La Prensa del Movimiento también nos ha sacado una entrevista con Rebeca Torró, que sale poco y yo creo que ya se merecía algo así, esa entrevista de consagración, gloria y luto que sólo se les hace a los toreros, a los escritores y a los políticos cuando van para arriba o para abajo. En eso de la consagración, la gloria y el luto, y hablando del PSOE, claro, tiene que entrar meterse con Page, Felipe González y hasta Jordi Sevilla, que ahora parece un empollón cabreado, con las gafas quitadas y el puñito cerrado sobre el plumín. Sí, Torró sale poco, y eso que es secretaria de Organización del PSOE, el cargo que tuvieron antes Cerdán y Ábalos y que es como el puesto de visir de Sánchez o de chófer del Peugeot. A Torró la confundíamos con alguna ministra olvidable u olvidada, pero no, es ella la que está manejando el PSOE como un avión de piedra, macizo e inviable. Lo que pasa es que lleva lo suyo con más discreción o vergüenza, o está ocupada tapando salpicaduras y pasadizos por Ferraz, después de tanta charcutería y tanta fontanería (la red sanchista, extendida, ocuparía una longitud equivalente a la distancia que hay entre el Polo Norte y el Polo Sur).
Rebeca Torró nunca tuvo mucho peso orgánico en el PSOE antes de sentarse en ese trono como camionero que Cerdán y Ábalos dejaron así un poco sudado u orinado, pero tampoco le hace falta. Sánchez hace unos nombramientos muy de señor del castillo, según la lealtad, el antojo, las digestiones y las flemas. Hasta ahora apenas conocíamos a Torró de las acusaciones que recibió por tapar las denuncias contra Paco Salazar, que se subía y se bajaba la bragueta en la Moncloa como si fuera la bandera nacional, con corneta, salva y saludo. Pero le faltaba esa graduación, ese bachiller del sanchismo como un bachiller quevedesco que es meterse con Page, Felipe y demás (Jordi Sevilla se ha unido ahora a la banda fachosférica como si fuera El Estudiante). Y, además, hacerlo desde donde lo hace, desde ese balcón de pregonero de la Virgen que ya saben ustedes. De esto no nos podemos ni extrañar ni asustar, que es sólo una sanchista haciendo de sanchista desde la garita sanchista y en el domingo sanchista que es como un Domingo de Ramos. Pero es ella la que se ha equivocado de referente y de marco, no Felipe, Page, Sevilla u otros, que sólo mantienen sus ideas y convicciones, que eran también las del PSOE hace nada. Eran incluso las del propio Sánchez, hasta que el señor decretó que ya no había reglas ni vergüenza en su castillo.
La red sanchista, extendida, ocuparía una longitud equivalente a la distancia que hay entre el Polo Norte y el Polo Sur
Torró, decorada de rojos prestados, como una dama de honor, dice que Felipe ya no es un referente cuando quizá es el único anclaje que le queda al PSOE, ahora que Zapatero va a caer o ya cayó (nos hemos dado cuenta, en todo caso, de que lo suyo siempre fue un negocio global con tapadera lírica y guerracivilista, como la de algunos escritores escribecartas o escribeleches). Felipe, con sus errores y sus maldades, fue el último presidente socialista que tuvo un proyecto de país, porque lo de Zapatero fue un proyecto de secta y lo de Sánchez es un proyecto de estatua ecuestre. “La sociedad ha cambiado”, dice Torró como mirando el tiempo, pero en realidad sólo ha cambiado Sánchez. Ni la sociedad ni nadie es capaz de seguir el ritmo de los cambios de Sánchez. “Por eso tenemos 146 años de historia, porque nos adaptamos a la sociedad”, insistía un poco como cabeza abajo, porque el sanchismo es justo lo contrario. El sanchismo exige que la sociedad, el partido, la democracia, las necesidades nacionales y hasta la realidad y la verdad se adapten al interés de Sánchez, y luego nos intenta convencer de que ha sido al revés.
Torró no sólo se quedaba en el “cambio en la sociedad”, como si volvieran a ponernos La bola de cristal, sino que enlazaba ese cambio con un nuevo paradigma en el Congreso, más “plural”. En realidad, el Congreso no ha cambiado tanto, al menos por su lado. Ahí siguen estando el PSOE, y la izquierda a su izquierda, con varios nombres o colores sucesivos, y los nacionalistas de toda la vida, poco más o menos igual que cuando Felipe. Lo que pasa es que Felipe no perdía las elecciones como Sánchez. La pluralidad es la misma, pero no los escaños de Sánchez, ni su necesidad de gobernar cueste lo que cueste, que nos está costando bastante su estatua ecuestre. Que Sánchez tenga que subastar el Estado y la propia democracia, y dejar al PSOE sin ideología ni principios, no es fruto de la pluralidad sino de su ambición. Curiosamente, donde ha cambiado más el Congreso es en la derecha, ahora dividida, con lo que, siguiendo el argumento de Torró, la misma pluralidad obligaría a entenderse, en este caso, con Vox. La sociedad ha cambiado, ya saben. Mismamente, ahora vota a la derecha y a la ultraderecha después de que el sanchismo y su izquierda asociada hayan dejado el país tiritando.
Para Torró, darse cuenta de todo esto significa “comprar el marco del PP”, que suena a comprar un marco como un relicario de plata para una foto de Feijóo de comunión o con mapa de España. Y señalaba precisamente las palabras de Page, eso de sacrificar “toda la infantería para que sobreviva el cuartel general”. En principio, intentar que el PSOE gane debería ser el marco del PSOE, no del PP. Lo extraño es que el marco de Sánchez sea que el PSOE pierda porque eso aumenta la polarización y las posibilidades de su segundo milagro (es la única explicación para sus actos). Si Page comprara el marco de Sánchez, tendría que irse pronto entre baúles, levitas y chirridos, como el circo. Lo normal es quejarse y rebelarse, salvo que le paguen a uno más por perder que por ganar. En realidad, Sánchez manda a sus candidatos no a morir, sino a mandar para él en las provincias. Aunque quién sabe qué ocurre de verdad en el PSOE, que quien habla es sólo como la choferesa de Sánchez. A la entrevista torera le faltaba una foto de ella en el Peugeot como en una calesita.
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