Era Pablo Iglesias el que parecía que había sido capturado o extraído, con sus marcas de antifaz clavadas en los ojos, como las gafas de un aviador o un topo con gafas, con su sudadera de náufrago, con su crudo fondo blanco, con su primer plano de flexo, de flashazo o de relámpago, como fotografiado en la comisaría, en el helicóptero o en el fotomatón (el fotomatón te fotografiaba, te emborrachaba y te fusilaba, todo a la vez). Andaban diciendo los malvados por las redes que lo que tenía Iglesias en la cara no era el susto ni el insomnio de las guardias ideológicas eternas, sino el blanco y rojo de culo blanco y rojo que te deja alrededor de los ojos la práctica del esquí. Sobre todo el esquí con dacha y conciencia de clase, que es un esquí que requiere escafandra o armadura argumentativas, ocultadoras y un poco irritantes. No sabe uno, ni tiene eso más importancia que la de inspirarme en un día monotemático, si el ayatolá de la izquierda verdadera estaba de esquí, de resaca, de vigilia o de peeling. Pero sí estoy por asegurar que el bolivariano español sufre más que cualquier venezolano en Venezuela, que aunque no les pillen la represión, los pistoleros, la miseria ni el destierro, sí les pillan este sarpullido y este emberrechinamiento que uno no le desearía a nadie.
A Pablo Iglesias yo creo que también lo habían extraído un poco, sólo había que mirar esas marcas de ventosa en los ojos o en el alma, como un abducido o como un soldado de la Gran Guerra, con máscara de gas para él y para su caballo y quizá un pie podrido, lo que llamaban pie de trinchera, y que creo que es lo que tiene Iglesias de tanta trinchera. El heroísmo de lejos, como el sufrimiento de lejos, suele ser algo barato y falso, pero uno veía que el heroísmo y el sufrimiento de Iglesias eran reales. O sea, que el fascismo lo había escaldado lejana pero poderosamente, con su influencia oceánica, y aun así él se obligaba a grabar un vídeo mientras la injusticia lo despellejaba, y a hacer ese periodismo que era ya casi vulcanología o vivisección de sus propios morros. Lo mismo no es sólo un propagandista, un aprovechado o un mandado, sino que Iglesias es un martir innegable, como una monja que sangra por los ojos.
Pablo Iglesias parecía capturado y famélico, no ya como un compañero de Maduro sino como un compañero de Rambo
Iglesias sangraba sangre de Rosalía, o lágrimas de héroe polar, mientras una izquierda como costalera se manifestaba o procesionaba ante la embajada de Estados Unidos, con su cojera ideológica de cojo Manteca y su pañuelo palestino como un torniquete en el cuello. Yo creo que ellos sufren más que nadie porque el sufrimiento teórico y dogmático es mucho más intenso que el sufrimiento corporal o terrenal, son las espinas del fascismo mordiéndoles no ya las canillas de perroflauta sino el corazón de poetilla revolucionario, para el que las pistolas y hasta la picana son violines. Ya sabemos que su teoría dice que Maduro no es un dictador sanguinario ni un señorito de la miseria, sino el héroe del pueblo, el mesías de los pobres y algo así como el festivo DJ de la democracia verdadera y roñosa. Pero otra cosa es verlos así, en el frío del Madrid helado hasta para las estatuas, verlos encendidos y hemorrágicos sufriendo más que el venezolano, más que el represaliado, más que el exiliado y hasta más que el propio dictador extraido (la mentalidad del soldado es sufrir por sus superiories).
Iglesias, que tiene pie de trinchera porque vive en la trinchera y ojos de esquiador porque vive en el paraíso de los diletantes, de los que están como de vacaciones por entre la miseria y los muertos que deja su propia ideología, llora y supura por lo que siempre ha llorado y supurado, sus dictadores con moscas, sus revoluciones con sangre, su mierda con banderas y estrellones, su propaganda falaz para ir consiguiendo un poquito más de poder, ese poder que ya sabemos en lo que ha desembocado siempre, durante toda la historia. Como él, toda su izquierda, que no es que no sepa lo que es la democracia ni lo que es un dictador, sino que emplea esos términos, como todos en realidad (la justicia, la injusticia, la paz, la guerra) según su conveniencia. Pero sufren mucho, ya ven. Sufren tanto que quizá piensan que así se les pega el bien. Claro que eso de sufrir nunca definió ni el bien ni la verdad, menos todavía cuando esta gente nunca ha estado con el bien ni con la verdad.
Ya he dicho que es una trampa tener que elegir entre el dictador sanguinario y el pirata sin escrúpulos (el falso dilema es una de las falacias de más éxito). Eso sí, a mí esta izquierda que goza, sufre y se alimenta con cuajarones y lágrimas reversibles, según la conveniencia ideológica o económica, me parece llena de cobardes: practican la guerra despiadada (me refiero a una guerra real, física) donde y cuando consiguen el poder, y apelan a la legalidad y a la paz donde y cuando no lo tienen. A veces, en algunos escenarios, incluso intentan las dos cosas a la vez, a ver cuál da un poquito más de beneficio, gloria o pena. Pablo Iglesias parecía capturado y famélico, no ya como un compañero de Maduro sino como un compañero de Rambo. Podría estar en la nieve, en la trinchera, en la jaula de bambú, en el helicóptero o en el fotomatón. Da igual, en realidad, porque su verdad no se distingue de la mentira, su justicia no se distingue de la crueldad y su sufrimiento no se distingue del ronchón.
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2 Comentarios
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hace 6 horas
No se prácticamente nada de Pablo Iglesias, excepto cuando aquí comenta algo sobre él Rubén Arranz, desde que salió vapuleado en las últimas elecciones a la Comunidad de Madrid.
Su irrupción en la política española, me pareció desde el primer momento, nefasta. Es un auténtico engaño bob@s.
Su sueño era el haber llegado a ser el Maduro español. Murió en el intento.
Simplemente porque España, por mucho que lo intenten, está muy lejos de ser Venezuela.
hace 9 horas
Genial artículo. Lo sorprendente es el nivel de indigencia mental de sus seguidores. Mientras él se da la vida padre, aplauden sus majaderías. Dignos de estudio psiquiátrico.