El ataque de EEUU e Israel contra Irán iniciado el pasado sábado y que acabó con la vida del ayatolá Alí Jamenei y de la cúpula militar de aquel país aboca a un escenario lleno de riesgos e incertidumbre.

Envalentonado por la operación llevada a cabo en Venezuela, con la captura de Nicolás Maduro, y sin bajas para las tropas norteamericanas, Trump ha avalado la iniciativa de Netanyahu de atacar Teherán de forma "preventiva".

Pero Irán no es Venezuela. En primer lugar por la importancia estratégica del país; en segundo lugar, porque los atacantes no tienen un recambio para Jamenei, como sí lo tenían para Maduro; tercero, porque la capacidad militar iraní -incluida la red de grupos terroristas que financia y controla- es muy superior a la del país latinoamericano, y, por último, y quizás lo más importante, porque Irán es una República Islámica y el ataque será interpretado por los atacados en el contexto de una guerra religiosa.

Esta no va a ser una guerra corta, sino un conflicto largo, con pérdida de muchas vidas humanas, y con consecuencias económicas de largo alcance, como ya se percibe en la subida de los precios del petróleo y el gas, que se agudizarán tras la decisión de Irán de cerrar el Estrecho de Ormuz (por donde circula un 20% del comercio mundial de hidrocarburos). A medio plazo, la guerra elevará los precios y supondrá un freno en el crecimiento económico.

No está muy claro el objetivo final de este ataque. En un primer momento, Trump habló de un cambio de régimen, e instó a la población iraní a derrocar el sistema opresor que lleva en el poder desde 1979. Luego, el secretario de Estado Marco Rubio rebajó las expectativas y habló de "acabar con el arsenal de misiles balísticos" de Irán. La tesis de los atacantes es que el régimen iraní estaba incrementando la fabricación de misiles para defenderse ante posibles incursiones y, de esa forma, garantizar la conclusión con éxito de su programa nuclear.

Suponiendo que las operaciones Furia Épica (así lo llama EEUU) y León Rugiente (para Israel) consigan el objetivo de doblegar al régimen, lo que no está claro es cuál será el recambio. Como advertía el pasado lunes Amos Hochstein, asesor principal del ex presidente Joe Biden: "El colapso de un régimen y un cambio de régimen son dos cosas distintas".

La República Islámica se basa en un poder decorativo, que emana de en unas elecciones al parlamento nada democráticas; y un poder real, que ejerce el líder máximo, elegido por la llamada Asamblea de Expertos, compuesta por 88 clérigos. De ahí salió Jamenei, que sustituyó en el poder al ayatolá Jomeini. Precisamente ayer, la aviación israelí atacó la sede de la Asamblea de Expertos para impedir la elección del sucesor.

Los intereses nacionales, no los prejuicios políticos o morales, deben guiar las decisiones de política exterior

El líder religioso controla la Guardia Revolucionaria, un ejército paralelo, bien entrenado y armado, que hace de guardia de corps del gran imán. A su vez, ese organismo controla la Setad, un holding público que controla el 20% de la economía nacional.

Una cosa es reducir el arsenal nuclear de Irán -como apunta Rubio-, y otra muy distinta es cambiar el régimen que instauró Jomeini tras la caída del Sah Reza Phalevi -que es lo que dijo Trump en un primer momento-. Lo segundo, implica desmantelar la esencia de la República Islámica, separar la religión del poder del Estado. Eso, hoy por hoy, es casi imposible. Y hacerlo alimentaría la solidaridad de otros países de la zona y, por supuesto, de toda la comunidad chií.

Irán ha reaccionado como cabía esperar. Lanzando a su vez ataques a los países de su entorno (desde Emiratos hasta Arabia Saudí) y dando un paso decisivo en la confrontación: atacar una base de Reino Unido en Chipre. Lo que afecta a dos países europeos. Londres y Atenas ya han enviado refuerzos a la isla.

