Yolanda Díaz ha recibido a Pedro Sánchez en su ministerio con un “oh, viene el presidente”, un ‘oh’ como un eau de toilette, un ‘oh’ como un Ô de Lancôme. “Hay un runrún entre los funcionarios: '¡Oh, viene el presidente del Gobierno al ministerio!'”, ha dicho con maravilla y excitación, como si viniera aquel babilonio mareante de la zarzuela, que era el faraón nada menos. Yo no sé si merece la pena refundar, reunir o recauchutar otra vez la izquierda verdadera cuando ya cumple perfectamente la única misión que puede cumplir, que es la de recibir a Sánchez con abanicos de plumas, cuchicheos de serrallo y gente entre el rubor y el soponcio, remojándose la frente con agua de los chorritos de palacio. Quiero decir que no creo que Rufián vaya a hacer esto mejor que Yolanda, y además parecería que se ha puesto un disfraz de Azofaifa de don Mendo o de doña Jimena de Martes y Trece. Yolanda Díaz, tierna, lánguida y danzarina, entre visillos de luna y efluvios de Anaïs Anaïs, decía que el simbolismo es importante. Y le doy la razón, sobre todo cuando el ministerio es simbólico y el simbolismo se basa, sobre todo, en la sumisión o el arrobo. Sánchez tendría que haber venido vestido de marinero a rayas o de gondolero guapo, con flores o mandolina. Para esto, para anunciar sus viviendas imaginarias y hasta para recibir el nuevo CIS como lluvia dorada.

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Yolanda recibía a Sánchez con un ‘oh’ de oh là là y le plantaba un beso de jazmín o de harina, de esos que se quedan en la mejilla y en la nariz como una tarta nupcial. Yo, la verdad, veo a la izquierda estupenda, o sea hablándose y besándose con el PSOE como en un París de cafetín o musical, como si nada hubiera pasado. Puede que hace poco Yolanda exigiera “cambios profundos” en el Gobierno y asegurara que “así no podían seguir”, pero está claro que ha seguido y ahora se reúne con Sánchez en su ministerio como bajo una pérgola, con el romanticismo, la magia, la endeblez y la tontería del momento. Yolanda, por cierto, firmaba el nuevo aumento del salario mínimo, que a uno le parece muy bien aunque no entienda que no se ponga en 3.000 euros, ya que la impresora de billetes está en marcha. La cosa simbólica y maravillosa no era esa, aunque lo es un poco (ese aumento del salario mínimo es lo que les justifica todo el ministerio, que si no sólo parecería eso, la pérgola de jardín de Yolanda para ella sola con té de muñecas). La cosa simbólica y maravillosa, que les dejó a Yolanda y a los funcionarios el ‘oh’ en la boca como una boca de Nenuco pompitas, era que Sánchez les había permitido hacerlo en su ministerio y que él iba a asistir no ya a consagrar el acto, sino como a quitarles los ruedines políticos.

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Yo creo que poco más le puede exigir la izquierda a Sánchez, que ya les deja hacer fiestas en la piscina, como los mayores. Yo a Sánchez y a Yolanda los veo muy tranquilos y muy compenetrados, con esos agradecimientos, besos, enganchones y separaciones que usan igual que los patinadores. Lo de la tranquilidad se entiende porque, como dijo Yolanda, ellos son “la mayoría social” y la mayoría social no necesita ni más refundaciones ni más cuentas. Por eso lo de Tezanos parece tan anticientífico y tan evidente a la vez, porque ha entendido la medición profunda y especialísima que hace la izquierda, que nunca es una medición de futuro ni de realidad sino una especie de pesaje del anhelo eterno de España o de su izquierda, con su mayoría social, o sea ellos, ahí siempre, pesando lo mismo, como la bombona de butano. Por eso también Sánchez volvió a prometer ese mismo día sus millones de viviendas o sus millones para la vivienda, que ya van acumulándose y acolmenándose hasta el cielo, babilónica y mareantemente, y amenazan con colapsar antes de empezar a hacerse realidad.

Toda una coalición queda justificada y santificada por la presencia de Sánchez en lo de Yolanda, por la condescendencia de Sánchez con Yolanda

Las cuentas son cosa de derechas, sin duda. La izquierda empieza por los derechos y luego el dinero se va inventando, fabricando, olvidando o desviando incluso. A veces hasta los mismos derechos se olvidan, entre intereses, mojigangas o galanterías. Fíjense que, oh, venía el presidente, y ese ‘oh’ hacía como volutas de asombro y agradecimiento en el ministerio de Trabajo, que parecía que un lord visitaba las cuadras o las cocinas. Toda una coalición queda justificada y santificada por la presencia de Sánchez en lo de Yolanda, por la condescendencia de Sánchez con Yolanda, por la satisfacción plebeya de Yolanda, que parece una pastorcilla enharinada. Incluso dijo que el presidente había estado siempre en el lado correcto de la historia, como si hablara de su noble señor en alguna guerra fernandina. Ni Yolanda ni Sánchez parecen necesitar más. Sánchez no necesita ni al PSOE, o eso se cree él.

“Oh, viene el presidente”, un ‘oh’ como de criadita, un ‘oh’ como de novieta con Oh! de Tous. Yo creo que esa frase debería grabarla Yolanda en su esclavita o en su clavícula. O debería grabársela toda la izquierda en sus pancartas, aunque ahora ande con la refundación, la reformulación o el nuevo barajeado de siglas o liderazgos. En el fondo la izquierda sólo puede aspirar a Sánchez, a que Sánchez sume, a que Sánchez les ponga un ministerio como un castillito hinchable, y a que les conceda la gracia de su presencia, su venia y su presupuesto. Quien venga con otro color o con otra sigla sólo podrá dedicarse, igual que Yolanda aunque quizá sin tanto suspiro o hipo, a disfrazar a Sánchez de izquierda y a disfrazar su literatura revolucionaria o fiestera de gobernanza. Hasta Rufián parecería, llegado el caso, una pastorcilla de Sánchez, como ahora parece a veces su escopetero siciliano.

Todo esto, Yolanda aceptando su sitio y el regalito de una cajita de música, Sánchez aventando los millones y tópicos que ya aventó, y Tezanos sumando como suma la izquierda, ha ocurrido en un día, un día como de desvelamiento. Y habrá muchos así, casi todos. Y seguramente para nada, sólo para prolongar su agonía y la nuestra. Soltaría uno otro ‘oh’, si no supiéramos ya de qué va la cosa, como lo va sabiendo la mayoría de España, que contempla estos despliegues como esos anuncios que te quieren vender oro, sexo, mar, juventud y hasta a Antonio Banderas en un tarrito retorcido y ridículo. Pero el último recurso de lo ridículo es atiesarse de dignidad. Sánchez y Yolanda deberían haberse marchado de aquel acto en bicicleta tándem y con canotier.