En términos futbolísticos soy lo que un argentino llamaría "pecho frío"; es decir, una persona que no siente pasión por un equipo o por la selección de su país; o, lo que es peor, alguien a quien el fútbol le interesa lo mismo que el croquet. He buscado el origen de la expresión y, como ocurre en estos casos, hay varias explicaciones posibles, pero la que más me gusta sostiene que los apostadores iban a los establos del hipódromo, palpaban el pecho de los purasangres y, si estaban fríos, los evitaban, pues ello indicaba falta de brío y competitividad.
Aunque se aplica a los apátridas del balón como yo, sobre todo describe a los futbolistas que muestran apatía y falta de compromiso con los colores y el cariño de la hinchada. Lionel Messi fue para sus paisanos sinónimo de pecho frío durante mucho tiempo por su mediocre rendimiento con la selección de su país, mientras con el FC Barcelona mostraba un envidiable nivel. Para más inri, durante esa etapa, el entrenador de la selección argentina era Diego Maradona y el equipo tuvo tardes de gloria como aquella ocasión en que Bolivia les metieron seis goles, lo que aumentó la leyenda de la falta de garra y amor a la camiseta de Messi.
Mi falta de afición se debe al rechazo que me genera toda forma de gregarismo —y el fútbol es el paraíso de lo tribal y la patota— y, especialmente, a que nunca me he sentido cómodo en los ambientes llenos de testosterona (será que la tengo baja). Sin embargo, no puedo negar que el fútbol es un hecho global de tal magnitud que trasciende como ninguno las diferencias culturales y que ya no es solo un asunto deportivo, sino también político. Esto explica que se haya puesto sobre la mesa un posible boicot al Mundial de fútbol que organizan Estados Unidos, México y Canadá debido a las continuas provocaciones y agresiones del presidente Trump fuera de sus fronteras; o que el fútbol se haya convertido en una cuestión de Estado en algunos países cuyas selecciones son el grupo de fuerzas especiales que encarna y defiende a la nación en su conjunto. Parafraseando la conocida frase de Carl von Clausewitz, se podría decir que, para ellos, el fútbol es la continuación de la guerra por otros medios.
Un buen ejemplo lo acabamos de ver en la final de la Copa África de Naciones celebrada en Marruecos, país que organizará el Mundial 2030 con Portugal y España. El partido se jugó entre el equipo local y Senegal, que finalmente se hizo con el campeonato. Para Marruecos esto ha sido una especie de Maracanazo; pero, a diferencia del partido jugado en Río de Janeiro en 1950 —cuando el fútbol era aún solo un deporte—, la afición no salió triste, en silencio o llorando, sino amedrentando con amenazas físicas e insultos racistas a los jugadores y al público visitante. Una actitud antideportiva, pero patriota, que también exhibió uno de los príncipes marroquíes, negándose a entregar la copa, y los futbolistas de la selección nacional, quienes no dudaron en atacar en grupo al portero suplente de Senegal que asistía al titular que estaba jugando. Ahí a nadie le importaba el código del fair play —que tanto pregona la FIFA—, sino que estaban dispuestos incluso a llegar a extremos como el de la intimidación: delito tipificado en el código penal. La cosa fue a más cuando los senegaleses residentes en Marruecos y sus negocios fueron atacados, y cuando se produjeron enfrentamientos entre personas originarias de los dos países que residen en ciudades europeas.
He de decir que no fueron los patriotas de Marruecos los únicos que se tomaron el fútbol como una guerra durante esa Copa. Luego de la eliminación del equipo de Argelia de dicha competición, se pusieron en marcha teorías conspirativas por parte del público y las autoridades argelinas en las que tampoco faltó el racismo y la amenaza física. Se culpó a los marroquíes, a pesar de que no hubo un partido de por medio, y se produjeron llamamientos al odio y la violencia a los que se sumaron de forma entusiasta influencers que hacían gala de fervor nacionalista en varias redes.
