A primeros de diciembre de este año he vuelto a pisar la arena del Sáhara. La primera vez fue hace cincuenta años durante el servicio militar. Entonces viví la “marcha verde” (para los saharauis la “marcha negra”) y la agonía y muerte del “generalísimo”. Aunque me mandaron para casa cuatro días después, me dio tiempo a escuchar los rumores sobre la ocupación del ejército marroquí que entraba a sangre y fuego en el territorio que deberíamos haber defendido. Ahora siento inquietud por comprobar cómo sobreviven los saharauis en unos campamentos de refugiados en el país vecino, Argelia. Estos campamentos son la consecuencia de la traición al pueblo saharaui, pueblo que disponía del mismo DNI que yo guardo en mi cartera.

Después de un vuelo nocturno hasta Tinduf salimos hacia los diferentes campamentos. Son las siete de la mañana. El cielo está brumoso y oculta aún el paisaje con tonos grisáceos. El autobús urbano, donado por una asociación de Euskadi, renquea por la carretera asfaltada hasta el campamento, que lleva el mismo nombre de la ciudad de Smara. Cada una de las wilayas, los campamentos, recogen los nombres de las ciudades que los saharauis tuvieron que abandonar escapando de la masacre.

Una mujer saharaui en los campamentos de refugiados de Tinduf. | José María Rodríguez Nuñez

No me sorprende el paisaje. Lo que me impresiona es que en la Hamada, una llanura en la parte más inhóspita del desierto argelino, haya crecido una ciudad con un urbanismo arbitrario, en donde se adivinan vías principales y secundarias horadadas por el tráfico. La familia -tíos, sobrinos, primos, hermanos- que me acogerá durante la siguiente semana ha construido sus casas en torno a un patio en el que todavía se levanta una jaima. Fue el cobijo durante muchos meses después de la lluvia torrencial de septiembre de 2024. La tromba de agua disolvió como un azucarillo los adobes de arena con los que habían levantado las modestísimas casas. Hoy la jaima se ha convertido en un lugar de reunión y es adonde me conducen para ofrecerme el primer té. La curiosidad atrae a familia, niños y vecinas. Los hombres están trabajando o, sencillamente, no han llegado. El español y el hassanía se mezclan dentro de la jaima en diferentes conversaciones simultáneas en medio de las cuales me siento como uno más, a pesar de mi imposibilidad de participar por no hablar hassanía. Sin embargo, el vaso de té me llega con puntualidad en cada una de las rondas. Es una situación que se va a repetir con frecuencia y que me permite observar y participar de forma pasiva en la vida familiar.

El paisaje está iluminado por una luz matizada por la calima y los tonos dorados, que da a la escena un ambiente contradictorio, entre lo irreal y lo acogedor.

Esa misma tarde me acompaña Salma a dar un paseo. Salma va a ser la mujer encargada de guiarme por el complejo urbanismo del campamento. En este primer paseo por los alrededores, poco antes de la caída del sol, el paisaje está iluminado por una luz matizada por la calima y los tonos dorados, que da a la escena un ambiente contradictorio, entre lo irreal y lo acogedor. Lo que sí me queda claro es la imposibilidad de orientarme en el laberinto de pequeñas casas y corrales de cabras construidos con restos de todo tipo de materiales. El silencio de Salma me permite no hacer comentarios sobre esta realidad provocada por intereses políticos y económicos inconfesables.

A lo largo de los días siguientes he visitado a varias personas y he conocido su lucha titánica, no es una exageración, por conseguir la mejora de la supervivencia y la dignidad de los saharauis asentados en estos campamentos. Mi interés estaba centrado en dos de los pilares del desarrollo de las sociedades democráticas: la sanidad y la enseñanza. La sanidad asegura una asistencia básica a la población, la educación persigue una formación mínima para todos y aspira a preservar la identidad saharaui y mantener la esperanza de volver al Sáhara Occidental después de tan larga, larguísima ausencia.

Escuela infantil en los campamentos de refugiados saharauis de Tindfu | José María Rodríguez Nuñez

En un edificio sencillo y rectangular se encuentra el objetivo de mi primera visita: una de las bibliotecas Bubisher. En cada uno de los campamentos existe una biblioteca Bubisher, todas conectadas entre sí por proyectos que comparten. Las instalaciones son modestas; sin embargo, la luz crea un ambiente de recogimiento y de lectura. Cuatro niñas leen en los tableros de bobinas de cables transformadas en mesas. Sorprende que la biblioteca tenga su fondo ordenado por materias y los libros fichados con sus correspondientes tejuelos. Los volúmenes esperan pacientes a que los rescaten de las estanterías que cubren las paredes. Dos mujeres jóvenes, participantes en su día en “Vacaciones en Paz”, gestionan con entusiasmo esta biblioteca sin apenas compensación económica. Los interesados en este proyecto, que además apoya el estudio de la lengua española, pueden encontrar una información más amplia en internet.

