A Pedro Sánchez le falta vestirse de torero, con borlón azabache de cojón y patilla hasta la faja, y seguro que lo hará cuando se ponga de moda, ahora que se está poniendo de moda todo lo que la izquierda beatona odia y desprecia (va a volver hasta la copla de la cretona, el caracolillo y el jabón verde). Nuestro presidente, que ya es más influencer que gobernante y casi más mozalbete que fiambre (es como una momia adolescente), lo mismo sale disfrazado de lagarto de V que se pone la camiseta de la selección de fútbol, aunque no como un presidente deportivo, a lo Obama, sino como una novieta. Quiero decir como cuando la novieta se pone de pijama o negligé la camiseta deportiva del noviete, queriendo hacer de algo ajeno y lejano lo más propio, natural y sexy del mundo. Claro que Sánchez se la había puesto por encima de la camisa de vestir, con lo que parecía Steve Carell en The office o Mortadelo disfrazado de futbolista. Además, con una camiseta deportiva sólo se pueden anunciar borceguíes o cervezas, o si acaso implantes capilares, como Cristiano Ronaldo. Así que todo lo de la Seguridad Social que pretendía publicitar Sánchez se nos perdía en el desconcierto y en el corte, algo así como ver a la novieta insinuarse con el nombre de Iniesta en la espalda.
Todo esto seguro que está muy pensado, que hasta los anuncios de yogures para ir al váter están muy pensados. Aunque uno no termina de entender una política reducida no ya al marketing, ni siquiera al marketing del yogur que da gustirrinín, de la cerveza idiosincrásica o del jamón cocido convertido en moral nacional, sino a este nuevo marketing que nos toma a todos por adolescentes con el chicle estallado en los morros y la gorra para atrás, como colaboradores de Broncano. Parece que en la Moncloa piensan que ponerle a Sánchez una camiseta de la Selección sobre la camisa de vestir es como ponérsela de top a Aitana. O sea, que Sánchez está buscando votantes imposibles entre los chavales de 13 años con pelusilla, o España entera ha vuelto a tener de repente 13 años y pelusilla, o el que tiene 13 años y pelusilla es el que está en el sotanillo de la Moncloa, preparándole a Sánchez disfraces y coreografías de gato para los reels. Hasta lo de Iván Redondo al principio, esos posados heroicos y ridículos de Sánchez como un Kennedy de detergente Colón, parecían historiográficos y riefenstahlianos al lado de este Sánchez de ahora que sale en TikTok vestido de Geyperman o de Forrest Gump.
La camiseta de la Selección es de lo más chiquillo o de lo más Leticia Sabater que se podría poner uno en política, sobre todo si te la pones fuera del ámbito deportivo (recordamos todavía a Sánchez en los Juegos Olímpicos de París, mimetizado junto a Begoña como entre jueces de gimnasia artística o entrenadores de waterpolo). Pero Sánchez se había puesto la camiseta no para hablar de la Selección, ni para jugar a la pelota temerariamente como Almeida (Almeida es más de hacerlo al revés, de darle a la pelota vestido con el traje, como el cura que juega con sotana). No, lo que pretendía Sánchez era jugar con el concepto de equipo, y darse las gracias a sí mismo, capitán deportivo con cuello de cura, dando las gracias a todo el país por los datos de afiliación de la Seguridad Social. La verdad es que darles las gracias a los trabajadores para que parezca que los trabajadores te la dan a ti es un truco muy barato y tiene mucho de pitorreo. Pero además es que el país está frito y las estadísticas de empleo tienen trampa, así que eso de la cosa futbolera parecía el consuelo o el disimulo del fracaso, como si fuéramos argentinos.
Lo que pretendía Sánchez era jugar con el concepto de equipo, y darse las gracias a sí mismo, capitán deportivo con cuello de cura
Sánchez, con la camiseta por encima de la camisa, no ya como un yuppie sino como un grunge (creo que nada de eso se dice ya, por cierto), lo que hacía era presentarnos un vídeo muy de jamón cocido, de aseguradora o de gran eléctrica, y casi agradecía uno este recurso adulto de volver a la publicidad sentimentaloide y estereotipada, de una higiene enfermiza y de un optimismo que no puede engañar a nadie. Salía el autónomo frito levantando su persiana metálica, o el camarero que no puede pagar el alquiler llevando su bandeja, o esos médicos que ahora están de huelga poniéndose los guantes, no para hacerle una prostatectomía a Sánchez sino, como los demás, agradecidos, dispuestos y concienciados, deseando hacer equipo con el presidente, alrededor del quarterback o, en este caso, del capitán españolísimo con cara de orgullo e ictericia como la de Iniesta.
Sánchez tenía que aparecer con esa camiseta o con algo, pero no podía dejar sin más el afectado y desinfectado anuncio de los trabajadores haciendo patria o sólo sanchismo, que da aún más grima que el presidente con su épica como de pimpón en la oficina. Con la camiseta ya se tapa un poco, como el culo de la novieta, cómo están el trabajo, la vivienda, la corrupción, las instituciones o todo en España en general. No hay mucho que publicitar por sí mismo, así que, como los refrescos, Sánchez intenta vendernos el asunto poniendo otra cosa por delante, deporte, corros, arboledas, domingos, gente en bikini o gente con libro y gafas como Rosa León, o un presidente con 13 años y pelusilla. Sánchez tiene que aparecer ya así, con la camiseta mantera, o con gafas de extraterrestre camastrón o de montañero ciego o de malo de Colombo o de comisión del Senado, o tiene que aparecer con un cómic sideral, o con el disco de Rosalía brillante y flotante a su lado como una virgen de robledal. Es que, si no, sólo le queda la realidad.
Sánchez se vestiría de torero, ya digo, o de furry con orejitas de gato, o de monaguillo con campanilla, ahora que ha hecho una TVE católica, romana y hasta visigoda. Quizá podría organizar rezos en la Moncloa como Trump en la Casa Blanca, rodeado de periodistas del Movimiento que lo tocan o lo abrazan telúricamente, como esos hippies que tocan y abrazan a los árboles. Haría esto y más, no por la moda ni por la magia sino por la necesidad de que estemos hablando de un presidente bailón o dominguero en vez de hablar de un país que no funciona por su culpa. Yo no sé si hay nuevas órdenes en el sotanillo de la Moncloa, nuevo gurú milenial o nuevo equipo perdedor apelando a la furia española o al milagro del patadón o el cojón. Pero habría que irles diciendo que hasta de futbolero o tiktokero Sánchez es un paquete.
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