En Huelva, en un polideportivo como una mudanza del Cielo y con Dios como un gimnasta olímpico, se celebró el funeral por las víctimas de Adamuz. Un funeral católico y de obra, sin antorchas con grecas ni druidas con pichones, pero con toda una marina de curas rosas, que parecía que cada uno sujetaba un alma con un hilo, como niñas con globo (al final no se lucían tanto los políticos como los curas). Había políticos, pero no los responsables directos de la gestión o de la catástrofe, para que la ira divina o humana no los atravesara con una cruz como de pararrayos. Moreno Bonilla, con su tristeza de árbitro, Feijóo, con su tristeza de farero, y la representación modosa o temerosa del Gobierno: María Jesús Montero, con tristeza sevillana, Luis Planas, con tristeza de paseante, y Ángel Víctor Torres, con tristeza indefinida y quizá propia. Y los reyes, claro, que le daban la altura de Estado a la cosa esportiva municipal, todavía con alicatados de la diputación en los muros, como inris añadidos a los crucifijos. Para no ser un funeral de Estado, se le parecía mucho. Yo creo que no es que los familiares no quisieran el funeral, el homenaje, la institucionalidad, las galas reales o las galas obispales (con más palafreneros y alabarderos que los reyes). Es que no querían a Puente ni a Sánchez, a los que quizá hubieran sacrificado en el plinton, brutal y paganamente.

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Entre políticos escasos y discretos, como si la política sólo se hubiera atrevido a mandar un comando camuflado de luto, y un catolicismo que florecía en el pabellón de deportes como en esos torneos diocesanos, está claro que sobraban Puente y Sánchez. Pero uno no lo entiende, al menos desde la lógica sanchista. Si es una desgraciada tragedia, Puente y Sánchez no hubieran sido diferentes a Bonilla o a Planas. Tendrían que haber estado allí los primeros, antes que los curas y antes que los reyes, participando con ellos en esa especie de procesión toledana en Huelva, formando parte de ese consuelo que se obtiene cuando te acompaña y te anima el Estado, y te acompaña y te anima Dios, que además ha extendido sus altares hasta que parezcan tatamis, y te acompaña y te anima toda la jerarquía de la Iglesia, como desde escalinatas de Broadway. Está claro que algo falla, y es, por supuesto, que lo de Adamuz no sólo se percibe como una desgraciada tragedia sino como una terrible negligencia. 

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En el Senado, donde también había una especie de funeral programado, un funeral con vivo, Óscar Puente, satisfecho, digno y sólo un poco encogido, como con apendicitis de actualidad, nos decía que “no se pudo hacer mejor gestión de la tragedia”. Como ven, ellos sólo gestionan ya la tragedia. Ni los recursos, ni los servicios, ni las infraestructuras, ni la seguridad, ni el bienestar, ni las competencias, ni las consecuencias, ni la responsabilidad. Las tragedias suceden, como dijo Sánchez, y de lo que se trata es de gestionarlas bien. Es lo que Puente llama “dar la cara”, que lo dijo mucho también en el Senado, adelantando él un poco la cara, como para que la viéramos dada, dispuesta y un poco temblona. Resulta que los gobernantes ya no tienen que gobernar, sino sólo “dar la cara” cuando lo suyo fracasa. En vez de hacer que el país funcione, o al menos que no se venga abajo como una empalizada, su trabajo es más bien estar ahí cuando la cosa falla, que fallará. Estar ahí de cara presente podríamos decir, con un pesado luto que es uniforme y trabajo, como un funerario. Puente aún pretende, cuando se haga el otro funeral de Estado, en un ambiente grecorromano y controlado, estar ahí y mirar a la cara a las víctimas. Se la partan o no, yo creo que ya luego se tumbará a la bartola, hasta la siguiente tragedia.

Hablar de gestionar una tragedia que tu incompetencia ha causado es más que cínico, es criminal

Yo estoy por decir que Puente sólo fue ministro a partir del accidente. Quiero decir que sólo a partir de entonces tenía una tragedia que gestionar, sólo a partir de entonces podía hacer algo, sólo a partir de entonces tenía trabajo. Tanto trabajo que a partir de entonces apenas ha dormido tres horas al día, según nos confesaba también adelantándonos sus ojeras, dándonos también sus ojeras igual que su cara, que ya van siendo muchos tributos innecesarios y algo repugnantes. Antes, cuando no había tragedia, sólo trenes que traqueteaban, o llegaban tarde, o se incendiaban en mitad del campo como un carretón; o alguna catenaria que se caía catastróficamente pero sin mucha gravedad, como una dentadura; o muchos avisos de incidencias de gente plasta, o vías mohosas y trenes auscultadores que se quedaban atrapados en una selva de grafitis, de burocracia, de escasez, o de dejadez; antes, decía, Puente no tenía nada que hacer. Menos, todavía, siendo el ministerio herencia de Ábalos, casa de sus niñas y lugar de los negocios de Pardo de Vera y Koldo. Por eso Puente sólo tuiteaba. Qué va a hacer un ministro sin tragedia sino aburrirse y trolear. Ahora, ya con tragedia, es otra cosa. Es verdad que los trenes van todavía más lentos, y que los usuarios que antes sólo se llevaban bocata y ventilador ahora se llevan estampita y testamento. Pero la tragedia está bien gestionada y el trabajo ya está hecho.

Yo creo que los funerales y los dioses inspiran a nuestros gobernantes, que los políticos querían ese funeral, que Sánchez y Puente querían ese funeral porque el silencio de los políticos se puede justificar igual que el silencio de los dioses. Los dioses no hacen nada, pero ahí siguen, con sus ceremonias, sus plegarias y su gimnasia, a ver por qué no iba a ser igual para Sánchez. Dirigirlo todo pero no ser responsable de nada, ése es el verdadero poder divino, y a eso aspiran nuestros gobernantes. Puente, como poco, mintió, porque cuando uno dice que algo se renovó total o integralmente no significa que se renovó sólo lo que se renovó. Es más, sabemos que no todo se renovó como se tenía que renovar, o esa maldita vía no se nos hubiera partido en el corazón. Ni tampoco veríamos ahora a nuestros trenes de alta velocidad adelantados por bicicletas con cestillo. Los políticos, por supuesto, no están para gestionar tragedias, sino para que no ocurran. Hablar de gestionar una tragedia que tu incompetencia ha causado es más que cínico, es criminal.

El funeral, la verdad, sonaba como un frontón y no sé si eso consolaba a alguien o entristecía más. Puente nos da su cara blanda en salmuera y eso tampoco consuela ni sirve. Lo que nos sirve ya no es posible. No por no poder viajar al pasado, sino por la gente que nos gobierna. Ellos ya sólo gestionan la tragedia, ya saben, así que habrá que esperar a la próxima para volver a verlos ganarse el sueldo y la dignidad.