Hay una cosa que se llama El despertar y que ha llevado a 6.000 jóvenes a Vistalegre como para algo de Estopa, o como para algo del papa, o como para algo en lo que no se distingue muy bien a Estopa del papa. La verdad es que todo lo que contiene en el nombre “despertar” (o “amanecer”) siempre ha sonado a lo mismo, o sea a secta, a estafa, a señores con sábana o pantaloncito tirolés, a gente con convulsiones o a todo eso a la vez. Siempre hay alguien que quiere que despertemos (de algo o a algo), normalmente para que nos durmamos en lo suyo, pero si además se lleva al personal a eventos que están entre la velada de boxeo y el parque de bolas, con micrófono de mejilla, con coros de palmas, con globos de colores y con pizza gratis, yo creo que sólo puede ser algo que implique a Leticia Sabater o que implique burundanga. Tiene gracia porque, según las crónicas y los propios despertares que uno ha visto, unos despertares como con camisón, palmatoria y campanazos de día del Corpus, la cosa viene a ser un antiwokismo que es otro wokismo y una contracultura que sólo es la cultura de toda la vida de Dios, incluso la del propio Dios en mecedora. Todo esto, teniéndose que vender como tupperwares o como fantas, siempre con ese anuncio de gotita fresca, juventud trigueña y balón de playa. 

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Yo creo que prefería al cura con nublados teológicos, bordados infernales y esa hostia, con o sin consagrar, que era como una cimitarra divina. Al menos uno sabía a qué atenerse, claro. El dogma era el dogma, la moral era sobre todo la carne, el orden de los cielos se reflejaba en el orden de la tierra (los ángeles yo creo que se miraban en el charol de los guardias y de las chisteras) y uno podía aceptarlo o rebelarse, asumiendo las consecuencias, claro, pero al menos sabía de qué iba aquello. Ahora el católico no te habla de dogmas sino de “valores”, y no te habla de jerarquía sino de “libertad”, ni siquiera te habla de Dios sino de “espiritualidad” o “sentido”, que parecen todos monjes amelocotonados de Kung fu. La Trinidad, las vírgenes grávidas, los dioses que son hombres, los hombres que son dioses, el Dios de Abraham y de Jacob, el Dios de Jesús y de Pablo, los milagros chorras y el sufrimiento en el mundo, el libre albedrío y el chantaje de la vida eterna, todo eso uno se lo podía tragar, como obleas o como mondadientes, o no. Pero ahora viene alguien hablando de “comunidad”, “pensamiento”, “trabajo”, “silencio”, de su familia, de su compromiso, de su pajar o de sus murmullos estomacales o cerebrales, y uno no sabe si quiere que le compremos el cielo, una autocaravana, una criptomoneda o un clínex. O si sólo te quiere llevar al catre con todo el coro de palmas y palmeras.

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Juan Soto Ivars, Juan Manuel de Prada, Ana Iris Simón y otros que no me suenan hacían por allí, por lo que he leído, no una profesión de ortodoxia sino una especie de heterodoxia convergente, mucho más amable y vendible. Quiero decir que no todos salían con casulla a dar el hisopazo, más que nada porque ya digo que ni los católicos salen a dar el hisopazo, sólo golpes de kungfú, más un poco de filosofía de kiosco de estación y un poco de costumbrismo de alfajor (hasta el cronista de ABC decía que las palabras Dios o cristianismo parecían proscritas en el evento). Pero enseguida alguno quería ponerle el toque espiritual al ateísmo, o el toque libertario a la religión, o el toque moral a la política, o metía el amor o la libertad como comodín perezoso y como calzador aceitoso. Leo que el padre Jacques Philippe, que me recuerda a la iconografía del abate Pierre que glosó Roland Barthes, realizó un elogio del silencio, quizá porque no hay mayor simplificación de Dios que convertir su silencio (el silencio de todos los dioses) en nuestro silencio. Sin haber estado allí, a mí me parece un ecumenismo empaquetado y listo para la venta, una cestita de ideas conservadoras, largas sombras crucíferas y condescendencia curil urbi et orbi.

El despertar se llama la cosa, ya ven, que es la extraña afirmación de un wokismo del antiwokismo. Yo creo que sólo se trata de venderse, de vender a Dios mejor que los curas y de vender la derecha mejor que los partidos de derechas. Detrás de esto hay un lobby o think tank (It’s Time To Think) que no sé quién financiará, pero parece que tiene dinero y ha pensado utilizarlo para hacer que nuestra derecha de velón y capote parezca de repente un poco anglosajona y linkedinesa, como Begoña Gómez. Aunque no sé si le va a servir para mucho, que al final con tanta dispersión (lo mismo te ponen a Jesús de empresario (sic) que te hablan de la “fuente de la paz” y luego de los alquileres), yo creo que la gente sólo se desenfoca. Queriendo vender a Dios, el personal más bien se da cuenta de que Dios no hace falta para nada, que ya hay moral natural, amor granjero y tapones para los oídos. Y queriendo vender la derecha, el personal se da cuenta de que una derecha que confunde la religión con los bonsáis, la espiritualidad con los abalorios, el debate con la fiestuqui y todo eso con la política tampoco va a dar nada especialmente nuevo ni interesante. 

Parece que los despertados insisten mucho en oír al diferente, que es algo incluso masónico, pero en realidad sus debates son confluentes, dirigidos, verticales. Parece que los despertados rechazan el victimismo, pero lo suyo es una llorera cultural, el lamento mitológico de la caída, de la Edad de Oro perdida, que lleva a la melancólica esperanza del resurgimiento (de ahí lo del despertar). Es decir, es un milenarismo milenial, que suena a cachondeo. Y parece que los despertados quieren confrontar la decadencia no ya ideológica sino semántica de la izquierda, pero usan sus mismas trampas del lenguaje y de la lógica, evocan su New Age y hasta apelan a la emoción para llegar a lo divino, a lo político y a lo “verdadero”. Además de todo esto, se dirigen a los jóvenes, como los curas con guitarrita o esos woke de campus o de guardería. El despertar, se llaman. Ya venía la cosa con la sospecha que siempre traen estos nombres, intenciones y parafernalias de los renacidos e iluminados, tan parecidos a los de los estafadores o los pervertidos.