Opinión

El adiós de un Papa: una llamada desconcertante

El Papa Francisco saluda a los fieles durante su audiencia general en la Plaza de San Pedro, Ciudad del Vaticano. EFE

Me quedé paralizado unos segundos. Casi no podía creerme lo que mi interlocutor me estaba diciendo por teléfono. Era una noticia que nunca habría imaginado oír en mi vida: la renuncia de un Papa era, en realidad, algo inimaginable hasta entonces, a pesar de que está prevista en el Código de Derecho Canónico. En un primer momento, para mis adentros, me dije: «Lo habré entendido mal, no es posible». Pero luego lo entendí. Sin duda, Benedicto debió de meditar y rezar mucho, antes de tomar aquella histórica y valiente decisión. Evidentemente, había entendido, al ver que las fuerzas le estaban abandonando, que en la Iglesia lo único insustituible es el Espíritu Santo y que el único Señor es Jesucristo. Por eso fue un gran Papa, humilde y sincero, que amó a la Iglesia hasta el final.

El que me telefoneó aquella mañana era Gerry O’Connell, un amigo periodista que conozco desde hace muchos años. Solamente dijo esas palabras: «El papa ha renunciado», luego colgó porque estaba hasta arriba de trabajo, pero me prometió que me volvería a llamar. Dos horas más tarde me llamó de nuevo y me explicó bien todo, y me dijo que la renuncia al papado se llevaría a efecto el 28 de febrero, a las ocho de la noche, y que seguramente el cónclave se celebraría justo después del 10 de marzo.

Me llamó también los días sucesivos para informarme de que Benedicto XVI, la misma mañana del 28 de febrero, se retiraría al Colegio Cardenalicio y de que se convocaría a todos los cardenales para que asistieran al encuentro en Roma. A partir de las ocho de la tarde de ese mismo día, comenzaría el periodo de sede vacante. 

He de admitir que yo trataba de ir lo menos posible al Vaticano

He de admitir que yo trataba de ir lo menos posible al Vaticano. Sinceramente, prefería estar con mi gente, entre otras cosas porque no me sentía muy a gusto viendo la pompa de esos palacios. Por eso, antes de saber de aquella audiencia con todos los cardenales, ya había comprado el billete de avión de ida que me llevaría a Roma pocos días antes del comienzo del cónclave, mientras que el de vuelta a Buenos Aires lo había reservado para el 23 de marzo, el sábado anterior al Domingo de Ramos. Estaba convencido de que ningún papa tomaría posesión durante la Semana Santa y que, por tanto, me daría tiempo a volver a casa para las fiestas de Pascua. En resumen, quería quedarme en el Vaticano solo el tiempo necesario. Tenía la cabeza puesta en las celebraciones de Pascua en Argentina y, sobre todo, ¡en las homilías que tenía que preparar para Semana Santa!

Pero al enterarme por Gerry del encuentro de Benedicto con el Colegio Cardenalicio a finales de febrero, me dirigí a la sucursal de Alitalia, que se encontraba a unos cuatrocientos metros del arzobispado, para cambiar la fecha del vuelo y adelantarlo al 25 de febrero. Eran las dos de la tarde, di un paseo a pie para llegar y, una vez cogido el número, esperé mi turno en la sala de espera. Estaba rezando el rosario cuando, media hora después, se acercó una persona que no conocía.

—Eminencia, ¿qué hace aquí? —Era el director de la sucursal.

—He venido a cambiar este billete… —respondí.

—Venga a mi despacho, se lo hago yo.

Así que me fui con él y cambiamos la fecha de salida. Luego me tendió dinero en efectivo (ciento diez dólares).

—¿Qué es esto? —dije.

—El cambio del billete le es favorable. ¡Cuesta menos que el que ya había comprado! Tenga, es suyo. 

