoy muy citada: «¿Dónde comienzan los derechos humanos? Comienzan en los lugares pequeños, cerca de casa, tan cercanos y pequeños que no se pueden ver en ningún atlas, pues son el mundo de la persona individual; el barrio en el que vive; la escuela o universidad a la que asiste; la fábrica, la granja, o la oficina donde trabaja. Estos son los lugares donde cada hombre, mujer, niño buscan igualdad ante la ley, igualdad de oportunidades, igual dignidad sin discriminación. Si estos derechos no tienen significado ahí, no lo tendrán en ningún otro lugar. Sin una acción ciudadana concertada para defenderlos cerca de casa. Nuestra búsqueda del progreso en el mundo será en vano».

Para Eleanor Roosevelt, el impacto histórico de los derechos humanos, en
tanto leyes, debe servir para fortalecer las virtudes del ser humano. Resta
que nos preguntemos si efectivamente esas leyes que los Estados se
comprometen a cumplir nos han hecho más tolerantes, mas solidarios
mejores personas.

Michael Ignatieff, un estudioso de esa revolución de los derechos humanos, observa que, desde 1945, la convicción entonces limitada de que todos los seres humanos son dignos de protección moral ha ido conformando un pensamiento moral de millones de personas de todo el mundo que al menos saben que tienen derecho a expresarse. Pero también nos advierte. No seamos ingenuos, aún cuando la igualdad ante la ley es un principio consagrado en todas las constituciones de las democracias modernas, sobreviven las desigualdades. En todas partes hay un divorcio entre la letra de la ley y lo que la vida social posibilita. En todas partes, la voz del dinero suena más alto. Hace ruido, y la igualdad humana sigue siendo una utopía.

Con todo, en la mayor pobreza o en la desesperación más justificada, la vida tiene un sentido moral, la dignidad que nos define como personas, que no depende del lugar donde nacimos, ni de los títulos, ni las pertenencia. Esa es la verdera fuerza moral de los derechos humanos.


Norma Morandini es periodista, escritora, fue diputada y senadora del Congreso argentino. Dirigió el Observatorio de Derechos Humanos del Senado argentino (2015-2019). Acaba de publicar Silencios. Memoria ruidosa sobre lo acallado.