No es la primera vez que estas cosas pasan e imagino que no será la última. En América Latina se desencadenó una guerra entre El Salvador y Honduras después de un partido de fútbol; tanto es así que al conflicto armado entre ambos países, ocurrido en 1969, se le conoce como la Guerra del Fútbol gracias al título de la crónica que publicó Ryszard Kapuściński. El encuentro era clasificatorio para el mundial de 1970 y se jugó en Ciudad de México, cuando aún era DF, buscando un terreno neutral a causa de las dos disputas previas que estuvieron marcadas por agresiones, abucheo de himnos y noches sin dormir para los jugadores visitantes por ambas partes. El Salvador ganó 3–2 en la prórroga, tras un gol celebrado como revancha nacional más que como victoria deportiva. Hubo empujones, expulsiones y un ambiente irrespirable en las gradas. El encuentro terminó sin intercambio de camisetas ni gestos de cortesía: de hecho, las delegaciones salieron escoltadas. Pocas horas después se rompieron relaciones diplomáticas. Días más tarde, comenzaron los bombardeos. El saldo: cerca de 3.000 muertos.
La guerra no empezó por un partido, pero el partido permitió que la guerra pareciera inevitable. Al igual que en 1914 el asesinato del archiduque Franz Ferdinand fue la chispa que encendió la pólvora regada por toda Europa, el encuentro deportivo fue la catarsis de un enfrentamiento que había comenzado con los ataques del gobierno de Honduras a los inmigrantes salvadoreños, que carecían de tierras en su país por el dominio de los terratenientes. En un campo abonado de resentimiento, pobreza y nacionalismo herido, el fútbol ofreció el lenguaje sencillo que la política necesitaba.
Los Mundiales de la FIFA son ahora parte del juego geopolítico mundial y hay países que quieren instrumentalizarlos estratégicamente para aumentar su proyección internacional"
Los Mundiales de la FIFA son ahora parte del juego geopolítico mundial y hay países que quieren instrumentalizarlos estratégicamente para aumentar su proyección internacional. El ejemplo más reciente es el de Qatar, que no dudó en propiciar un cambio en el calendario del Mundial y derrochar una cantidad vergonzosa de dinero para construir estadios que se tuvieron que desmontar luego del campeonato, pues no contaban con población suficiente para llenarlos. Sin olvidar que en la construcción de estos escenarios deportivos murieron miles de obreros inmigrantes por las inhumanas condiciones de trabajo.
Las dictaduras del Golfo no han sido las únicas en usar los mundiales y el fútbol para blanquearse. La dictadura militar argentina fue precursora de esta práctica con la organización del Mundial de 1978. La victoria de la selección del país anfitrión no estuvo exenta de polémica debido a que alcanzó la final gracias a los seis goles que metió a Perú, resultado que le permitió superar a Brasil en la clasificación. A la cabeza de las acusaciones de acuerdos extradeportivos y favoritismo en contra de Argentina estaba la dictadura chilena. El gobierno de Pinochet aprovechó la oportunidad para tensionar las relaciones con su vecino, país con el que estuvo a punto de ir a la guerra por el conflicto del Beagle.
No obstante, los dictadores argentinos no contaron con que, gracias al Mundial, el país se llenaría de periodistas de todo el mundo que no estaban sometidos al sistema de censura que habían impuesto. Una oportunidad de oro que fue aprovechada por las valientes madres de la Plaza de Mayo que, al haber perdido lo que más amaban y con ello el miedo, dieron la cara en un reportaje de la televisión holandesa para preguntar ante el mundo qué les había pasado a sus hijos. Es imposible no conmoverse al verlas implorar por el paradero de sus hijos y nietos. Muchas están tan abatidas que ni siquiera piden justicia, solo saber dónde están y qué les pasó por orden de unos generales que en ese momento presidían los palcos de los estadios y gritaban ¡gol! con patriótica emoción y el gesto lleno de testosterona.
Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.
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