Opinión

Cancelaciones

La obra 'Autorretrato con changuito' de la exposición ‘Frida Kahlo: alas para volar’ en la Fundación Casa de México.
La obra 'Autorretrato con changuito' de la exposición ‘Frida Kahlo: alas para volar’ en la Fundación Casa de México. | Europa Press

Pablo Neruda tiene una placa que recuerda el lugar donde vivió en Madrid cuando fue cónsul de Chile en plena Guerra Civil. Más que una placa, es una pequeña escultura que puede verse en la esquina de Rodríguez San Pedro e Hilarión Eslava. Está anclada en la parte superior de la planta baja de ese bello edificio racionalista conocido como la Casa de las Flores, una construcción a la que dedicó el poema Explico algunas cosas, donde evoca a otros residentes del conjunto y a sus amigos españoles. El memorial fue encargado por el alcalde socialista de Madrid, Enrique Tierno Galván. Cabe recordar que Neruda siempre ha tenido un lugar en el altar de la izquierda española, tanto por haber gestionado la salida de 2.200 refugiados republicanos hacia Chile —el mayor contingente del exilio republicano español— como por su militancia comunista.

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Donde no contará con una placa el premio Nobel es en el aeropuerto de Santiago de Chile, a pesar de que hubo una propuesta para bautizarlo con su nombre. Entre otros grupos, se opusieron sectores feministas que cuestionaban la ejemplaridad del autor, recordando la violación que cometió en Java, que él mismo contó en Confieso que he vivido, así como el abandono de su primera mujer y de su hija, que padecía una enfermedad crónica. Unas críticas que se enmarcan en el debate sobre la legitimidad de juzgar la obra a partir de la conducta de su autor y en lo que ahora se llama "cultura de la cancelación"; es decir, la sanción social y el retiro de todo tipo de recursos a personas u organizaciones como consecuencia de determinados comentarios o acciones que se consideran inadmisibles.

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Este tipo de controversias remite a un problema clásico de la teoría literaria y estética en el que una referencia obligada es La muerte del autor, de Roland Barthes, quien defendió que la obra debe emanciparse de la biografía de quien la produce y que el sentido no reside en la intención del autor, sino en la lectura. Sin embargo, como señaló Claire Dederer en la columna What Do We Do with the Art of Monstrous Men?—que luego tomó forma de libro bajo el título Monstruos—, la experiencia contemporánea de recepción cultural parece desmentir esa separación: cuando la conducta del artista resulta moralmente reprobable, el conocimiento de su biografía irrumpe en la percepción estética, la "interrumpe" y la carga de incomodidad moral. Por eso, frente a la obra de genios monstruosos, aunque nos digamos a nosotros mismos que tenemos pensamientos éticos, lo que tenemos en realidad son sentimientos morales. Para esta autora, el espectador ya no se enfrenta a la obra en abstracto, sino a una tensión difícil de resolver entre admiración y rechazo. En mi opinión, la tensión también se produce entre el planteamiento de ambos autores y permite situar el debate actual acerca de la "cancelación" en el cruce entre teoría y experiencia.

He de reconocer que algo de eso me pasó con el muralista David Alfaro Siqueiros al visitar la casa de Trotsky en Ciudad de México y enterarme de que intentó asesinar al exdirigente soviético al frente de un comando de 200 personas, en su mayoría —al igual que él— exmiembros de las Brigadas Internacionales que habían participado en la Guerra Civil Española. En la casa se observan aún los agujeros de los tiros de los estalinistas y la cama en la que se ocultó Trotsky, a quien se ve muy mayor en las fotos a pesar de no haber llegado a los 60 años. Mis sentimientos morales se activaron de inmediato ante la imagen de una pareja indefensa, junto a su nieto, atacada por un grupo armado de fanáticos estalinistas. Nunca pensé en el revolucionario ruso como en el gran líder del Ejército Rojo, ni tampoco en que el intento de asesinato fuese un operativo similar a muchos que posiblemente él ordenase en su momento.

Mi primera representación —más emocional que analítica— me ha impedido acercarme a la obra de Siqueiros con la distancia necesaria para apreciarla en términos estrictamente estéticos, con el agravante de que cada vez que tengo más información sobre su trayectoria, menos me interesa su arte. Hace poco supe que, junto a Rivera y Orozco —los machos alfa del muralismo mexicano—, sabotearon la carrera de la pintora María Izquierdo por ser mujer y tener ideas políticas y estéticas diferentes.

