Cuando salía de Onda Cero, acompañado de Ignacio Varela, nos topamos con Cándido Méndez. Nos dimos un abrazo. Él, que había estado en contacto con Nicolás Redondo Urbieta hasta casi el final, nos comenta que los últimos días los pasó muy mal: «No podía dormir. Aunque de cabeza estuvo muy bien hasta hace muy poco».

El ex líder de la UGT, que sustituyó precisamente a Nicolás Redondo en 1994, desvela que el gran sindicalista, que, junto a Marcelino Camacho, hizo posible que el movimiento obrero se sumara de manera decisiva y entusiasta a la Transición, estaba en una especie de revisión de su vida y de su historia. Había vuelto a hablar con Alfonso Guerra. «Con Felipe no, con él no».

Por la tarde, el presidente del Gobierno acudió a la capilla ardiente, ubicada en la sede de UGT en Madrid. Pedro Sánchez bajó al salón de actos acompañado del actual secretario general, Pepe Álvarez, y, ya al lado del féretro, habló con su hijo, el que fuera líder del PSE, Nicolás Redondo Terreros, durante unos minutos.

Sánchez ha tenido el detalle de acercarse a despedir a un hombre que fue clave en la historia del moderno PSOE, en la consolidación de la UGT y en la creación de un modelo de sindicalismo basado en el diálogo social, aunque sin renunciar a la movilización. Me dicen que nunca llegaron a mantener una conversación. ¡Tan lejos estaban el uno del otro!

El histórico líder de la UGT nunca hubiera aceptado las cesiones que ha hecho Sánchez ante los independentistas y su pacto con EH Bildu

Redondo Terreros, en una sincera entrevista concedida a El Mundo el pasado mes de diciembre, decía: «No sé si alguien nos compraría a los del PSOE un coche usado». El PSOE, el PSOE de Sánchez, le quiso expulsar hace un año, pero, al final, el expediente quedó cerrado. Tal vez era demasiado fuerte expulsar en la misma tacada a Joaquín Leguina y a Nicolás Redondo.

Nicolás Redondo sigue diciendo lo que piensa, que no coincide prácticamente en nada con las políticas de Sánchez. De tal palo, tal astilla. Su padre se enfrentó al todo poderoso Felipe González en los años 80. Le montó la mayor huelga general de nuestra historia (la del 14-D de 1988), votó contra la reforma laboral y, finalmente, terminó renunciando a su escaño.

Se podía o no estar de acuerdo con él, pero Nicolás era consecuente con sus ideas. Era un socialista jacobino, que creía que los intereses de los trabajadores casaban mal con los nacionalismos. Ahora, su partido, no sólo cede ante los independentistas de ERC, eliminando el delito de sedición y rebajando el de malversación, todo ello por un puñado de votos, sino que recibe con gusto los apoyos de EH Bildu. Ese partido que aún no ha condenado asesinatos como los del senador Enrique Casas o el del portavoz del PSE en el Parlamento Vasco Fernando Buesa. Entonces, los socialistas vascos llamaban «fascistas» a los de HB.

Durante el último medio siglo la llamada «familia socialista» ha sufrido rupturas traumáticas, desgarrones, como el que provocó el cisma entre el socialismo exterior (liderado por Rodolfo Llopis) y el interior o «renovado» (encabezado por Felipe González y Nicolás Redondo), que salió vencedor en el Congreso de Suresnes (1974). La propia ruptura de Nicolás Redondo con Felipe González a finales de los años 80 hizo tambalearse al modelo de unidad de acción entre partido y sindicato que se había mantenido durante cien años. Pero lo de ahora es distinto. El partido se ha convertido en un aparato de poder en el que el líder hace y deshace sólo en función de sus intereses. Tampoco la UGT es ya la misma. A Pepe Álvarez no le molesta la política de cesiones a ERC, porque la UGT se ha plegado al nacionalismo.

Por eso, el encuentro del presidente del Gobierno con Nicolás Redondo no tuvo ningún significado, más allá de la formalidad de transmitirle las condolencias a su hijo y tratar de buscar alguna conexión con lo que representó el líder sindical. Era la imagen de una «familia socialista» que está rota en mil pedazos.