Opinión

Pablo Iglesias contra 'Por Andalucía': el síndrome del Pitufo Gruñón

Pablo Iglesias.
Pablo Iglesias. | EUROPA PRESS

Cuando Pierre Culliford, más conocido como Peyo, diseñó a sus célebres y azules personajes de cómic, Los Pitufos, incluyó a uno que siempre estaba de mal humor. Ante cualquier plan, fiesta o actividad, le ponía pegas a todo y encontraba un aspecto negativo en cada propuesta. Era el famoso Pitufo Gruñón que, cuando las cosas se desmoronaban y todos los pitufos acababan por el suelo, en lugar de ayudar, prefería exclamar con satisfacción: "Ya os advertí que todo esto iba a salir mal". Y, por supuesto, nunca se ofrecía a ayudar a recoger los escombros.

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En el espacio político a la izquierda del PSOE, el ‘pitufo gruñón’ adquirió un protagonismo especial el 11 de julio de 2015, cuando Pablo Iglesias llevó al personaje de Peyo al terreno de la política real.

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En aquellos días, grandes sectores de la izquierda estaban ilusionados con la irrupción de Podemos, cuya principal baza electoral era no tener ningún vínculo con el pasado y presentarse como una fuerza totalmente nueva. Aquel Podemos no se erigía como guardián de las esencias identitarias de la izquierda ni pedía un frente antifascista contra la derecha. Todo lo contrario: aseguraba que el eje izquierda-derecha estaba desfasado y lanzaba un llamamiento transversal, abierto incluso a votantes del PSOE e incluso del PP.

Mientras tanto, Izquierda Unida, incapaz de frenar el auge de los morados, intentaba convencer a Iglesias de formar un “frente de izquierdas” conjunto, una Unidad Popular. A los de Podemos no les interesaba en absoluto: si su discurso giraba en torno a ser “lo nuevo”, no querían asociarse con siglas que llevaban años en las instituciones, representadas por figuras como Cayo Lara Gaspar Llamazares. Querían evitar a toda costa que Podemos fuera percibido como una “Izquierda Unida 2.0”.

Eso provocó que Izquierda Unida lanzara numerosos mensajes contra Podemos, acusándolo de dividir a la izquierda y de haber renunciado a los valores identitarios tradicionales. Fueron precisamente esos mensajes los que Pablo Iglesias condenó en su célebre discurso del Pitufo Gruñón: mientras la mayoría contemplaba con ilusión lo que representaba Podemos ahí aparecía el pitufo gruñón, sacándole defectos a todo.

Un año después, las tornas cambiaron. Podemos e Izquierda Unida acordaron la coalición Unidos Podemos (denominación que luego se feminizó como Unidas Podemos). Pablo Iglesias y Alberto Garzón se abrazaban ante los fotógrafos en la Puerta del Sol durante su famoso “pacto de los botellines”. La cerveza, al menos esa tarde, parecía más fría que sus relaciones previas. Seguramente la negociación no había sido fácil, pero en estos casos lo habitual es que ambas partes transmitan ilusión de cara a los votantes en vísperas de los comicios.

La desgracia para el espacio que lidera es que el alimento del gruñón es la catástrofe, que es de la que se nutre para poder seguir regodeándose

La integración de Podemos en Por Andalucía para las inminentes elecciones autonómicas andaluzas de este mayo de 2026 se ha producido en el último momento, tras semanas de tiroteos dialécticos entre Podemos y Sumar-Izquierda Unida. Parecía la solución más sensata, dada la trayectoria residual de Podemos cuando se presentaba en solitario en autonómicas (como en Aragón o Castilla y León). Sin embargo, a los pocos minutos de anunciarse la coalición —mientras Antonio Maíllo intentaba vender el acuerdo como un pacto ilusionante capaz de desbancar a la derecha del poder en Andalucía—, Pablo Iglesias apareció en Radio Nacional para ejercer de corta-rollos oficial. Ni un minuto de luna de miel: el pitufo gruñón ya tenía el megáfono preparado.

El fundador de Podemos y líder espiritual de ese espacio aseguraba que las listas de Por Andalucía habían sido injustas con su formación; daba por hecho que no sacarían ni el segundo escaño por Sevilla ni el primero por Jaén, y empleaba un argumento tan pesimista que casi sugería no hacer campaña en esas provincias. Además, afirmaba que la estrategia de celebrar la unión solo serviría para restar votos a Por Andalucía y regalárselos a Adelante Andalucía. Pocas veces se había visto un pitufo gruñón tan prototípico como el interpretado por el exvicepresidente.

No se trata de un desliz aislado, sino de una estrategia recurrente en la última etapa del pablismo. En 2023, Podemos acordó integrarse en la coalición Sumar y logró varios puestos de salida segura (como la propia secretaria general de Podemos Ione Belarra en el número 5 por Madrid o Javier Sánchez Serna como cabeza de lista en Murcia). Pero al día siguiente de la firma, mientras los líderes de Sumar, Izquierda Unida o Más Madrid presentaban el acuerdo como un gran éxito y una ilusión para el espacio progresista, los portavoces de Podemos comenzaron a despotricar contra el “injusto” reparto de puestos en las listas, que según ellos les perjudicaba, y a criticar el propio proyecto al que acababan de sumarse, acusándolo de invisibilizar el feminismo y de no ser suficientemente fiel a los valores identitarios de la izquierda.

Resulta curioso cómo se cumple el tópico de la figura política que se convierte en una década en aquello a lo que combatía. El Pablo Iglesias que en 2015 quería vencer desde la ilusión al pitufo gruñón ha sido completamente abducido por él, creando un pitufo mucho más contundente que el de entonces, uno que carece de cualquier esperanza de ganar a la derecha y que ya sólo parece desear el hundimiento total del espacio progresista y la llegada del fascismo al poder para así dirigirse a las ruinas de la izquierda y sermonearlas desde su pedestal, jactándose: "¿Veis como tenía razón al decir que esto saldría mal?". Porque la desgracia para el espacio que lidera es que el alimento del gruñón es la catástrofe, que es de la que se nutre para poder seguir regodeándose.

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