Nuestras guerras son de pegatinas y nuestros soldados siguen yendo con escoba, manguera o merienda cuando el mundo vuelve a ser peligroso y salvaje, como lo fue durante casi toda la historia, por cierto. Oriente Medio arde otra vez, con sus pozos y dioses de azufre, y nosotros estamos convenientemente lejos y somos convenientemente partidarios de la paz, la diplomacia y otros lujos de despreocupados o de ilusos. Me llamó la atención que, de repente, en las noticias de Antena 3, por ponernos un poco en el mapa o un poco alerta, especularan con la posibilidad (ridícula) de que un misil iraní llegara hasta España, y hasta nos colocaban el gráfico, las distancias y cierto vértigo de incertidumbre o de importancia. Yo creo que seguimos fantaseando con estar en un mundo al que sólo damos tenistas, cocineros y artistas con el baúl legendario de la Piquer. Hasta los pacifistas fantasean con que estamos en las guerras más de lo que estamos, pensando que la clave del conflicto, el que sea, siempre está en Rota, adonde enseguida se van como a un festival de ovnis.
Han vuelto, agolondrinados, los pacifistas de diábolo y fiambrera, al calorcillo y al jaleo trompetero de la quinta o sexta Tercera Guerra Mundial. A mí me parecen no sólo unos entusiastas sino hasta unos chovinistas, por creer que pintamos algo con nuestra diplomacia de canijos, nuestros ejércitos de guardabosques y nuestros encalados puertos marineros. Ione Belarra, que parecía prusiana, pedía al Gobierno nada menos que “aislar a Trump”, que ya hay que tener moral. También ha pedido, igual que IU, abandonar la OTAN y el cierre de las bases de Rota y Morón, ese clásico ya casi del destape, como las suecas o las canciones que dicen “dabadaba”. En realidad a mí esto me parece muy osado, muy gallardo, casi belicoso. Justo cuando el mundo es más peligroso e inestable, nuestra izquierda apuesta por abandonar a los históricos aliados y enfrentarnos solos al emperador homúnculo o a quien sea. No sé si confían en que, ante Trump, ante Irán, ante Putin, ante Marruecos o ante quien toque, nos pueda defender un valiente ejército de tanxugueiras con gaitas y peroles. O es que buscan que nos tome cualquiera de los suyos por la fuerza, o mejor sin fuerza, visto lo visto.
La paz es un lujo y el derecho sólo se puede mantener con la fuerza. Estas son dos grandes verdades que los vendedores de pegatinas, de la chapa que decía yo ayer, nunca admitirán porque nunca han admitido la realidad. Ya he dicho muchas veces que esa izquierda no es pacifista, que sólo es derrotista ante sus aliados y guerrillera ante sus enemigos (los pacifistas de Bildu, verbigracia, que además creen que el régimen iraní es cosa de la soberanía de los pueblos). El sanchismo tampoco es pacifista, como no es nada en realidad salvo sanchista, y se limita a iniciar o negar guerras según le venga de escandalosa la agenda al presidente. No desde una manifa con tortilla fría, agua calentorra, pies negros y pelo verde, sino desde un ministerio, ese ministerio como agrario que es nuestro ministerio de Defensa, Margarita Robles nos aseguraba que Rota y Morón no prestarán apoyo al ataque contra Irán. Nos queda la duda de si Rota o Morón son estratégicos o siquiera necesarios, y de si Trump aceptará lo que le diga nuestra ministra de manoletinas con una de sus manoletinas en la mano. Pero de lo que no nos queda duda es de que el sanchismo quiere meterse / salirse de la guerra con estas cosas que, en el fondo, no le importan a nadie porque no le importamos a nadie.
El sanchismo tampoco es pacifista, y se limita a iniciar o negar guerras según le venga de escandalosa la agenda al presidente
Nuestras guerras son de chapita (lo decía yo ayer) y nuestros soldados siguen yendo con rastrillo, cestillo o carretilla. Entramos en los grandes conflictos de nuestro tiempo, ya ven, tirando a los ciclistas al suelo bajo la severa autoridad de la Cibeles y las charos, o decepcionando a Eurovisión por no mandarles cantantes con candelabros en las tetas, o yendo a los Goya en calabaza pacifista, vestidos de algodón de azúcar. O sea, que no entramos. La cosa se queda en la guerra doméstica de los estribillos, los desmayos y el absurdo (es maravilloso ver a los que niegan la ley de aquí invocar la legalidad internacional, que por cierto nunca ha existido para los fuertes, ni ahora ni antes). Es verdad que Trump y Putin han convertido el mundo otra vez en salvaje o pirata, si alguna vez dejó de serlo salvo en nuestro piadoso y decadente rinconcito de superioridad y molicie. Pero justo por eso, alinearse con esa paz panderetera en este mundo salvaje es una estupidez y un suicidio. Más si esta paz simplemente eufónica se alinea con la teocracia criminal de los ayatolás, como antes se alineó con el imperialismo un poco sadomaso de Putin. Claro que, insisto, ni el sanchismo ni la izquierda a su izquierda son pacifistas, sólo toman partido por un bando, o por su propio bando, de la manera más cobarde, que es hablando de una paz de humo o tinta en un mundo en el que esa palabra, tan parecida a la rendición, ya es obscena.
Nuestras guerras son de acuarela pero las de otros son de verdad. Por eso se preocupan por ellas, y ahí están Alemania, Gran Bretaña y Francia, dándose cuenta de que ellos sí importan y de que la propia supervivencia de Europa y de la democracia requiere ser fuertes y estar preparados para el combate a bombazos, para el combate económico y también para el combate cultural (es una forma de guerra ir de pacifistas y tolerantes ante los que han declarado la yihad global y a muerte). Este mundo salvaje obliga a prepararse para lo salvaje, que no es precisamente ningún lago azul. Si no, ganan los ayatolás entoallados de ignorancia y sangre, o Putin cabalgando con pezonera de Madonna, o el propio Trump, el Pocero atómico que ha puesto en peligro la democracia liberal como nadie desde la caída del Muro. Lo que pasa es que en nuestra izquierda nadie piensa en el mundo ni en el país, únicamente en si ellos sobrevivirán al siguiente telediario o a la siguiente purga. Los de la izquierda desunida, que sólo se une ante los cataclismos internos y las guerras lejanas, y también los del sanchismo, que ahora son como ayatolás corriendo con las enaguas arremangadas y la bomba en el cogote.
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