No lejos de la biblioteca se encuentra el complejo que ha levantado Castro. Lo más probable es que se haya ganado el nombre por haberse formado en Cuba, uno de los países más solidarios con el pueblo saharaui. Castro desarrolla una actividad frenética al enseñar cada uno de los recintos de sus instalaciones: el aula para enseñanza y educación de los discapacitados físicos y psíquicos, el comedor y la consulta. La urgencia desaparece por arte de magia y se convierte en escucha activa cuando atiende a los pacientes en su consulta, siempre abierta, sin separación entre el despacho y la sala de espera. Ausculta, toma la tensión, diagnostica, explica y reparte la medicación. En un lateral de su mesa reposa una tijera con la que corta los blísteres según las dosis necesarias para el tratamiento. Dice que no quiere estafar ni a los que donan las medicinas ni a los enfermos. El esfuerzo por atender a los olvidados es inmenso porque cuando hablamos de enfermos incluimos a los mayores, a los crónicos, a los niños y a los que tienen alguna discapacidad. Castro atiende a un número considerable de estos últimos en su “Centro de Educación e Integración” sobre cuya puerta anexa a la consulta un letrero proclama en español y en árabe “Aquí no crecen plantas ni árboles, pero florecen personas”.

Por la tarde Salma me acompaña a la casa de la Coordinadora de Profesoras de Matronas, Bárara. Nos conduce a la habitación principal que sorprende por su sobria sencillez, la pulcritud y la luminosidad de las paredes blancas. En medio está todo lo necesario para preparar y servir el té. El compromiso con su pueblo es convencido y profundo. Su marido es un mártir de la lucha contra la ocupación por las tropas marroquís del Sáhara Occidental. Su único hijo se ha formado en Europa. Prepara el té mientras habla sobre el desarrollo de la formación de matronas en un español excelente. Los campamentos tienen un índice de nacimientos de más de 2,5 por mujer y esa situación requiere un seguimiento de los embarazos y unas instalaciones adecuadas para que los partos sean seguros. Está muy orgullosa de los avances conseguidos y le duele especialmente no poder disponer de una sala de partos equipada para que las mujeres no tengan que desplazarse a otros campamentos o a Tinduf para dar a luz en los casos complicados. Habla de la necesidad de cambiar los hábitos alimenticios, de que las mujeres no tomen tantos dulces para prevenir la diabetes y combatir la cultura de la obesidad. Reconoce que la carne de camello y de cabra no es tan sana como cuando se pastoreaba en el Sáhara Occidental. En los campamentos el ganado no tiene acceso a pastos. Por desgracia, se alimentan de restos de comida, con demasiada frecuencia, en malas condiciones. Bárara muestra una preocupación profunda por las consecuencias que las actuales circunstancias puedan tener en la salud de los hombres y de las mujeres saharauis. Apunta con desánimo que el índice de cáncer de mama ha subido en los últimos años de manera alarmante.

Profesor saharaui en una escuela de primaria | José María Rodríguez Nuñez

Para volver a la casa, Salma hace auto-stop por el sistema de señalar con dos dedos -el número de viajeros- la dirección en que nos encaminamos. No pasan muchos coches antes de que pare uno de los mercedes que se deslizan cuidadosos por las “calles”. No hay servicio público de transporte, no hay taxis, solo solidaridad. Me corresponde el asiento del copiloto, no por ser el invitado, sino por ser el hombre.

Las visitas a la escuela infantil y al colegio de primaria ratifican mi impresión inicial acerca del esfuerzo que los refugiados están haciendo para mantener la identidad y la cultura saharauis. Los profesores de ambos niveles son grandes profesionales con una formación similar a la de nuestra escuela. La diferencia, la gran diferencia, radica en los recursos. Todo el mundo me ha hablado de “guardería”, pero me siento gratamente sorprendido al ver que los niños están realizando actividades educativas. En una de las aulas con la moqueta por todo mobiliario, los pequeños se han distribuido según la metodología de “interés por rincones”. Procuro no llamar la atención al hacer algunas fotos, pero no puedo evitar que más de un niño me mire con sus grandes ojos negros llenos de preguntas sin formular.

No dejo de preguntarme por el grado de éxito que tendrían estos profesionales si dispusieran de nuestros recursos

He llegado poco antes del reparto del yogur de media mañana y me siento junto a un grupo en la esterilla que han extendido en el patio y observo curioso las diferentes estrategias para agotar el contenido. Lo hacen de las formas más variadas e ingeniosas. No hay revuelo, no hay gritos agudos, tan habituales en los recreos de nuestros colegios, solo las sonrisas del disfrute que produce el yogur. Este ligero desayuno está garantizado por una asociación vasca. No dejo de preguntarme por el grado de éxito que tendrían estos profesionales si dispusieran de nuestros recursos.