Europa está concernida en el conflicto y, de hecho, el domingo Emmanuel Macron, Friedrich Merz y Keir Starmer firmaron un comunicado conjunto (E3) en el que se comprometen a responder ante cualquier ataque de Irán a sus territorios o bases. El presidente de Francia es el que ha ido más lejos al advertir que entramos en "la era de las armas nucleares". Macron ha anunciado también su intención de llegar a acuerdos de "disuasión avanzada", una especie de alianza en la que se integrarían Alemania, Dinamarca, Polonia, Suecia, Países Bajos y Finlandia. España quedaría fuera de este paraguas nuclear.

La Unión Europea no ha tenido una posición unida respecto a la guerra contra Irán. Los pasos dados por Macron, Starmer y Merz se han dado al margen de Ursula von der Leyen, que, a su vez, tampoco está coordinada con la responsable europea de Política Exterior, Kaja Kallas.

España se manifestó claramente en contra del ataque desde el primer momento. En un mensaje en X, el presidente Sánchez declaró: "Rechazamos la acción militar unilateral de EEUU e Israel, que supone una escalada y contribuye a un orden internacional más incierto y hostil".

En línea con esa posición, España ha prohibido a Estados Unidos el uso de las bases de Rota y Morón para sus operaciones en Irán.

Es verdad que el ataque se ha producido sin autorización del Consejo de Seguridad de la ONU y sin pasar por el Congreso de Estados Unidos. Es un golpe de mano al margen de la legalidad internacional. Pero la política exterior debe estar guiada por los intereses del país más que por principios morales de sus gobernantes. España no se puede permitir esos lujos.

La posición de Pedro Sánchez fue criticada en redes sociales por destacados republicanos, como el senador Lindsey Graham. Eran los vientos que anunciaban la tormenta.

En su comparecencia ante los medios, sentado junto al canciller Merz, Trump amenazó a España con suspender toda relación comercial. "No necesitamos nada de ellos", aseveró. "Tienen unos dirigentes terribles", dijo en su tono coloquial.

¿Cómo se materializará esa amenaza? No lo sabemos, pero está claro que España ha dejado de ser un socio fiable para Estados Unidos y que, ahora mismo, la política de Sánchez nos ha aislado de las principales potencias europeas.

Añadiendo leña al fuego, el embajador de Irán, en una entrevista exclusiva con El Independiente, asegura que España e Irán tienen "una posición común sobre la paz en la región". Reza Zabib también anuncia el terrorismo se va a incrementar como consecuencia del ataque de EE.UU. e Israel.

Sánchez probablemente piense que el enfrentamiento con Trump le beneficia electoralmente. Desde luego, tiene muy contentos a sus socios de izquierdas. Pero está adoptando posiciones que afectan al futuro de España al margen de la soberanía popular. La gravedad del momento que estamos viviendo exige la convocatoria de un Pleno urgente en el Congreso. El presidente ha obviado el refrendo de la Cámara en decisiones de política exterior muy relevantes, como el cambio de posición sobre el Sahara, o el acuerdo recientemente firmado entre la UE y Reino Unido sobre Gibraltar, con el visto bueno del ministro de Exteriores. Pero esto es aún más grave.

El gran beneficiario de este aislamiento de España en una primera instancia es, por supuesto, Marruecos, que gana enteros como socio de referencia de Estados Unidos en el Estrecho. ¿Qué hará Trump ante posibles reivindicaciones territoriales de Marruecos que afecten a España, como es el caso de Ceuta y Melilla?

Con Trump en el poder todo puede pasar. La frivolidad en política exterior y el postureo para quedar bien con una parte del electorado pueden tener consecuencias nefastas para nuestro país. No sólo desde el punto de vista comercial, sino también desde el político y estratégico. La posición de España en la OTAN ha quedado muy debilitada.

Sánchez está jugando con fuego en un momento de redefinición de las alianzas estratégicas a nivel global. La política exterior no puede hacerse al margen del consenso con el principal partido de la oposición y de espaldas al Congreso.