Medio millón de inmigrantes sin papeles parece que andaban por aquí, no sé si camuflados de toreros, jueces, periodistas pollaviejas, ayusers con patillas o gente así, porque hasta este momento nuestro Gobierno de progreso no se había preocupado por su regularidad, su bienestar ni su humanidad, como si fueran negros de Vox. La verdad es que todo es invisible, intrascendente o aplazable hasta que a Sánchez le conviene, como ahora, cuando le viene bien que esa inmigración irregular se aparezca toda de repente, como en un festival, con sus ponchos, arepas, tallas, flautas y cerbatanas. O sea que, de nuevo, después de la metalurgia de los muertos o de las chistorras o de la cara de Sánchez, que es como una escultura ferruginosa y retorcida de Arco, estamos hablando de inmigración. O quizá no estamos hablando de inmigración, porque lo malo de esto es que ya no se pueden plantear los problemas, las necesidades, las razones y la realidad por sí mismos, sino sólo como conveniencia o instrumento del sanchismo.
Con cualquier asunto, sea una obra de basamento, un bono para el autobús, una graciosa concesión autonómica o una graciosa regularización masiva, lo primero que nos preguntamos es qué pretende Sánchez. Y con esa primera arruga en la naricilla, con esa primera sospecha, pasamos enseguida del asunto en sí al asunto Sánchez, que es el único asunto que existe en España. Todo hay que ponerlo en el contexto de Sánchez, no por obcecación ni animadversión sino porque, si no, no se puede entender nada de lo que pasa. Podemos hablar de inmigración, y de financiación autonómica, y de infraestructuras, todo así en seco, fundamentada y salmantinamente, con sus curvas y sus acetatos y hasta con su moral y su moralina. Pero, eso sí, sólo a cambio de renunciar a saber qué ocurre en nuestro país y nuestra gobernanza, o sea a saber qué nos va a pasar de verdad. Primero, porque lo que Sánchez promete o decreta puede pasar o no, o pasar a medias, o con truco. Segundo, porque lo dicho o hecho lo puede deshacer o desdecir mañana. Y, tercero, porque, sea lo que sea, lo vamos a pagar por otro lado, así que estamos esperando ese otro lado, ese precio, ese susto.
Ahora es la inmigración, o no es la inmigración, claro, sino Sánchez con poncho, cerbatana, etc., que a saber por qué, después de tantos años, el presidente se nos acerca ahora así, folclórico, ambiguo, absurdo y un poco raquítico bajo todo este ropaje, como si fuera Orzowei. Mirando hacia atrás no parece que las grandes regularizaciones (incluidas las de Aznar) nos hayan traído el caos, sino más bien beneficios (salida de la economía sumergida, aumento de los ingresos del Estado, integración efectiva...). Sin embargo, en la historia no suelen funcionar bien las proyecciones con regla. El mundo ha cambiado y la inmigración incontrolada ya se ha revelado como problema ineludible y, a veces, grave. La verdad es que la regularización nunca produce unos efectos tan homogéneos como parecen decir las sumas o las medias que se hacen después. No es lo mismo Lavapiés que Almería, ni se puede evaluar igual entre venezolanos que entre somalíes, ni se puede ignorar que la regularización no evita la precariedad ni, lamentablemente, la marginalidad. Esta regularización, alegre y humana como casi todas, diría que no contempla herramientas ni recursos para su seguimiento ni para su desarrollo óptimo. Y eso que aún no hemos metido a Sánchez, o sea no hemos metido toda esta teoría en el contexto mundano y perverso del sanchismo.
Aunque todo esto parezca gracia del Gobierno, que es quien tiene las competencias, Sánchez no funciona con gracias sino con trueques
Como todo en Sánchez, esta regularización también será más literaria que ideológica, más gorgorítica que científica y más interesada que útil, o sea que es imposible saber qué va a salir de ella al final y, sobre todo, cuánto o qué nos va a costar. Aunque todo esto parezca gracia del Gobierno, que es quien tiene las competencias, Sánchez no funciona con gracias sino con trueques. Aún no sabemos qué se ha negociado con Podemos, a quien parece ir dedicado el gesto más que a los inmigrantes que, como digo, hasta ayer mismo podrían haber sido cayetanos con tostado de Miami o de Baqueira. Tampoco sabemos cómo encaja esto en el desesperado y casi aullador intento de Sánchez por recomponer su mayoría parlamentaria, que desde el principio es un juego a muchas bandas amenazado por la imposibilidad lógica o teológica de servir a tantos acreedores y a tantos amos a la vez. Esto podría enlazar con los presupuestos, con otro palacete flamígero para el PNV u otra competencia flamígera para Bildu, o con otra folclorización o monetarización de las penurias y pucheros catalanes.
Con Sánchez es imposible hablar de los problemas reales ni de la política real, porque siempre hay que hablar primero del problema que es él. Piensen en el gran sarcasmo (aunque siempre salvable, como todas las contradicciones de Sánchez) que supondría que todo esto estuviera incluido en un paquete con la cesión de competencias de inmigración a Cataluña. Sí, que los indepes de pura sangre desregularan luego esta regularización y devolvieran a los inmigrantes, con sus chiquillos, sus lebrillos y sus esperanzas, al África de África o al África del Estado español. O imaginen que de repente argumentan que los venezolanos no son seres humanos en busca de un futuro arrebatado por la historia, sino un lobby de fachas con moreno de Julio Iglesias que no merece el apoyo de la mayoría de progreso.
Medio millón de inmigrantes sin papeles parece que teníamos aquí, coloridos, heráldicos y mitológicos pero invisibles, como pájaros aztecas. Y no los vio el Gobierno multicolor, progresista, humanista y activista hasta que le han hecho falta a Sánchez ejércitos nubios, posmarxistas o separatistas. Pero esto da igual, no estamos hablando de inmigración. No es que no se pueda o no se quiera, es que es inútil hablar de nada político, científico, moral o real estando ahí Sánchez. Podríamos hablar de economía, de democracia, de soldaduras o de corrupción con el mismo empeño, la misma melancolía y la misma zozobra. De hecho algunos lo hacen, y es lo que convierte en aún más tristes todos sus esfuerzos.
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