También he entrado en contacto con Najla, otra mujer luchadora, que ha regresado a los campamentos para aplicar los conocimientos asimilados durante su estancia en los Estados Unidos de América. Su proyecto es potenciar la lectura entre las niñas, porque la cultura del pueblo saharaui es básicamente oral y es raro que la lectura y la escritura estén presentes en el día a día. Con ese fin se reúnen las niñas los jueves y los viernes, días que no son lectivos, en unas modestas instalaciones. Las pequeñas lectoras eligen un libro de las estanterías con el compromiso de contar al grupo la opinión que les ha merecido. Para las niñas de más edad la exigencia es mayor: deben leer hasta cuatro libros diferentes a lo largo de un mes. Najla sabe que su proyecto es ambicioso, pero no por ello deja de pelear y fomentar el hábito de lectura como una alternativa a las pantallas y a sus contenidos manipuladores. En este sentido, ha ampliado su proyecto para incluir a los niños. La motivación en este caso es participar en un equipo de fútbol. De momento, está en trámites de conseguir la equipación. Eso sí, para formar parte de este selecto grupo, los niños tienen que cumplir una única condición ineludible: leer.

Biblioteca en los campamentos de refugiados saharauis. | José María Rodríguez Nuñez

Najla me ha recibido en un pequeño espacio que sirve tanto de aula como de despacho. A su espalda hay una pizarra y en un lateral un gran cartel con aforismos en árabe y en inglés:

“La salud es una corona en la cabeza de las personas sanas que solo las personas enfermas pueden ver.”

“El conocimiento es poder, por lo tanto la nación más débil es una nación que no lee.”

“Si llega la hora final mientras tienes el brote de una planta en tus manos y si es posible plantarla antes de que llegue la hora, debes hacerlo.”

Al pie de los aforismos figura el logo de su proyecto: Almasar / Library Center. “Masar”, me explica Najla, significa “camino” en árabe.

Una de las tardes mi acompañante Salma me llevó a visitar la pequeña casa de una familia. En la habitación no había más mobiliario que la bandeja con la vajilla para la preparación del té situada en un rincón bajo un televisor de tubo que acumulaba polvo, a su vez debajo de otro televisor de pantalla plana de la que colgaba una clavija que no parecía poder alcanzar ninguno de los enchufes a la vista. Una mujer mayor y otra más joven nos dieron la bienvenida con alborozo. Mi desconocimiento del árabe me impidió participar con la fluidez deseada. Fue Salma quien mantuvo una conversación animada en la que de vez en cuando alguna de las tres me miraba y yo respondía con una sonrisa. La precariedad era tan evidente que antes de marcharnos ofrecí una modesta aportación que provocó una alegría desmesurada. La mujer más joven se levantó a indicación de la mayor y me trajo una melhfa en colores verdes: una muestra de la generosidad del que menos tiene.

La ceremonia del té | José María Rodríguez Nuñez

Es triste reconocer que la iniciativa particular tenga tanto peso frente a las políticas de los sucesivos gobiernos posteriores a la muerte de Franco

En la visita a los campamentos los grandes proyectos se llevan la atención. También me hubiera ocurrido lo mismo de no ser por Salma. Sin preguntarme previamente, me convirtió en invitado ocasional a casas particulares. Me llevó a ver a “una niña muy malita”. La luz iba apagándose y empezaba a tener dificultades para distinguir los adobes de arena de los bloques de cemento. Entramos en un pequeño patio en el que balaba sin descanso un cabritillo. Tras los protocolarios saludos accedimos a la habitación, en cuyo centro estaba sentada en una silla de ruedas Bakina, una muchacha de quince años deformada en su crecimiento por la parálisis cerebral. Gobernaba con dificultad sus brazos y manos, las piernas ya no le obedecían, una de ellas estaba rígida por la contracción de la musculatura. Las necesidades de esta muchacha eran numerosas: los cuidados y acompañamientos, las medicinas, el tratamiento de fisioterapia, crema hidratante, pañales que faciliten su aseo y que preserven su dignidad. La parálisis cerebral es una asesina lenta y cruel: te deforma, te roba la autonomía, pero no te priva de la conciencia. Con torpeza Bakina movía las manos para ocultar su rostro a los desconocidos.

El apoyo generoso de las familias partícipes en el programa “Vacaciones en Paz” no solo alivian las durísimas condiciones de vida, sino que contribuyen de manera importante a que se mantenga el nexo afectivo y cultural con España. Es triste reconocer que la iniciativa particular tenga tanto peso frente a las políticas de los sucesivos gobiernos posteriores a la muerte de Franco.

Es fácil para los que visitamos los campamentos regresar a casa con la impresión de que las condiciones de los refugiados son más que precarias. Y es cierto, pero este estado actual es el resultado de la tenaz lucha por mejorar la vida de estos saharauis, cuyos padres y abuelos tuvieron que huir de su país perseguidos y asesinados por el ejército marroquí hace cincuenta años. Y siguen mirando hacia adelante con la esperanza de volver a su país a pesar de la crueldad de la política internacional de los países occidentales encuadrados en la OTAN.

El pueblo saharaui parece haber cometido el error de nacer en una tierra ambicionada por las potencias y las empresas multinacionales.

Resistir es también una forma de lucha.


José María Rodríguez Núñez es licenciado en Filología Alemana en la Universidad Complutense de Madrid. Ha sido profesor de lengua alemana en diferentes niveles.