Tenemos casi veinticuatro horas sin dormir desde que la primera bomba lanzada por la fuerza aérea estadounidense cayese en territorio venezolano, y representantes de la DEA capturaran al dictador Nicolás Maduro –acusado de terrorista, de dirigir el Cartel de los Soles, y de atentar contra la seguridad de los habitantes de Estados Unidos a través de la banda criminal conocida como el Tren de Aragua. Los ataques aéreos a bases militares, puertos y aeropuertos, instalaciones eléctricas y de telecomunicaciones desarticularon cualquier sistema de defensa y permitieron las acciones en tierra por parte de las fuerzas terrestres estadounidenses en la base militar de mayor importancia en Caracas. A las cinco de la tarde, hora de Nueva York, vimos descender a Maduro y su esposa Cilia Flores de un avión militar rumbo a sus nuevas moradas en una cárcel metropolitana del Bronx, cerrándose así un ciclo iniciado en el 2013 con su ascenso al poder, luego de la muerte de Hugo Chávez. Videos más recientes nos dejan ver sus caras humilladas, asustadas, preocupadas por su suerte y transmiten un mensaje claro a otros dictadores del mundo. 

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Sin embargo, el terror dentro de Venezuela sigue intacto, y nadie ha salido a celebrar. Tampoco han salido a defender a Maduro o respaldar a la camarilla que permanece en el poder. El silencio es desolador. Incluso los corresponsales internacionales han evitado declarar en las últimas horas por temor a represalias, hostigamiento o detenciones.

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El terror dentro de Venezuela sigue intacto, y nadie ha salido a celebrar. Tampoco han salido a defender a Maduro o respaldar a la camarilla en el poder"

Al ser una operación quirúrgica cuyo objetivo era extraer al cabecilla de una banda y no el de derrocar a un gobierno extranjero, no se ha salido del régimen dictatorial, sólo se ha eliminado una de sus piezas. Por lo tanto, la estructura criminal violadora de derechos humanos, perpetradora de crímenes de lesa humanidad permanece en pie, pero sin cabeza. Apenas si se reajusta en medio de ese vacío de poder, pero no cede espacios ni da señales de cambio de rumbo.

Lo sorprendente es que con ella se pretende iniciar un complejo proceso de transición para que den paso a la redemocratización del país. Para que los representantes de la dictadura restituyan el Estado de derecho. O al menos es lo que parece desprenderse de las declaraciones del presidente Donald Trump durante su rueda de prensa y que, lógicamente, nos deja a todos sumidos en una profunda incertidumbre y presas de un pánico conocido. Porque no es imaginable una transición con verdugos.

No podemos entender cómo, después de vencer en una gesta electoral llena de obstáculos en la que salió electo Edmundo González Urrutia, se nos plantee una ruta distinta a su reconocimiento como presidente de todos los venezolanos y se nos diga que María Corina Machado, la persona que ha liderado el movimiento democrático –y gracias a ello se ha hecho acreedora del premio Nobel de la paz– carece del apoyo necesario para ayudarlo a formar gobierno. 

No obstante, como los venezolanos no tienen el control de la situación, porque éste está en manos de Trump y su administración, lo que corresponde es tratar de entender entrelíneas, esperar que se acerque a lo que se desea, y que los intereses de EEUU coincidan con los intereses de los que creemos en la democracia. Ante la angustiosa confusión reinante en estos procesos, se abren vertientes de especulación y de pensamiento mágico. Encontraremos gente que cree que todo está perdido, que la suerte está echada y estaremos condenados de por vida a vivir en dictadura, ahora apoyada por el propio gobierno de Estados Unidos. También habrá quienes desean que todo termine y que se dé paso rápidamente al alivio político, económico y social en espera de que la nueva situación fragüe de una vez. 

Para que se logre el objetivo, más allá de la captura de Maduro, se requiere el concurso de todos: los ciudadanos venezolanos, y también de la comunidad internacional"

Lamentablemente para que se logre el objetivo más allá de la captura de Maduro, se requiere del concurso de todos. De los ciudadanos venezolanos, esos que han dado una batalla cívica ejemplar a lo largo de estos veintisiete años, de su liderazgo, el legítimo, el que cuenta con nuestro apoyo y el otro, muchas veces fragmentado o sometido a intereses personales y subalternos. También se requiere el concurso de la comunidad internacional,  especialmente de las democracias del mundo que intentan mantener un orden mundial medianamente civilizado pero que prefieren voltear hacia otro lado escudándose en  profundas preocupaciones, declaraciones vacuas, resoluciones vacías, o principios y valores que jamás aplicarían en su propio país.  

Quienes vivimos el Caracazo de 1989 o golpe de estado perpetrado por Chávez en 1991, o las protestas del 2014 y el 2017 conocemos el terror que causa un bombardeo: la voz nace en alguna cavidad profunda, más allá de la garganta, causando estremecimiento. Durante el bombardeo de la madrugada del 3 de enero del 2026, escuchamos de nuevo ese miedo en las voces de nuestros familiares y amigos, en los videos que rápidamente empezaron a circular por las redes. Y en la voz de nosotros mismos.

En definitiva, lo que deseamos los venezolanos es dejar de sentir terror. Lo que queremos no es otra cosa que volver a vivir en paz, sin temor a que nos maten en las calles, o nos metan presos, nos torturen, o nos caigan bombas encima. 


María Alejandra Aristeguieta, ex embajadora venezolana, es experta en la ONU. Aquí puedes leer los artículos que ha publicado en El Independiente.