Volví al episcopado y empecé a modificar la agenda porque tenía un montón de citas que posponer para cuando regresara de Roma. Tenía programados encuentros, celebraciones y visitas por toda la ciudad. Y también había acordado las grabaciones del programa de televisión. Avisé a mis amigos de que tendría que ausentarme e informé además a Marcelo y a Abraham de que estaría fuera por un tiempo, y les aseguré que, a mi vuelta, antes de Pascua, grabaríamos un programa dedicado a la amistad.

El viaje fue largo y agotador. Al llegar al aeropuerto de Fiumicino, en la sala de recogida de equipajes, me encontré con algunas caras amigas

El viaje fue largo y agotador. Al llegar al aeropuerto de Fiumicino, en la sala de recogida de equipajes, me encontré con algunas caras amigas. Estaban el cardenal Odilo Pedro Scherer, arzobispo de São Paulo, que la prensa consideraba como uno de los papables, y el cardenal Luis Antonio Tagle, en aquella época arzobispo de Manila, quien también figuraba en la lista de los papables según los periodistas y viajaba con su compatriota, el cardenal Ricardo Vidal. Iban todos en clergyman, excepto Tagle, que llevaba un polo y vaqueros. A la mañana siguiente lo volví a ver y le dije: «¡Ayer en el aeropuerto vi a un chico que se parecía a usted!», y nos reímos unos minutos.

Así pues, la mañana del 28 de febrero me acerqué a la Sala Clementina para despedir al Papa Benedicto. Como el gran teólogo que era, dio un discurso muy profundo que me dejó impresionado, entre otras cosas, porque citó en dos ocasiones a Romano Guardini, al cual yo había estudiado largo y tendido para mi tesis doctoral. Dijo, citando al teólogo: «La Iglesia no es una institución inventada y construida en teoría…, sino una realidad viva… Vive a lo largo del tiempo, en devenir, como todo ser vivo, transformándose… Sin embargo, su naturaleza sigue siendo siempre la misma, y su corazón es Cristo». 

Todos dimos un largo aplauso. En aquella ocasión, el Papa Benedicto afirmó también que, desde ese mismo momento, prometía su reverencia incondicional y obediencia al nuevo Papa, que sería elegido en el cónclave y se encontraba entre nosotros. No obstante, me ha entristecido ver que, con los años, su figura de Papa emérito ha sido instrumentalizada con fines ideológicos y políticos por personas sin escrúpulos que, no habiendo aceptado su renuncia, pensaron en su propio beneficio y en sus propios intereses, y subestimaron la dramática posibilidad de que se produjese una ruptura en el seno de la Iglesia.

Me ha entristecido ver que, con los años, su figura de Papa emérito ha sido instrumentalizada con fines ideológicos y políticos por personas sin escrúpulos

Para evitar derivas de este tipo, en 2013, inmediatamente después de mi nombramiento, cuando fui a verlo a Castel Gandolfo, decidimos juntos que sería mejor que no viviera escondido, como al principio propuso, sino que viera a la gente y participase en la vida de la Iglesia.

En esos diez años no han faltado polémicas que nos han hecho daño a los dos

Por desgracia, sirvió de poco, pues en esos diez años no han faltado polémicas que nos han hecho daño a los dos. En aquella ocasión, durante el traspaso, me entregó también una caja blanca que contenía el informe que habían redactado tres cardenales de más de ochenta años, Julián Herranz, Jozef Tomko y Salvatore De Giorgi, acerca de la filtración de documentos confidenciales que en 2012 había sacudido al Vaticano. Benedicto me explicó los pasos que había dado —apartó a personas que formaban parte del lobby e intervino en casos de corrupción—, me señaló otras situaciones en las que era necesario tomar medidas y me dijo claramente que me pasaba a mí el testigo para que me ocupase de ello. Y eso he hecho, y sigo haciendo, siguiendo sus consejos.

Volviendo al encuentro en la Sala Clementina, al finalizar su discurso me acerqué a saludarlo, como los demás hermanos cardenales, y le agradecí todo lo que había hecho. Fue muy amable y me dio las gracias por haber ido a la audiencia. 


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