A pesar de las tres semanas de descanso en La Mareta y el añadido de la estancia en un lujoso hotel de Andorra, el verano no le ha sentado bien a Pedro Sánchez. No sólo porque el récord de incendios ha venido a demostrar que, sea de quien sea la culpa, las cosas no funcionan en España, y eso, lo quiera o no, le afecta a él directamente, sino porque en apenas unos días ha perdido el lustre internacional del que, hasta hace poco, presumía nuestro presidente.

A los artículos tremendamente críticos de The Times, se sumaron crónicas poco amistosas en Il Corriere Della Sera (el periódico de mayor difusión en Italia); el progresista Le Monde, e incluso el rotativo de izquierdas Libération, han llevado a sus portadas titulares sobre la corrupción que acecha a Sánchez y a su entorno familiar y político. Ya el semanario The Economist había sentenciado al presidente en su último número del mes de julio, aconsejándole dimitir para no deteriorar más la situación en España con su desatinado mandato.

Pero la puntilla se la han dado la semana pasada dos medios que marcan tendencia en Europa. Uno de ellos, el Financial Times (el más influyente en el mundo económico) reprodujo una fotografía en su primera página de Sánchez y Begoña Gómez, paseando sonrientes, bajo este titular: "La esposa del presidente español acusada de malversar fondos públicos" (20-8-2025). Dos días después, el periódico más reputado de Alemania (junto con Der Spiegel), el Frankfurter Allgemeine Zeitung, desnudaba la política exterior del presidente en un artículo titulado "Sánchez ya sólo juega un papel secundario en Europa". Según el periódico alemán, "desde que Pedro Sánchez rechazó el 5% de la OTAN, Madrid ya no participa en la negociación sobre Ucrania".

Además del rechazo a subir el gasto en defensa hasta el 5% del PIB (la OTAN acaba de anunciar esta semana que España ya ha alcanzado el 2%), la decisión de no comprar a Estados Unidos el avión de combate F-35 para sustituir a los anticuados Harrier y F-18, cosa que sí van a hacer Alemania, Italia, Bélgica o Polonia, y, sobre todo, la reciente decisión de Interior de darle un jugoso contrato a la china Huawei (para el almacenamiento de conversaciones con fines judiciales), han terminado por colocar a España fuera del núcleo duro tanto en la UE como en la OTAN.

El ex secretario de Estado de Estados Unidos Henry Kissinger (Fürth, Baviera, 1923; Kent, Connecticut, 2023) escribió en cierta ocasión para defenderse de los críticos a su Realpolitik: "Un país que demanda la perfección moral en su política exterior no alcanzará ni la perfección ni la seguridad. Si continuamos restringiéndonos a nosotros mismos en un simulacro de política exterior -que a veces se confunde con idealismo, pero que no es más que una máscara para la cobardía- entonces estaremos condenados al colapso". La cita, que incluye Jèrèmie Gallon en su recomendable libro Henry Kissinger, un retrato íntimo del maestro de la Realpolitik (Profile Books), nos retrotrae a la cruda realidad española.

Aislado en Europa, rota la mayoría de investidura, acosado por los escándalos y la sensación de que el país ya no funciona, a Sánchez sólo le queda jugársela de nuevo con un adelanto electoral

Sánchez ha moldeado la política exterior a la medida de sus necesidades en política interna. El rechazo a elevar el gasto militar al 5%, un gesto más teatral que efectivo, tenía como fin amortiguar las críticas de la extrema izquierda y los independentistas a su decisión de subir el gasto militar en más de 10.000 millones para alcanzar ese 2% que ahora la OTAN reconoce que España ha cumplido. Además, la exhibición del presidente español en la Cumbre de la Alianza en La Haya tenía como fin marcar distancias con Donald Trump, algo que, además de inútil, no lo olvidará la administración norteamericana fácilmente. Al menos, mientras el republicano siga en la Casa Blanca.

En lugar de pensar qué es lo que hay que hacer para que España sea cada vez más respetada entre nuestros aliados, el presidente ha optado por contentar a sus socios, aunque sea por un momento y a un precio muy alto. En ocasiones como estas es cuando se ve el verdadero peso del ministro de Exteriores, que, en este caso, es ninguno. Albares es sólo el peón de brega de los deseos del presidente. Todavía estamos a la espera de una explicación pública y racional del viraje de España respecto al Sahara, lo que ha permitido toda clase de especulaciones a cuenta del espionaje telefónico con Pegasus, que fuentes bien informadas atribuyen a los servicios de inteligencia de Marruecos.

Pero ni siquiera esa política zigzagueante ha logrado su mezquino objetivo. La llamada 'mayoría de investidura' está resquebrajada y el presidente vuelve a encontrarse con el obstáculo que ha sido incapaz de superar en los últimos dos años: aprobar los Presupuestos del Estado. Claramente, Podemos se ha descolgado del grupo de partidos que sostiene a Sánchez en el Congreso con unas condiciones inasumibles para dar luz verde a las cuentas públicas (romper relaciones con Israel, bajar el gasto militar y el precio de los alquileres). Sin los cuatro votos de ese partido, el Gobierno no puede aprobar las cuentas. Eso, suponiendo que el PSOE logre el apoyo de Junts, cosa que no se vislumbra mientras Puigdemont siga fugado de la Justicia. Por más que Sánchez presione, es dudoso que el Constitucional admita el recurso del líder independentista antes de que termine el año. Otro día hablaremos de la sustitución -o no- de Cándido Conde Pumpido, cuyo mandato concluye en diciembre.

Dice Ione Belarra, portavoz de Podemos en el Congreso, que la decisión de llevar los Presupuestos al Congreso, tenga o no los votos garantizados, es una treta de Sánchez para convocar elecciones si las cuentas son rechazadas. No creo que el presidente necesite excusas para convocar elecciones. Ya las adelantó en 2023 y lo hizo porque vio la oportunidad se seguir en el poder sumando a todos los partidos ante una posible alianza de gobierno de PP y Vox.

Pero es verdad que ahora el presidente sólo tiene dos opciones: aguantar dos años más acosado por los escándalos, teniendo que pagar cada día un precio mayor a sus socios para que le mantengan y siendo un cero a la izquierda en las grandes decisiones geopolíticas que afectarán a Europa durante las próximas décadas; o bien, buscar el momento adecuado para repetir la jugada de hace dos años.

Creo que se inclinará por esta segunda opción. Lo que va a suponer que, en los próximos meses, el Gobierno va a incrementar la tensión política hasta límites nunca vistos hasta ahora. Sánchez sólo puede sumar sobre la base de presentarse como solución a algo mucho peor y por eso va a emplear todos los recursos a su alcance -entre los que hay que destacar a los medios de comunicación afines- para crear la imagen de que PP y Vox son lo mismo, para que sea él la única alternativa al caos, a la barbarie.

Un líder político, un auténtico líder, se caracteriza por saber unir a la nación en torno a unos objetivos comunes. Para eso, lo primero que debe tener es una cierta idea del país que gobierna y hacia dónde quiere dirigirlo. Sánchez carece de lo uno y de lo otro.

Por ahora, se ha salido con la suya, y ha convertido a España en una nación dividida, cuando no enfrentada abiertamente. Ha resucitado las dos Españas, de las que hablaba Antonio Machado. Ese es, por ahora, su envenenado legado.