También debo decir que, en ocasiones, conocer la biografía del artista ha reforzado un rechazo estético inicial. Para no salir de Coyoacán, confieso que nunca me ha gustado la obra de Frida Kahlo, a pesar de haberlo intentado. Me parece demasiado gore y me provoca una sensación de malestar que roza lo físico. Se me dirá que precisamente ese era el objetivo de la artista, algo que no discuto, pero no por ello deja de ser una estética que me incomoda. Esa sensación que siempre tuve se acrecentó al visitar una exposición que incluía uno de sus famosos corsés, unos aparatos que, más allá de que ella los hubiese convertido en obras de arte, no podía dejar de verlos como antiguos artilugios ortopédicos con forma de aparatos de tortura.

El círculo se cerró cuando conocí detalles de la relación tóxica que mantuvo con el muralista Diego Rivera, sobre quien hay distintos testimonios de maltrato a mujeres y de abuso de poder. Sin duda eran dos personalidades complejas, con pensamientos y acciones que quizá provoquen rechazo y críticas, pero eso no impide que formen parte del panteón de los artistas nacionales de México. Que yo sepa, ninguno de los tres creadores que he citado ha sido cancelado. Es posible que los "sumos sacerdotes" les otorguen el beneficio de la duda en base al contexto histórico, galardón que no siempre reciben todas las personas ni procesos.

Pero hay otra acepción de la palabra cancelación que afecta a eventos más que a personas y tiene que ver con la suspensión de un hecho previsto. Un ejemplo de lo dicho es la postergación de la exhibición de la colección Gelman (ahora Gelman-Santander) en el centro cultural Faro Santander, que el banco homónimo construyó en la capital cántabra. Se trata del conjunto de arte mexicano en manos privadas más completo y de mejor calidad que, dicho sea de paso, lleva cerca de 30 años dando tumbos. Tras la muerte de su propietaria con Alzhéimer, lo que levanta sospechas de manipulación de su voluntad, la colección quedó bajo la custodia de su antiguo marchante. Luego de una larga historia que incluye juicios, acusaciones cruzadas y la negativa del gobierno mexicano a comprar la colección, ésta es adquirida por la familia propietaria de la empresa CEMEX y, con ella, el Banco Santander llegó a un acuerdo para exhibirla en su centro cultural. La presidenta del banco presentaba el proyecto como una "expresión de la confianza y la amistad entre México y España, dos países con tanta relación económica, social y cultural".

La relación entre México y España está tan tensionada que cualquier iniciativa cultural corre el riesgo de ser leída como un gesto de apropiación o agravio"

Todo parecía ir bien hasta que el director del Faro Santander, Daniel Vega Pérez de Arlucea, hizo unas muy desafortunadas declaraciones que no dejaban bien parado al sistema de protección del patrimonio cultural mexicano, en un contexto donde las relaciones entre los dos países no son las mejores y el gobierno de MORENA lanza acusaciones de falta de respeto y soberbia contra España. Esto ha provocado una reacción en cadena que comenzó con una carta que denunciaba públicamente el riesgo de que la colección se trasladase a España, la intervención de la propia presidenta mexicana, Claudia Sheinbaum, y la suspensión de la apertura del Faro Santander, aduciendo que sería mejor que la colección se exhibiera en México a propósito del mundial de fútbol.

No sé si fue buena idea intentar controlar la mayor colección de arte mexicano para exhibirla en España en medio de la crisis política entre ambos países. Más allá de los errores de gestión o de comunicación, lo cierto es que la relación bilateral lleva tiempo tensionándose en un terreno donde la historia, la identidad y la política se mezclan con facilidad. En ese contexto, cualquier iniciativa cultural corre el riesgo de ser leída como un gesto de apropiación o de agravio. Quizá esta sea otra forma de cancelación: no la de las personas, sino la de los espacios compartidos.


Francisco Sánchez es director del Instituto Iberoamericano de la Universidad de Salamanca. Aquí puede leer todos los artículos que ha publicado en www.elindependiente.com.

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