Groenlandia es algo así como el helado de marquesito más grande del mundo y por eso lo quiere Trump, el emperador niño con pañales de anciano. Claro que no estoy seguro de que contra eso sea suficiente Margarita Robles, nuestra ministra Rottenmeier, nuestra monja sargento, que conduce tanques con toreritas y abronca con voz de pito y autoridad sobrenatural, como una monja bajita de Fellini. El mundo está tan loco que no es que Trump pueda bombardear Irán, esa teocracia con manos de sangre y cabeza de lana, sino que ya nos planteamos un enfrentamiento armado entre Estados Unidos y sus otrora aliados europeos. Trump mira a Groenlandia desde su hambre, su tamaño y su ignorancia de niño (yo creo que lo tiene engañado e ilusionado la proyección de Mercator) y Europa empieza a mandar soldados con esquíes, perros con barrilito, barcos rompehielos y gente con prismático, que es algo que inquieta siempre mucho. Hasta España se plantea enviar tropas, nuestros soldados que ya no son imperiales sino un poco de chocolate o miga de pan, más para la paz que para la guerra. Ahora que lo pienso, a lo mejor sí bastaría con mandar a Margarita Robles con zapatilla y ricino. O alguna autoridad semejante, que sepa cómo manejar a un señor que come potitos y tiene antojo insaciable de tetas, mimos y merengues reales o geopolíticos.
Europa busca barcos, buzos, dinero, soluciones, se busca a sí misma (lleva así desde la caída de Roma), y a lo mejor lo que necesita es a Margarita Robles con cuello de cisne y rodete alto y claveteado. Incluso necesitamos a Robles más que a Sánchez, ya saben, ese Superman con falta de vitaminas que iba a parar el fascismo y no puede ni parar sus espasmos. Margarita Robles a uno le parece la alegoría con moño de la auctoritas, que uno no sabe de dónde saca la autoridad, la voz ni la fuerza pero ahí está, abroncándonos o a punto de abroncarnos, como a los vecinos de Paiporta. Aunque no fuera la ministra de Defensa, yo creo que los coroneles, los guardias y los paisanos se seguirían cuadrando o sucumbiendo ante ella como ante una regenta o una Bene Gesserit. Es una cosa que emana de ella, poderosa y españolísimamente, como emana nuestra santidad o nuestro ajo. A lo mejor lo que le pasa a Europa es que de ella ya no emana nada, sólo lástima. Queremos imponer nuestra moral y hasta nuestros molinillos de viento y resulta que no podemos defendernos de un niño con quimicefa atómico e incontinencia sádico-anal.
A lo mejor sólo necesitamos a Margarita Robles ante Trump, y que le ponga delante un dedo tieso, duro e impenetrable como un dedal
Margarita Robles contra Trump, menudo combate. Sería un poco como aquél de Reagan y Andropov del videoclip de la canción Two tribes, de Frankie Goes to Hollywood, que ya que parece que estamos un poco en los 80, entre el naranja de los cardados y el naranja nuclear, vamos a hacerlo en condiciones. Ya no tenemos a la Thatcher, con su cabeza de un ojival mefistofélico (Meloni, en realidad, es demasiado rubia para el mal y para el bien, por eso Ayuso tiene más éxito como icono); ya no tenemos a casi nadie, en realidad, pero tenemos a nuestra Margarita Robles, con melenita ursulina o colombina, para representar a la Europa con autoridad, con pegada, con refajo, con mediterraneidad, con bozo, con manos pequeñas y duras de abadesa tordesillana o de mamma o popolana italiana. Margarita Robles tiene pinta de ganarle a Trump a pellizcos, a collejas, a varazos, algo más poderoso que la bala, que la bomba y que el arancel, que al final suena sólo a corcel. Margarita Robles tiene pinta de dejar a Trump sin cena, sin orejas y sin flequillo, y eso es más poderoso que la diplomacia y que la disuasión nuclear.
A lo mejor toda la inversión militar o todo del despliegue táctico que necesita Europa es Margarita Robles, siquiera alegóricamente. O sea, más autoridad que milicia. El imperialismo yanqui no es nuevo, lo que sí es nuevo es que el emperador sea un señor que se come los mocos como helado, o al revés, y confunde los misiles con la pichilla. La doctrina Monroe y hasta la teoría del Destino Manifiesto, que no se limita al siglo XIX sino que sobrevivió a Kissinger y a los Bush, parece incluso intelectualmente elevada al lado de esta piratería llevada a cabo por mentes y manitas infantiles y brutales, como el asalto a una tarta o el aplastamiento de un cachorrito. Se cachondeaba mucho Jon Stewart el otro día de que Trump considerara un peligro tener de vecinos a los rusos por allí por Groenlandia, cuando ya los tiene en Alaska. Y de que alegara que Dinamarca no puede reclamar la propiedad de aquello sólo por haber “desembarcado allí hace 500 años”, que es justo lo que hicieron los del Mayflower, con sus gentes y velas de crespón. Pero los niños no tienen lógica, ni siquiera humor, sólo exigencias. Salvo que se les eduque.
A lo mejor sólo necesitamos a Margarita Robles ante Trump, y que le ponga delante un dedo tieso, duro e impenetrable como un dedal. Quiero decir, claro, que Europa tiene que hacerse respetar y eso significa mucho más que mandar soldados enguatados y barcos con carámbanos. Europa también creía tener un Destino Manifiesto, pero que podía llevarse a cabo sin soldados, sin dinero, sin tecnología, sin lucha, sin voluntad, sin unión, sin fuerza, sólo con ínfulas morales, algo que ni siquiera los del Mayflower, con hebilla en el sombrero, en la biblia y en el mosquete, creyeron. Europa ha perdido la autoridad del adulto, que no sólo es fuerza sino el recuerdo de la persistencia y la continuidad de esa autoridad. Ya no podemos defendernos ni de nuestros supuestos aliados, imaginen de los enemigos. La autoridad es justo aquello que pone límites y Trump ahora siente que no hay límites para él. Sí, igual que Sánchez, curiosamente. Al final, ya ven, aquí también habría que enfrentar otra Margarita Robles a Sánchez o a la propia Margarita Robles. Y no sé yo si veo a Page, Feijóo o Abascal como monjas sargentos o sólo como curas de chocolatada.
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